Mi amigo sugirió lo que entonces parecía una idea original… “¿Por qué no escoges tu propio concepto de Dios?” Esto me llegó muy hondo; derritió la montaña de hielo intelectual a cuya sombra había vivido y tiritado muchos años. Por fin me daba la luz del sol. Sólo se trataba de estar dispuesto a creer en un Poder superior a mí mismo. Nada más se necesitaba de mí para empezar.

