martes, 17 de febrero de 2026

La salida de Marx Arriaga algo más que un relevo administrativo

 




Víctor Hugo Prado



La salida de Marx Arriaga de la Dirección General de Materiales Educativos de la Secretaría de Educación Pública marca algo más que un relevo administrativo: abre una oportunidad política y pedagógica para corregir el rumbo de los libros de texto gratuitos distribuidos en 2023. Textos señalados por errores de ortografía, fechas y datos en matemáticas, geografía e historia, y cuya circulación ocurrió incluso antes de que se conociera con claridad el Plan de Estudios de la llamada Nueva Escuela Mexicana.




El problema no radica únicamente en erratas o imprecisiones. El fondo es más delicado: la subordinación del rigor académico a una visión ideologizada que debilitó áreas estratégicas, particularmente las matemáticas. En un mundo donde la competitividad depende del dominio de datos, algoritmos y pensamiento lógico, relegar esta disciplina equivale a hipotecar el futuro.

Los países que hoy encabezan la innovación científica y tecnológica no lo hacen por casualidad. De acuerdo con resultados recientes de PISA, naciones como Singapur, Japón o Estonia mantienen altos estándares en matemáticas y ciencias porque comprenden que allí se juega su desarrollo económico y su liderazgo en campos como la inteligencia artificial y la automatización. No es retórica: es estrategia nacional.

México, en cambio, arrastra rezagos. Más de la mitad de sus estudiantes no alcanza niveles satisfactorios en matemáticas. Frente a este panorama, cualquier reforma que diluya contenidos estructurales o sustituya el conocimiento sistemático por aproximaciones vagas profundiza la brecha. Educar no es simplificar la realidad, sino dotar a los jóvenes de herramientas para comprenderla y transformarla.

La coyuntura exige una revisión integral: planes, programas y materiales deben alinearse con estándares internacionales sin renunciar a identidad ni contexto. Incorporar microcredenciales con validez laboral, integrar la inteligencia artificial en procesos formativos, fortalecer las llamadas power skills, priorizar la salud mental, impulsar educación verde y sostenibilidad, y adoptar metodologías basadas en proyectos y resolución de problemas no son ocurrencias modernas; son respuestas a un mercado laboral y a una ciudadanía cada vez más complejos.




Pero nada de ello será viable si no se coloca nuevamente el rigor científico en el centro y si los docentes no son protagonistas del rediseño. La educación pública requiere ambición, no complacencia. Este relevo es un buen momento para rectificar, evaluar con honestidad y abandonar experimentos que no demostraron eficacia. Más que frenar nombres propios, se trata de detener inercias. La escuela mexicana debe volver a apostar por la excelencia, la evidencia y el mérito. En ello se juega, literalmente, el porvenir del país.



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