domingo, 31 de marzo de 2019

1 Una música lejana








A Deana Molina

El silencio es el elemento en el que se forman todas las cosas grandes.
Thomas Carlyle

 

Leo, recostado en la recámara, y de pronto de lejos llega a mis oídos una música. Alcanzo a distinguir algunos instrumentos. Una trompeta, tal vez un saxofón, una batería y los acordes de la melodía.

No podría decir qué género musical es el que interpretan esos lejanos músicos. Lo cierto es que mis oídos salen por la ventana, bajan por el árbol que está frente a ella y caminan por el sendero hasta encontrarse con el cauce del arroyo (ahora sin agua) y remontan la breve cumbre que, cuando la he mirado, me parece que no podría subirla sin transpirar y, también, sin perder el aliento.
Pero ahora están allá, donde dije que era lejos. Y todos mis sentidos, ya no únicamente el oído, se sujetan a esos acordes en los que predomina la batería: los tambores y los platillos. Es básico todo. No hay mayor deslumbramiento que ese sonar rítmico y melodioso. No intentan, esos músicos, impresionar. Creo que solamente se deleitan haciendo, tocando; quizás ensayan lo que después será una pieza más desbordada y amplia. Más formal. Es breve, por lo pronto.

Escucho, entonces, el florecer de la melodía. Luego queda el silencio, que antes estuvo y que propició que llamaran mi atención.
La música, como la poesía, nace de un profundo silencio. Hablo, es claro, de la buena poesía y la mejor música. Las otras surgen del ruido y son falsas. Hace falta tener cierta pericia para distinguir un buen de un mal poema (propio o ajeno); ocurre igual con la música. Lo cierto es que lo que escucho ahora mismo es excelente, lo diga yo o lo diga otro.




Lo consigno. Hoy es sábado veintitrés de marzo de dos mil diecinueve y son las dos de la tarde en punto. El sol cae a plomo sobre el bosque. A lo lejos se escuchan los acordes de una música. Los sonidos son como los de un río tranquilo que no quiere interrumpir (del todo) el silencio, pero que irrumpe sin arrebatos.

A veces nos equivocamos. Confundimos lo bueno con lo malo y viceversa. Damos por hecho que algo es bueno, sin serlo. He leído en los últimos días muy mala poesía, sin embargo lo que tocan esos improvisados intérpretes es bueno. Contrario a lo que escucho, los versos que he leído me han parecido discursivos y huecos. Falsos. Sin un atisbo de sensibilidad. Fruslerías que han dispuesto como poemas, como poesía. En este instante no podría explicar qué es un buen poema, mas sí digo que lo leído en los días cercanos es mala poesía. O algo peor: no lo es. Hace falta que una música bien lograda y sin ánimo de empujar, de fascinar, de imperar cuando el imperio es el silencio, haga que yo recuerde ahora que los textos leídos sean muy malos, fatales. Fueron escritos por autores que se venden como lo que no son y son comprados como se compran en el mercado los productos apócrifos y que a sabiendas de que lo son los adquirimos.

¿Somos hipócritas? ¿Nos gusta mentir y que nos mientan? Podría ser.

En todo caso yo prefiero deleitarme con esos desconocidos que colocan sus manos y tocan sus instrumentos en este instante y que, quiero creer, hacen calistenia musical porque esta noche o mañana tendrán un concierto. Esos anónimos seres son mejores que los veinte poetas que tal vez por morbo he leído.

Sin querer regresar, mis oídos retornan el camino andado y cruzan ahora mismo el cauce del arroyo sin agua. Se detienen en medio del bosque para escuchar el silencio. Nada hay mejor que el silencio. Me parece que así también lo piensan esos músicos, porque repentinamente han dejado de tocar.

De ese silencio surge, entonces, el sonido del viento. El canto de los pájaros. El rumor del barrio que fue suspendido por algunos minutos por la música. Suben de nuevo al árbol, al guamúchil, mis oídos y entran a la casa hasta encontrarme con los ojos cerrados. Se posan de nuevo en mí. Me dicen que abra los ojos. Que venga al estudio a escribir sobre lo sentido y escuchado, pero ¿qué sentí y qué escuché?

No lo he dicho del todo. Y no lo diré. Lo guardaré por ahora.
He venido a escribir estas líneas con la máxima cobardía: ¿nos da temor el silencio? Sí. Nos vapulea y nos hace huir de ese centro crucial, neurálgico, de donde mana el lenguaje. Todo lenguaje.

Vuelvo para mirar por la ventana. El silencio persiste. El rumor del barrio se ha callado. Y por el suelo del bosque camina, cautelosa, una ardilla. La veo comer. Caminar y detenerse. Atisba. Mira hacia lo alto. Y en derredor. Me imagino que atenta al silencio…
Recuerdo, en este intervalo, una frase de Francis Bacon “El silencio es la virtud de los locos”.
       







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