lunes, 12 de febrero de 2018

Los guantes rojos



(Juguete escénico en un  acto)




Personajes

Mujer
Hombre
Vecino


Al fondo del escenario aparece iluminado por un seguidor de luz, un retrato de amplias proporciones: el centro son las manos del personaje, que se entrecruzan una a otra y ofrecen a la vista la perfecta descripción del dueño de la estancia.
Joven; labios carnosos y dispuestos en perfil.
Completa oscuridad: la luz se va abriendo para descubrir cada uno de los objetos que adornan el departamento. Conforme ocurre, se escucha la música de jazz.
Se oye, al final de la melodía, una voz:


Mujer
¿Sigues ahí? No has dormido en toda la noche. Y ya es media mañana. ¿Tomaste el desayuno?

(Se abre la luz, tenue y dramática.)


Hombre, deprimido:
No es posible... No es posible... (Transición.) ¿Lo puedes imaginar? Son las doce del día y aún no se levanta, escucho hasta aquí sus ronquidos, ¿por qué habríamos de elegir este departamento habiendo tanto en esta zona. ¡Es increíble!
(El Hombre mira a través de la ventana que da al patio central y comunica las ventanas de todo el edificio. Caminando al encuentro de la Mujer.)
¿Qué me has traído? ¿Encontraste las revistas que te pedí que compraras?


Mujer, entrando:
Sí, pero revisé y no hay ningún poema que esté firmado por el Vecino... de todas maneras las compré para que tú mismo revises...


Hombre, camina al centro de la estancia:
¡No está, no está! (Hojea con rapidez y desesperación las revistas.) ¡Debe estar! ¡Tiene que estar! Me dijeron que apareceríamos juntos en este número; de venir así podré acercarme a su puerta y tocar; si estamos juntos, entonces, iré a reclamarle su estúpida costumbre de lavar los trastes colocándose los guantes plásticos. (Se desploma en una silla al centro de la estancia. Decepcionado.) No está... mandaré una carta a la redacción, me habían prometido...


Mujer, conciliadora:
Cálmate, ya saldrá; este es un número atrasado, tal vez en el nuevo número será...


Hombre, colérico:
¡Sí, pero me dijo el director de la revista que sería esta vez! ¡Y una promesa es una promesa! (Camina hacia el retrato que lo reproduce.) El director debe saber que soy Premio Nacional de Poesía y debe cumplirme... (Pausa.) Él sabe muy bien de lo que soy capaz...


Mujer, sentándose en la silla; habla para sí misma:
Sí. Sé de lo que eres capaz. Lo he sabido desde que me casé contigo. (El Hombre permanece de espaldas, mirando su retrato.) Que si sé de lo que eres capaz, ¡vaya si lo sé! (Se levanta y da vueltas en derredor de la silla.) Toda mi vida esperé encontrar a un hombre con prestigio para casarme y mira: hasta ahora me doy entera cuenta del sufrimiento que es vivir con una celebridad. (Dirigiéndose al retrato.) ¡Eres un niño, Humberto! Yo estoy aquí, te ofrezco mi cuerpo cada vez que lo necesitas. Me usas. Cumplo todas tus fantasías. Salgo desnuda a la calle por las noches para que tengas una erección. ¡Pero nada: todos los días te desvelas. No duermes. Y luego en el día te pones a esperar a que salga el vecino para ver cómo lava los trastes. Debí casarme con él, cuando me pretendía...


Hombre, saltando de gusto se acerca a la ventana:
¡Ahí está! ¡Mira! ¡Ven! ¡Ya va a salir! (Jala de un brazo a la Mujer.) Míralo con tus propios ojos. Ahora va a lavar los dispendios de la noche. El resto de sus interminables juergas con sus amigos. Ahora tira en el bote de la basura los condones que utilizó. Está disponiéndose para lavar los trastes, ¿lo miras? (Pausa. Transición.) Es una señorita. Y ahora canta el muy descarado...

(Se escucha una voz cantar.)

Vecino, voz en off:

“Perfume de gardenia
tienen tu boca,
bellísimos destellos
de luz en tu mirar.

Tu risa es una rima
de alegres notas,
se mueven tus cabellos
cual ondas en el mar...”


Hombre, molesto:
¡Descarado! ¡Insolente! (Ocultos detrás de las cortinas; al lado de la Mujer. Habla bajito.) Lo escuchas: canta esa estúpida canción. ¿Cómo es posible que un supuesto poeta cante esas letras? Eso está bien para las secretarias, ¿pero un poeta? Y luego esos guantes: son para las mujeres. Para las sirvientas, pero no, él canta y se pone sus guantes rojos de plástico para lavar los trastes...

(Sigue la canción del vecino: “....Tu cuerpo es una copia /de Venus y Citeres / que envidian las mujeres / cuando te ven pasar...” Se oscurece el escenario.)

Hombre, solo y sentado en la silla:
¡Por fin! ¡Por fin! Él y yo en una misma página. Esta noche, cuando esté con sus invitados iré a tocar la puerta de su departamento y le estamparé la revista en la cara delante de sus invitados: esos tontos poetastros y las mujerzuelas... (Dirigiéndose a la puerta de la recámara.) ¡Karen! ¡Karen! Ya aparecieron los poemas. (Toca con fuerza.) ¡Karen!.. (Se da por vencido. Para sí mismo.) Esta noche sabrá quién soy. Esta noche lo visitaré ¡sabrá de mí! (Mira hacia la puerta de la recámara. Grita.) ¡Esta noche será distinta, Karen: haremos el amor como a ti te gusta! ¡Te fornicaré por el trasero, para que no me digas que estoy enamorado de nuestro vecino, sino de ti! ¡Prepara tus enormes nalgas!..

(Oscuro.)

Hombre, deprimido:
¡Ya! ¡Lo hice! ¡El muy maldito! ¡Perro desgraciado! (Se dirige hacia el piso. La luz describe, con lentitud, parte de la estancia. Se escucha música clásica, triste.) Mira que preguntar mi nombre. Como si toda la ciudad no lo supiera. ¡Me las pagará! ¡Sabrá quién soy! ¡Ya verá! (Transición.) ¿No lo crees así, Karen? (Se abre el seguidor de luz hacia la mujer. Permanece totalmente desnuda, de espaldas al público. Se mira un consolador enorme junto a sus nalgas. La mujer comienza a llorar mientras lo toma sin voltear y juega con él...) En cuanto lo encuentre en los pasillos lo voy a golpear. De mí nadie se burla. ¡Nadie!

(Las tenues luces se apagan lentamente. Se escucha fuerte la música. El seguidor alumbra el retrato del hombre, quien mantiene la misma postura que en el comienzo, pero en sus manos están unos guantes rojos.)



Telón

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