jueves, 14 de noviembre de 2019

Si los indios lo quisieran, se los habrían comido





A quinientos años de la llegada de los españoles a México. 1519-1521
V



Ramón Moreno Rodríguez*


Los españoles han fundado, con más formalidad que rectitud, un cabildo al que han dotado de dos alcaldes (uno mayor y otro ordinario), cinco regidores, una justicia mayor, un alguacil con su cárcel y hasta escribano, fiscal y procuradores. Junto a las tres casas de cal y canto construidas al estilo español, los indios han fabricado una treintena de chozas donde pernoctan los aventureros. Esta incipiente población que habitan casi cuatrocientos aventureros es observada por una muchedumbre de gente que se asombra por ver a los extranjeros reunidos horas y horas discutiendo quién sabe qué cosas de representaciones ante el rey, peticiones de mercedes u órdenes de exploraciones. A pesar de ello la vida cotidiana de los quiahuiztlecas no se altera, continúan su monótona rutina de trabajo en las parcelas o de pesca en la laguna.





A pesar de tener más de un mes morando en sus nuevos jacales, no paran los españoles en su trajín legaloide y aventurero. Sin embargo, a principios de julio por fin inicia su aventura guerrera: el grupo se dispersa y deja casi vacías las nuevas chozas. Unas naves marchan a la corte, otras son hundidas; unos hombres salen a explorar Pánuco, otros, la mayoría, a Tlaxcala. Casi todos los españoles, acompañados de sus esclavos cubanos, se han ido. Sólo permanece una veintena de ellos en Quiahuiztlán – o Villa Rica de la Vera Cruz, como ha dado en llamar a las chozas en sus legajos el astuto extremeño que dirige aquella compañía pobre en capitales, pero rica en solemnidad–. La mayoría de los que permanecen ahí son viejos e inútiles para la guerra: marineros que se niegan a cambiar los cordeles por las espadas. De los que se quedan, sólo seis son aptos para la batalla. No se espera que haya combate alguno, dado el caso, mandarán recaudos a los que se han ido al altiplano si se avistan otras naves aventureras.

Los miembros del cabildo, por su parte, se han marchado con la mayoría de los expedicionarios en dirección a Tlaxcala, sólo ha quedado uno de los regidores. Ahora que la mayoría de los extranjeros desaparecieron sólo tres chozas están habitadas. Una la ocupan los marineros, que se dedican a pescar; otra, el regidor y dos esclavos cubanos, las tres casas de material sólido permanecen cerradas, resguardan los pocos instrumentos marineros que le quedan a Cortés.

Los días se hacen monótonos. Hacia el dieciocho de agosto llegan los primeros correos: los expedicionarios han cruzado las grandes montañas, la que hoy llamamos Sierra Madre Oriental, y se encuentran ya en la Teochichimeca; pronto entrarán en territorio tlaxcalteca, según explican los guías totonacas. Si el gran señor Moctezuma lo permite, quizá conozcan el Anáhuac y sus maravillosas ciudades en medio del agua. No hay más remedio que esperar a que los invasores regresen con los muchos tesoros que se llevarán a España.

Uno de los aventureros que se ha quedado en las chozas se llama Pedro de Maluenda, es un comerciante de armas. Ha ganado mucho dinero vendiendo a aquella Santa Compañía, como la llama irónicamente el padre Las Casas, sus pertrechos. Y aunque su apellido alude a una pequeña villa aragonesa, en realidad él es originario del País Vasco y algunos juran que es judío converso. Se supone que Maluenda deberá recibir más de trescientos pesos cuando los que se han ido regresen con los despojos de la guerra; eso es una considerable fortuna, pero ahora aquel judío no tiene nada de valor, sino un peine, unas tijeras y un espejo. Está convencido que un día se hará rico a costa de los indios; por lo pronto debe aceptar que todo es incierto. Ha decidido vender sus últimos artilugios; deja el arenal en que mora y asciende al recinto ceremonial en busca de un comerciante zapoteca que acaba de llegar de Tehuantepec.




