martes, 5 de noviembre de 2019

La batalla de Centla



(Parte III)


Ramón Moreno Rodríguez 
A alguien se le ha ocurrido –no sé a quién–, que deberíamos conmemorar (acá en América con lágrimas y lamentos; en España, con pompa y boato) el quinientos aniversario de la llegada de los extranjeros a nuestro país. A mi parecer, tan prolongado festín de casi tres años sería asaz fatigoso. Que la triada de aquel entonces (1519-1521) y la actual (2019-2021) sean capicúa es un monótono azar. No obstante, he decidido recrear brevemente, contados a la manera literaria, algunos episodios que entonces ocurrieron. No quiero usar las letras doradas por la pátina de la Historia (así, con mayúsculas), sino las pequeñas letras con que se cuentan las fragilidades humanas. Mi deseo no es dar pie para que unos blasonen y otros se cubran la cabeza con la dolorida ceniza de los tiempos. Comprender, nada más comprender lo que entonces pasó es el aprendizaje que yo desearía que el lector tuviese, si es que alguna lección de aquellos hechos se tuviera que adquirir.  





















































La tercera y definitiva expedición de los extranjeros a nuestro territorio mexicano, como se sabe, fue encabezada por el metilense Hernando Cortés e inició en febrero de 1519.

De la misma manera que ocurriera en los dos viajes previos, todo empezó mal; y no me refiero al conflicto entre el capitán y el gobernador de Cuba, sino a la relación entre los extranjeros y los indígenas. Con los mayas hubo conflicto bélico como sucedió con Hernández de Córdoba o con Grijalva, y sus resultas fueron más trágicas, pues todo parece indicar que, en esta ocasión, sí se cometió una masacre en toda regla, a diferencia de lo que pasó con las dos previas expediciones. También, todo parece indicar que la confusión, los malentendidos y el misterio provocó el conflicto. También se destaca la malicia, las intenciones ocultas y los abusos de confianza de los extranjeros. Por parte de los indios, el retraimiento, el miedo, la confusión, la ambigüedad.

Quizá algún pesimista me podría preguntar: ¿y que esperabas? ¿Para qué crees que viajaban de Cuba hacia las nuevas tierras? Pues sí, sin duda, los españoles buscaban el despojo del débil, el robo indisimulado, el fácil enriquecimiento; es decir, perpetuar y engrandecer la infamia que ya cometían en las islas. Pero no está demás pensar que no era la única alternativa que tenían. Muchas voces en esos años clamaron que había otras opciones. El modelo portugués tan exitoso podía haberse implementado; el padre Las Casas, entre otros, propusieron una y otra vez que el sistema de factorías en las costas era una alternativa legítima; sin embargo, los españoles nunca quisieron utilizar otro sistema que no fuera el del avasallamiento y el despojo totales, como antes lo habían hecho en tierras hispanas los romanos, pero, sobre todo, los árabes. Si comparamos el proceso de expansión de los musulmanes por África y Europa con el de los españoles en América, los paralelismos y las semejanzas son bastantes. Y no es para sorprenderse, ya antes de ahora se han explicado esas similitudes; Octavio Paz llamó a la cultura cristiana medieval y a la musulmana, hermanas gemelas. Y no le faltaba razón al poeta. Hoy las distancias entre una y otra son abismales, pero antes era más lo que tenían en común que las diferencias habidas.





En realidad, la batalla de Centla fueron tres batallas, o tres días de batallas. El río Tabasco, que hoy llamamos –inopinadamente–, Grijalva, se constituye al llegar al mar en una extensa red de meandros, canales, humedales que convierten aquella inmensa planicie en una zona propicia para el cultivo del cacao y para la protección ante la invasión de pueblos hostiles. El señorío de Potonchán se asentaba a unos ocho kilómetros de las playas, en la margen norte del río. Cortés decidió llegar a esta monarquía indiana para averiguar qué tan ricos eran sus habitantes. El que el señor de ese lugar hubiera vestido de oro a Grijalva había provocado tal impacto en los extranjeros, que algunas de aquellas piezas que recibiera el natural de Cuéllar fueron entregadas al emperador Carlos en señal y prueba de la mucha riqueza de las tierras recién descubiertas.

