jueves, 26 de febrero de 2026

Suspendidas las tradicionales fiestas de Atoyac

 



Eduardo Ramírez Ruelas
El Volcán/Atoyac



Durante las primeras horas de la mañana del pasado 22 de febrero de 2026, en segundos, la población de Atoyac se inundó de un pánico generalizado. Eran las 10:25 de la mañana cuando me disponía a calentar mi cotidiano café matutino cuando un grupo de personas desconocidas entraron a mi hotel solicitando protección y resguardo. Era un grupo de 8 personas: seis adultos y dos menores lo que atropelladamente ingresaron con mi autorización y se instalaron en el lobby. Hasta ese momento no sabía realmente lo que afuera sucedía, pero por las caras de los refugiados me di cuenta que no era algo bueno.


Inmediatamente los hombres atrancaron por dentro las puertas viejas de madera y aseguraron el ingreso. Yo subí inmediatamente a la azotea con cuidado para ver desde ahí lo que en el jardín municipal sucedía. Abajo la antes concurrida plaza ahora estaba desierta y los pocos presentes huían despavoridos del lugar. Un grupo de hombres recorrían el inmueble también de prisa y conminaban a los pocos presentes a que se fueran a resguardar. El caos mostraba su cara.

Días antes, las fiestas de Atoyac rebozaban de alegría: familias enteras recorrían las vendimias, apenas cabíamos en la plaza, se repartían sonrisas y flores, las terrazas estaban totalmente llenas, mariachis y bandas manifestaban la fama de estas tradicionales fiestas consideradas por muchos como las mejores de toda la región. Ahora el silencio recorría los jardines y sólo el viento pululaba entre los puestos cerrados.





Por los celulares nos enteramos del origen de la tragedia: habían cazado al Mencho en Tapalpa y ahora estaba muerto. Desde el balcón de la habitación 7, a la distancia, alcancé a ver la humareda de los bloqueos mediante carros quemados en la autopista Guadalajara-Colima. Las columnas de humo vistas a la distancia denunciaban la tragedia. Después nos enteramos que los delincuentes habían llegado hasta la entrada de Atoyac y habían prendido fuego al Banco del Bienestar que se localiza en una colonia poco habitada en la periferia de Atoyac.





Me empezaron a llegar llamadas para cancelar las habitaciones de ese día, las cuales destiné para las familias que se resguardaron en el hotel. De alguna forma no hubo pérdidas en las reservas, pero lo que no pudimos volver a recuperar fue la tranquilidad. En el grupo reunido en los equipales del lobby se fueron compartiendo las noticias de las carreteras bloqueadas y los ataques a establecimientos. Cada noticia era un duro golpe al ánimo, y sin conocernos, nos hermanamos en brindarnos apoyo común. La comida fue preparada en mi cocina con lo que pudimos reunir entre todos y junto con el café, compartimos la esperanza que todo se resolviera pronto.


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