Cortés ha prohibido que suban a la montaña por el peligro que implica quedar aislados en aquellas veredas dominadas por tantos indios. Maluenda no obedece la prevención. El rico comerciante mira las tres joyas que se le muestran; ya ha visto antes a los españoles usar esos artilugios, pero jamás pensó que podía ser dueño de unos. Claramente se le ve en sus rasgados ojos el interés. Con monosílabos, ofrece ochenta mazorcas de cacao: cuatro cargas. Maluenda y un esclavo cubano que lo acompaña entienden la oferta; no está mal, ese cacao es muy fácilmente intercambiable por lo que sea y siempre se obtienen cosas con beneficio, sin embargo, intentará venderlas a mejor precio, niega en náhuatl: amo, amo. El comerciante sonríe, sabe que lejos de los españoles esos tres inventos multiplican por muchas veces su valor. Maluenda repite, maíz, quiero maíz. El zapoteca no entiende a la primera. Maluenda le señala los dedos de los pies y de las manos y dice: cempoguali maíz, cempoguali cinli. El comerciante empieza a entender: el español quiere por sus utensilios veinte cargas de maíz. Es mucho más de lo que él ha ofrecido. No lo piensa mucho y acepta. Sólo responde, quemah, quemah micmana, y el trato queda hecho.

Salen de la casa del comerciante en busca de los tamemes que bajen el maíz hasta las chozas del arenal cuando pasa corriendo frente a ellos un hombre que trae en una mano algo así como una bengala de barro cocido y en la otra una bandera amarilla con lunas negras; asciende a toda prisa por los escalones que llevan a una necrópolis que acompaña como macabra ciudadela al recinto ceremonial; el esclavo cubano dice, Malunda, alguien muerto. Pedro de Maluenda lo sabe; desde hace tres meses que están ahí han visto pasar varias veces a estos veloces mensajeros de las desdichas; han sido informados de su función y el resultado inminente: unas horas después, acaso en un día más, llegará un largo cortejo fúnebre para inhumar a algún poderoso cacique; a él y a no pocos tesoros, utensilios, animales domésticos y viudas.

A pesar de ser un acontecimiento frecuente al que ya están acostumbrados, los quiahuiztlecas son curiosos, con más razón, los aventureros. Los tres hombres caminan hasta una plataforma que resguarda el recinto y miran cómo el mensajero sube la pirámide del templo mayor. Maluenda se da vuelta y se marcha, los otros dos lo siguen. Los macehuales tienen prohibido a aquellas alturas, sin embargo, a los españoles se les ha permitido ir y ver por completo un rito fúnebre. Éste es largo y cansado, pero no exento de cosas curiosas. Los españoles se han pasado horas viendo cómo los deudos inhuman a sus difuntos. No pocos han pensado en subir de noche, abrir las tumbas y robar las joyas enterradas.

La tarde empieza a caer, Maluenda llega a su choza y antes de entrar mira a los otros españoles que regresan de faenar con las artes de la pesquería. Llevan consigo una magra cosecha obtenida de las ondas marinas. Unos pocos, Maluenda entre ellos, nunca van a trabajar en las aguas salobres. Para éste es una señal de infortunio, es una manera de convocar la pobreza. Mejor es apropiarse de los tesoros que acompañan a los cadáveres; a los muertos, se dice, para nada les sirven aquellas alhajas.


Un grupo de indias sirven los alimentos que todos los días preparan para los extranjeros. La tarde empieza a oscurecer mientras éstos comen sus raciones de maíz y pescado. La noche les depara horas de descanso y regocijo, es una confirmación de la alegría de estar vivos a pesar de que subsisten tan solos en ese remotísimo fin del mundo, en el que no han perdido la vida, pues de haberlo querido, los indios hacía tiempo que los habrían subido a lo alto de sus pirámides, los habrían sacrificado primero y comido después. No ha sucedido eso; es imposible saber la causa de tan dichosa ventura.

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