miércoles, 15 de abril de 2020

Crispación ¿neoliberal?








Pedro Vargas Avalos


Un sector del empresariado, los vestigios de la oposición, un radical grupo opositor (farmacéutico, hospitalario, muchos medios de comunicación, la comentocracia balconeada) da la impresión de que fomentan ataques concertados, teniendo en la pandemia del coronavirus 19 la circunstancia ideal para embestir la Cuarta Transformación.  La gota que derramó el vaso, a su juicio, fue el informe del Presidente Andrés Manuel López Obrador, expresado el domingo 5 de este mes de abril.

Para el líder de la que se denomina IV Transformación de la vida nacional, o sea el primer mandatario de la nación, el eje fundamental para salir de la crisis que provoca la pandemia, es el apoyo a 22 millones de mexicanos empobrecidos, el otorgamiento de dos millones cien mil créditos para el sector privado y el informal, así como la creación de dos millones de empleos a partir de este mes. Y todo eso sin endeudar a la nación ni aumentar impuestos o dar gasolinazos. Complementariamente, el secretario de Hacienda Arturo Herrera, informó que se tomarán medidas adicionales a las anunciadas por el presidente si los cambios en la economía lo demandan, para lo cual la evalúan  todos los días.

La postura del Consejo Coordinador Empresarial (CCE) dirigido por el equilibrado señor Carlos Salazar, presionado por grupos radicales del empresariado (como la Coparmex y Concamin), a partir del martes 7 de abril fue de enfrentamiento al gobierno. No cabe duda de que al maduro dirigente (hasta la fecha) lo orillaron a esa actitud, parte de sus representados que están airados porque, al viejo estilo del prianismo, esperaban una especie de rescate. Algunos empresarios de plano apuntaron lo que venían acariciando desde su derrota en las elecciones de julio de 2018: Amlo, corriges o te vas.  Salazar les hizo eco, aunque les advirtió: Los que crean eso, organícense y participen cuando venga el plebiscito de revocación del mandato presidencial.

Afirma el escritor Pedro Miguel, que, para esos grupos, tal pareciera que el mejor escenario nacional sería el de Guayaquil (donde la pandemia hizo estragos), lo cual significaría una catástrofe para México y desde luego el fracaso del gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

Sin embargo, hemos de reflexionar que los empresarios más ricos, como Carlos Slim, Germán Larrea o Ricardo Salinas, tienen buena relación con el presidente. Dentro de esa idea, a Palacio Nacional llegaron el 7 de abril, Antonio Del Valle, presidente del Consejo Mexicano de Negocios (CMN), así como los empresarios Emilio Azcárraga, dueño de Televisa y Valentín Diez Morodo, presidente del Consejo Empresarial Mexicano de Comercio Exterior, Inversión y Tecnología (COMCE). Todos, a la par del primer mandatario, han expresado su disposición para colaborar y salir de la crisis.




 Pero los medianos y pequeños patrones aseguran que no encuentran ese puente y que el primer magistrado no comprende a las empresas, en su firme idea de ayudar a los pobres. El inconveniente mayor es que todo eso y más, estos empresarios lo expresan con crispación, o sea, sumamente irritados, exasperados, asomando antipatías y desbordando sus pretensiones.

Dicen esos empresarios no tan grandes, que ellos otorgarán vacaciones pagadas durante abril (es la Semana Santa y de Pascua, tradicionalmente de asueto) para asegurar el aislamiento, pero a cambio, el gobierno  debería regresar rápidamente los saldos favorables del IVA de 2020, aplazar el pago de ciertos servicios que genera (electricidad, etc.), o impuestos como el sobre la renta (ISR) o el IEPS, incluso diferir cargas sociales como las cuotas al IMSS, para pagar unos y otros  en plazos el año que viene, y a los que sean puntuales darles estímulos. Finalmente piden un fondo público de cien mil millones de pesos para que la banca de desarrollo, les garantice el otorgamiento de créditos por la banca privada. Todo eso, aseguran casi en tono de amenaza, que le conviene al gobierno porque, de no otorgarse tales facilidades, las empresas cerrarán y los trabajadores serán problema del régimen por muchos años, pues engrosarán las filas de los pobres.



Al hablar de rescate, pensaban los empresarios en préstamos externos, olvidándoseles patéticos ejemplos como Haití o Argentina, países donde el brutal resultado de las carretadas de deuda exterior que promovieron, los llevó a la bancarrota, que se traduce en tragedias para sus pueblos. La deuda siempre ha empobrecido a los más necesitados, porque para pagarla se tienen que relegar programas sociales, de salud y comunicaciones, de edificar casas de estudio, centros rurales y en general infraestructura.

Sobre la pandemia, el problema es mundial, y lo ideal sería que hubiese soluciones de esa índole. Pero no hay líderes de tal magnitud para implementar medidas de corte global, (como fue el Plan Marshall) que serían las recomendables: Trump, es un bodrio, el hoyo negro del orbe; Merkel, está desgastada; Macrón, vacío, en tanto que Boris Johnson es vano y de pilón contagiado. ¿China? no es una democracia, por lo que cuando actúa lo hace obsesionada por sus intereses. La ONU no tiene capacidad para implementar medidas de magnitud y el Fondo Monetario Internacional, solo ve como servir el interés de las grandes potencias.

Volviendo al encaramiento de empresarios con el gobierno, diremos que es natural haya diferencias entre el poder del estado, legítima, democráticamente electo, y el poder económico (donde no hay democracia y se había mal acostumbrado a meterse en lo político). Son dos sectores claramente definidos pues el público no tiene como meta el lucro y en cambio el otro, lograr ganancias es su resaltante objetivo. Eso no debe implicar la pérdida de la unidad nacional, indispensable para salir avante de este trance. Ojalá que la crispación pase, y ahora esas discrepancias solo sean en público y con sensatez, no como en otros tiempos, en que se hacían en lo oscuro y tramando conjuras.

 


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