Si Tabscoob fue amigable con aquella segunda expedición, ahora se negó a recibir a los extranjeros. ¿Qué lo hizo cambiar tan radicalmente de opinión? Imposible saberlo a ciencia cierta. Son dos las principales conjeturas que los cronistas a lo largo de la historia han sostenido: una, que tuvo miedo ante aquella avalancha de extranjeros, no era lo mismo recibir dos o tres naves que aposentar a casi mil teúles entre criados, esclavos y amos, y más de una docena de naves entre simples bateles, pasando por carabelas y carracas. Dos, fue presionado por las demás ciudades confederadas para que no recibiera a aquellos violentos forasteros; Bernal Díaz cuenta una charla entre Cortés y Tabscoob en la que el extranjero interroga al noble señor de por qué no fue recibido de paz, como su paisano Grijalva. El cacique respondió que sus parientes y vecinos lo habían tildado de mujeril y cobarde por haber dado el trato que había dado al castellano. No sería de extrañar que algo así haya sucedido, dado el caso, no fue el primero ni el último de los gobernantes prehispánicos que se descubren atrapados en medio del vendaval político que produjeron los hispanos; el señor de Cozumel, días antes, había tenido que sortear una situación política embarazosa similar a la que ahora vivía Tabscoob. Es decir, en su fuero interno deseaban rechazar a los invasores, pero por el temor que les tenían, se veían obligados a recibirlos.

Es dable preguntarse por qué insistió Cortés, a pesar de la clara negativa y la evidente hostilidad de los chontales. Esta pregunta, a diferencia de la anterior, no encierra misterio alguno. Entre otras causas, porque conocemos mejor a los españoles del siglo XVI que a los pueblos prehispánicos. La estrella afortunada de Cortés había surgido hacía unos meses en medio de una oscuridad anodina y él no iba a soportar ningún obstáculo en su camino hasta que no lograra emular o superar a su amo Diego Velázquez. ¿No había sido éste un oscuro criado de Cristóbal Colón y ahora era un exitoso y rico funcionario real? ¿Por qué no podría él, Cortés, dejar de ser un oscuro criado del gobernador Velázquez y ser un famoso y rico funcionario real en aquellas nuevas tierras? Haría todo lo necesario para alcanzarlo, aunque le fuera la vida en ello, y vaya que lo logró. Más de una vez estuvo a punto de morir pero sobrevivió a todos los líos en que se metió. Quizá el primer lance mortal le sucedió en uno de aquellos canales de la chontalpa, donde se le atascó un pantuflo y a punto estuvo de ser atrapado por los indios en medio de aquel lodazal. No lo pudieron tomar prisionero y más aún, los derrotó causándoles centenares de muertos, sin tener él difuntos suyos qué lamentar.




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Tres cosas más diremos, de las muchas importantes que entonces sucedieron en aquellos días, cuando la batalla de Centla. La primera es la erección de una gigantesca cruz; la segunda, el vasallaje que los chontales aceptaron rendir al rey de España y tres, la aparición de doña Marina, la Malinche, en la vida de Cortés.

En el caso de la cruz no es posible saber la altura de ésta, pero debió ser muy encumbrada, pues algunos cronistas afirman que se hizo con el tronco de una gigantesca ceiba que estaba en la plaza del templo mayor de Potonchán o Tabasco o Centla, que con todos estos tres nombres es llamada aquella desaparecida monarquía indiana. Como sabemos, una ceiba adulta puede llegar a medir hasta sesenta metros de altura y más. Imposible saber cuánto midió aquella cruz, pero sí es dable conocer el nombre de sus fabricantes. Bernal Díaz del Castillo, siempre sorprendente por su privilegiada memoria o por lo agradable de su prosa narrativa refiere que los carpinteros de lo blanco que labraron aquel instrumento de sujeción ideológica se llamaban Alonso Yáñez el uno y Álvar López el otro. Se le decía entonces carpintero de lo blanco al albañil especialista en obra prima de yesería que se utilizaba principalmente para decorar interiores y que, asimismo, los artesanos que ejercían tal oficio fabricaban retablos para las iglesias y todo tipo de imaginería religiosa.

