lunes, 9 de noviembre de 2020

Apanicados


 


 

Pedro Vargas Avalos

 

 

El lenguaje que los mexicanos usamos suele tener palabras muy particulares. Algunas son utilizadas generalmente y hasta remontan las fronteras, por lo que se identifican como mexicanismos. Otras no pasan de ciertas áreas geográficas bien delimitadas, o que cuando mucho abarcan uno o dos Estados; en este caso son regionalismos.


Ejemplo de las primeras existen tantos, que Francisco J. Santamaría redactó un enorme libro que intituló “Diccionario de Mexicanismos”, pero que registraba el antecedente de Félix Ramos Y Duarte, quien había escrito hacía muchísimos años otro repertorio que llamó “Diccionario de Mejicanismos, Colección de Locuciones y Frases Viciosas, Con Sus Correspondientes Criticas y Correcciones”. En ese perfil, también nuestro gran polígrafo Joaquín García Icazbalceta publicó en 1899 un “Vocabulario de Mexicanismos”.  Desde luego que sin desconocer lo muy mexicano de “achicopalar” (desanimar), “apapachar” (mimar) o “maicear” (sobornar), la palabra más recurrente en el país, es la que empieza con “chin…” y que, utilizada así, con brevedad, todo mundo sabe lo que significa.





Por lo que ve a Jalisco, tenemos el excelente libro que fue premio Jalisco 1957: “Lenguaje Popular en Jalisco” por Don Alberto Magno Brambila Pelayo, y la colaboración del cronista tapatío Luis Páez Brotchie. Ellos nos dieron ejemplos de sobra: estramancia (treta), huizachada (procedimiento de tinterillo) o tajarrear, (cortar).


Sin embargo, desde hace algunos lustros, se comenzó a utilizar un adjetivo que describe el momento que vivimos, con grandes retos, los mexicanos. Este término es “apanicado” y sus varias acepciones, como apanicar, apanicarse, apanicamiento o el plural apanicados.  En estas voces, todo gira alrededor de “pánico”, es decir del miedo intenso, del sobresalto alterado.


Cuando el 2 de octubre de 1968 sucedió la cruenta jornada que costó la vida de miles de estudiantes, la gente quedó “apanicada” ante la crueldad con que actuó el gobierno de Díaz Ordaz. En los desgobiernos de Miguel de la Madrid y de Carlos Salinas de Gortari, la terrible devaluación del peso, o el famoso “error de diciembre” que provocó Salinas y tambaleó a Zedillo, provocó que los mexicanos nos apanicáramos. Al final el FOBAPROA apanicó a la nación.




Pero existieron muchos otros casos de apanicamiento, antes y después de esos acontecimientos que hemos señalado. Empero, en esos entonces, aún no aparecían los terminajos que nos ocupan en esta ocasión.


Sin embargo, a dale y dale, con los tristes o aterrorizantes hechos que angustian y acongojan a nuestros connacionales desde que Felipe Calderón abrió la guerra contra el narco hasta el momento, “apanicarse” fue un término de recurrente uso, hasta que de plano tomó carta de naturalización.



             

 


Y es que no hay día en que no seamos impactados por escándalos de corrupción; sacudidos por enfrentamientos entre autoridades contra el crimen organizado; impresionados por convulsiones bursátiles o preocupados por declaraciones alarmantes de inversores, financieros y otros sectores, tanto de corte internacional como de índole nacional.


            Así pues, importantes sectores están asustados, andan inquietos, se ven alarmados, sorprendidos y hasta desorientados. En pocas palabras, el pánico cunde, aún entre algunos periodistas, que ya porque critican al gobierno dicen que la libre expresión está amagada, o porque suceden de vez en vez agresiones a muchos reporteros, con lo que se consideran estar “apanicados”, es decir, asustados.


A lo largo de la república, pero lamentablemente con reiteración en Jalisco, se han descubierto fosas clandestinas con decenas de asesinados. Y esto es para aterrar, para estar horrorizados, espantados y con los pelos de punta: en pocas palabras, apanicados.


¿Y qué decir de cuando, hace unos meses, se descubrieron vehículos repletos de cadáveres, paseándose de la capital tapatía a municipios cercanos, en una macabra marcha?


Y nos exasperamos al enterarnos de los miles y miles de vidas perdidas, por la pandemia que actualmente golpea a la humanidad entera. Y nos apanicamos al enterarnos de que repunta este brutal mal del corona virus, razón por la cual en nuestra tierra se echó a andar un tristemente célebre botón de emergencia.


No obstante, ese panorama tétrico, también es de apanicarse cuando vemos en calles, plazas y pueblos del Estado (por no decir del país entero) a hombres, mujeres y niños, sin guardar la sana distancia ni utilizar cubrebocas.


Bueno, hasta con motivo de las elecciones presidenciales de Estados Unidos, la carrera resultó tan peleada palmo a palmo, que el mismísimo Donald Trump se mostró apanicado, acusando de fraude a sus adversarios. Y para el orbe, para nuestro continente y desde luego para México, el resultado de esos comicios es sumamente trascendental.


En fin, ya sea por la inseguridad reinante, la corrupción que no ceja, la polarización que cada quien por su lado (oposiciones y gobiernos) atiza, la pandemia que amaga con repuntes mortales y muchas otras causas económicas, sociales y políticas, es bueno recordar aquella frase del aplaudido Chavo del Ocho: “Que no panda el cúnico”. Es decir, que procuremos abatir el miedo, el pánico, y de esa manera, venzamos al “apanicamiento”, que tanto mal causa a la sociedad mexicana.




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