Víctor Hugo Prado
La salida de
Marx Arriaga de la Dirección General de Materiales Educativos de la
Secretaría de Educación Pública marca algo más que un relevo
administrativo: abre una oportunidad política y pedagógica para
corregir el rumbo de los libros de texto gratuitos distribuidos en
2023. Textos señalados por errores de ortografía, fechas y datos en
matemáticas, geografía e historia, y cuya circulación ocurrió
incluso antes de que se conociera con claridad el Plan de Estudios de
la llamada Nueva Escuela Mexicana.
El problema no radica únicamente en erratas o imprecisiones. El fondo es más delicado: la subordinación del rigor académico a una visión ideologizada que debilitó áreas estratégicas, particularmente las matemáticas. En un mundo donde la competitividad depende del dominio de datos, algoritmos y pensamiento lógico, relegar esta disciplina equivale a hipotecar el futuro.
Los países que hoy encabezan la
innovación científica y tecnológica no lo hacen por casualidad. De
acuerdo con resultados recientes de PISA, naciones como Singapur,
Japón o Estonia mantienen altos estándares en matemáticas y
ciencias porque comprenden que allí se juega su desarrollo económico
y su liderazgo en campos como la inteligencia artificial y la
automatización. No es retórica: es estrategia nacional.
México,
en cambio, arrastra rezagos. Más de la mitad de sus estudiantes no
alcanza niveles satisfactorios en matemáticas. Frente a este
panorama, cualquier reforma que diluya contenidos estructurales o
sustituya el conocimiento sistemático por aproximaciones vagas
profundiza la brecha. Educar no es simplificar la realidad, sino
dotar a los jóvenes de herramientas para comprenderla y
transformarla.
La coyuntura exige una revisión integral:
planes, programas y materiales deben alinearse con estándares
internacionales sin renunciar a identidad ni contexto. Incorporar
microcredenciales con validez laboral, integrar la inteligencia
artificial en procesos formativos, fortalecer las llamadas power
skills, priorizar la salud mental, impulsar educación verde y
sostenibilidad, y adoptar metodologías basadas en proyectos y
resolución de problemas no son ocurrencias modernas; son respuestas
a un mercado laboral y a una ciudadanía cada vez más
complejos.
Pero nada de ello será viable si no se coloca
nuevamente el rigor científico en el centro y si los docentes no son
protagonistas del rediseño. La educación pública requiere
ambición, no complacencia. Este relevo es un buen momento para
rectificar, evaluar con honestidad y abandonar experimentos que no
demostraron eficacia. Más que frenar nombres propios, se trata de
detener inercias. La escuela mexicana debe volver a apostar por la
excelencia, la evidencia y el mérito. En ello se juega,
literalmente, el porvenir del país.

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