Destaco este hecho no por su importancia religiosa, que la tiene, sino por el sentido político de tal representación. Para los antiguos mexicanos –y Cortés escenificó muchas veces este tipo de espectáculos–, derribar las figuras de los dioses vencidos y erigir el nuevo culto tenía un sentido político y un valor social concreto muy importante; significaba que la derrota de los enemigos era total y la sujeción a los nuevos amos absoluta. Existen testimonios, entre otros, de lo que hacían los tlaxcaltecas con los señoríos sujetados a su poder. Una vez vencido el ejército enemigo, por ejemplo, se degollaba a toda la casa gobernante vencida (incluidos niños, mujeres y ancianos), se nombraba nuevo tlatoani a un general de Tlaxcala; éste, como primer acto público, lanzaba las figuras de los dioses por las escalinatas del templo, hacía subir la figura de Camaxtle y de esa manera inauguraba el nuevo culto; no quedaban prohibidos los viejos dioses vencidos, pero sí relegados a un segundo plano. Saber este dato es importante para entender la actitud temeraria de Cortés en la ciudad de México, cuando intentó imponer el culto de la virgen María en el templo de Huitzilopochtli.

Respecto de la aceptación del vasallaje al rey de España que se supone asumieron los chontales, es un hecho que desde aquellos años ha sido cuestionado por algunos cronistas. No entraremos en esa polémica, sólo diremos que este es uno de los timbres de que más gustaba Cortés de blasonar: incorporar a la corona de España nuevos reinos tributarios. Si tal juramento hicieron los naturales de Potonchán, esto justificaba plenamente ante el rey, ante la corte, ante el real consejo de Indias, los actos temerarios, las rapacerías, las traiciones, los asesinatos que cometió el metilense. Hayan hecho o no tal pleito-homenaje los indios de Centla, es imposible saberlo y también es imposible saber qué tan claro podrían tener los habitantes de aquel señorío el sentido de tal juramento; lo que parece que sí sucedió es que Cortés seleccionó sesenta de sus hombres y los dejó ahí, para que fundaran la primera colonia de españoles en los nuevos territorios, a la que llamó Santa María de la Victoria.



Concluyamos estas breves líneas con alguna referencia a doña Marina, La Malinche, como gustamos los mexicanos de llamar a esta inteligentísima tecucíhuatl. Lo primero, es que debemos decir que aquella noble señora es un personaje que padeció escalofriantes violencias y se ensañó con no poca sevicia con los vencidos; agreguemos, además, que ella misma fue una víctima; víctima de sus paisanos y de los extranjeros, en particular de Cortés que la usó mientras la necesitó y que después se deshizo de ella cuando ya no le servía, como quien se deshace de un cacharro inútil. Sin duda es una protagonista de una violentísima tragedia, como tantos otros protagonistas trágicos produjeron aquellos años de hecatombes y masacres (Moctezuma, Cuitláhuac, Xicoténcatl, Xicomecóatl, Cuauhtémoc, Tecuichpo, don Carlos Ometochtzin, Cosijopij, etc.), con la diferencia que ningún relevante escritor ha sabido ver en ella la tragedia ni ha producido una obra memorable contando sus avatares.

Ya habrá ocasión de volver a hablar de doña Marina más adelante, habiendo ocasión para ello, ahora sólo diremos que la entrega de aquellas jovencitas a los extranjeros, entre las que estaba Malinalli, por parte de Tabscoob, tenía un claro sentido político y social. Significaba la alianza, hacerse parientes de los vencedores y por ello, socios preferentes, como dirían los políticos españoles de ahora. No fue la única vez que Cortés recibió este tipo de donaciones. Quizá en estos momentos de marzo de 1519 ignoraba el extremeño el sentido político que encerraba tal donación. Pero que pronto comprendió la gran utilidad que obtendría de aquella traductora, sin duda fue evidente, pues en esos mismos días ella empezó a hacer tan importantes funciones, pues del chontal traducía al maya y Aguilar del maya al castellano.

Decir que un traductor es un traidor es una expresión demasiado desgastada como para que aquí la vayamos a repetir, además de que ella no traicionó a los mexicanos cuando les traducía, simplemente interpretaba hábilmente el contexto político que más le convenía, por un lado; por el otro, supo adaptarse a las circunstancias y obtener el mejor provecho personal de aquella terrible vorágine en la que se vio envuelta.

No hay bondad o maldad en sus actos; no se trata de moral, sino de política. Ella fue muy hábil para desempeñar las tareas que le encomendaba Cortés, nada más, aunque el nacionalismo mexicano, pero sobre todo el chovinismo nuestro, la haya condenado para siempre jamás y ya nada la podrá reivindicar. Ella no traicionó a los suyos, porque los antiguos mexicanos no eran los suyos; incluso, tenía muchas razones para odiarlos, como los odiaba.




Es doctor en literatura español. Imparte clases en la carrera de Letras Hispánica en la U. de G., CUSUR.
ramonmr@vivaldi.net




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