Pedro Valderrama Villanueva
La
edición de libros por parte del Gobierno del Estado de Jalisco es
una labor que, prácticamente, inició en la década de 1970 a través
de la fundación del DBA —Departamento de Bellas Artes. Ernesto
Flores estuvo al frente del área de publicaciones de dicha
dependencia donde editó importantes colecciones. Posteriormente,
vendría, durante el siguiente decenio, la destacada labor de
Francisco Ayón Zester, quien también fue responsable de publicar
cuantiosas colecciones de libros de literatura y de historia en la
Unidad Editorial del Estado de Jalisco. En la década de 1990, Juan
José Doñán, durante un corto periodo, de 1992 a 1995, encabezó la
Dirección de Publicaciones de la Secretaría de Cultura, que alcanzó
nuevas alturas debido a la cuidadosa selección de títulos y la
calidad de los materiales editados.
Tras la destitución de Juan José Doñán de dicho cargo, Artemio González García fue invitado a ocuparlo. La gestión del poeta de origen arandense estuvo marcada —durante y aun después de su periodo— por severas críticas provenientes de un sector de la comunidad literaria de Guadalajara, centradas en la calidad de los materiales empleados, los tirajes, así como en los discutibles criterios de selección de los títulos publicados, entre otros aspectos. Dentro de su labor editorial, la colección Hojas Literarias fue quizá la más cuestionada por los motivos antes señalados. No obstante, pese a los reparos dirigidos a su responsable, Hojas Literarias —cuadernillos de formato delgado y cubierta de cartoncillo negro—, vistas en perspectiva y a 30 de su aparición, se revela como una de las colecciones más benéficas para las letras de Jalisco.
Esta
colección publicó, a lo largo de casi cinco años, alrededor de un
centenar de títulos. Estuvo dividida en ocho series: poesía,
cuento, novela, drama, ensayo, memoria, periodismo y homenajes. Entre
los escritores oriundos del sur de Jalisco que fueron publicados en
alguna de estas encontramos: Antología
Poética
(1995), de Roberto Espinoza Guzmán; Cantar
(1995), de Víctor Manuel Pazarín; El
barro vivo
(1995), de Félix Torres Milanés; Antiguas
primicias
(1996), de Juan José Arreola; Taller
Literario La Peñas (1996);
Brevesencias
(1997), de Julio César Aguilar; Diálogos
(1997), de Salvador Encarnación; José
Luis Martínez. El ensayo y lo mexicano
(1998); Don
Tiburcio, el tiburón
(2000), de Hugo Salcedo.
Dentro de la serie Homenajes, además
de incluir volúmenes dedicados a Fray Antonio Tello, Agustín Yáñez
y Pedro Garfías, asimismo, se publicó Juan
Rulfo. Homenaje
(1997), un delgado cuadernillo de apenas 50 páginas publicado para
conmemorar los 10 años de la desaparición del autor de Pedro
Páramos
(1955): “En la historia de la literatura mexicana ¿o universal?,
el fenómeno Juan Rulfo tal vez sea un caso único. Nadie como él ha
alcanzado tanta celebridad por tan reducido número de páginas
editadas, ya que […] apenas sobrepasan las 250.”
La
bibliografía destinada al escritor nacido en Sayula y criado en San
Gabriel, producida desde Jalisco, a partir de la segunda mitad de la
década de 1980 tal vez no es cuantiosa; sin embargo, resulta valiosa
para profesionales y entusiastas en la materia los diferentes libros
que se dieron a conocer a partir de dicho momento. Tal vez se debió
a los reconocimientos que el escritor obtuvo a nivel nacional e
internacional a partir de dicha década como fue su ingreso a la
Academia Mexicana de la Lengua, en 1980, y el Premio Príncipe de
Asturias, en 1983. Lo cierto es que fue objeto de atenciones que
anteriormente, al menos en apariencia, se le habían escatimado en su
estado natal.
El
delgado cuadernillo Juan
Rulfo. Homenaje reúne
tres conferencias dictadas por los reconocidos académicos Carlos
Fregoso Gennis, Fernando Carlos Vevia Romero y Arturo Azuela. La
introducción del volumen, aunque no se señala, fue escrita por
Artemio González García. El historiador Fregoso Gennis en su
escrito “La influencia histórica en la narrativa de Rulfo” nos
aproxima al trabajo del narrador “cuestionando la dicotomía
historia-literaria, llegando al corolario de que el escritor pone en
tela de juicio a la primera para estructurar y dar dimensión cenital
a la otra”. Mientras Vevia Romero en “Juan Rulfo: Escultor del
lenguaje”: “hace una disección plástica al contexto y hurga en
los extractos elípticos del lenguaje para desvelar la palabra
esculpida a la precisión y perfección artística del famoso
laconismo rulfiano”. Por último, el narrador Arturo Azuela en
“Juan Rulfo: Muerte y resurrección”: “incursiona en el proceso
creativo de Rulfo y especula desde el embrión del Pedro Páramo
rondando por la imaginación del escritor, a la vez que hace una
intromisión psíquica para sondear el laconismo verbal, esta vez en
la vida privada del autor”.
De esta manera, en Juan
Rulfo. Homenaje
se advierten nuevas aproximaciones a la obra del autor a partir de la
mirada de estos tres estudiosos. El cuadernillo se integra a la
tradición inaugurada algunos años antes por el volumen Homenaje
a Juan Rulfo
(1989), coordinado por Dante Medina y publicado por la Universidad de
Guadalajara. Posteriormente, desde Jalisco se difundieron diversos
estudios en torno a la obra del autor de El
llano en llamas;
no obstante, desde entonces no se han producido nuevos
libros-homenaje dedicados de manera específica a su figura y
legado.
Así, la colección Hojas
Literarias,
más allá de las polémicas que la envolvieron durante largo tiempo
por los motivos aquí expuestos, publicó también títulos de
notable relevancia —como Juan
Rulfo. Homenaje—
que contribuyeron de manera significativa al conocimiento de nuestras
letras, logro que se debió en gran medida al buen tino de Artemio
González García al frente de dicha dependencia.

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