martes, 10 de septiembre de 2019

La pesadilla del 2 de junio, se prolonga










Oswaldo Ramos


Exactamente tres meses después de aquel fatídico 2 de junio, la incertidumbre, las señales de alarma y los ecos de la tragedia se hicieron presentes en el municipio de San Gabriel.

Aproximadamente a las 17:00 horas del pasado 2 de septiembre, el río Apango volvió a correr con furia llevando a su paso una gran cantidad de sedimentos y restos de troncos talados o calcinados que hace no mucho formaban parte de un bosque. Los daños se siguen incrementando, la preocupación no ha cesado y las consecuencias de un mal manejo de los bosques y de un esquema erróneo de producción agroindustrial se siguen haciendo presentes, los bosques que en pocos días fueron aniquilados tomarán décadas en recuperarse, si es que se les da la oportunidad.

En mayo pasado los bosques del Sur de Jalisco ardieron a un ritmo difícil de controlar durante casi dos semanas y San Gabriel fue uno de los municipios que más sufrió. En consecuencia, el suelo degradado no pudo resistir más y sencillamente colapsó trayendo consigo un estrepitoso alud de lodo y troncos de árboles que desde la parte alta de la cuenca llegaron a San Gabriel, inundándolo en un día en el que ahí ni siquiera llovió.




El fenómeno del 2 de junio no ha dejado de repetirse al momento, un ejemplo de ello sucedió el día 4 de agosto; mientras un nutrido grupo de pobladores se reunía para saber más sobre la problemática y encontrar alternativas para afrontarla, una lluvia que no duró más de 15 minutos provocó una crecida anormal en el caudal del río. La intensidad no ha sido la misma, pero la dinámica del fenómeno sí.

Preocupa que existan grupos que realicen actividades productivas al margen de la ley y a costa de nuestros recursos naturales y nuestra seguridad. Pero más preocupa esta paradoja en la que el Gobierno Estatal parece atender y entender la situación, pero una vez más el discurso se aleja de la realidad. De la denuncia que presentó ante la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente, al momento poco se sabe y tal denuncia se ha dejado ver como un acto de reacción –en el mejor de los casos- que está desligado de una estrategia integral que busque limitar el crecimiento de la frontera agropecuaria en ecosistemas forestales.

La memoria de corto plazo no puede tener lugar en agendas de gobierno y no puede seguirse buscando el reconocimiento o aplauso de gobernantes que sólo saben ver hacia lo individual.




El pasado sábado circuló en redes una imagen del alcalde de Zapotlán en la cual, como parte de su informe de actividades, presume que este municipio es “líder agroalimentario en Jalisco”, siendo que Zapotlán es uno de los municipios que más ha sufrido la deforestación, el cambio de uso de suelo y el uso excesivo del agua en la actividad agroindustrial. Definitivamente, las prioridades no están claras.  

No existe argumento que justifique la complicidad del Estado en prácticas que no hacen más que impactar ecosistemas e incluso poner en riesgo la vida de las personas, bajo el insuficiente argumento de la generación de empleos y de capital, el cual sí existe, pero no implica movilidad social y no beneficia a las regiones donde se desarrolla la actividad.

De acuerdo a información publicada por Canal 44 y la Universidad de Guadalajara. Desde 2003 y hasta 2017, las huertas aguacateras del Sur de Jalisco pasaron de 1,260 hectáreas a 28,833.5 hectáreas en las regiones Sierra del Tigre, Apango y Complejo Volcánico de Colima, de las cuales, 12,384 hectáreas corresponden a espacios de bosques y selvas, a través de un proceso ilegal de cambio de uso de suelo en 95 de cada 100 de esas hectáreas. 

Las extensiones anteriormente señaladas se han incrementado a la fecha y a escasos tres meses de haber cesado el fuego, ya existen plantaciones de aguacate en zonas de Apango y el Volcán de Colima.




El problema de los bosques en el Sur de Jalisco se replica en el Área Metropolitana de Guadalajara; mismo fenómeno con causas distintas. Tras el anuncio de la venta de las Villas Panamericanas, circuló en redes una imagen con el título de ¡Sin Bajío No hay Colomos!, que muestra la importancia de esta zona y cómo alterar aún más su dinámica, impactaría en la zona urbana comprometiendo incluso otros espacios naturales como es el Bosque de Colomos.

Academia, ciudadanía y organizaciones civiles están cansadas de hablar con argumentos sin que sus voces sean escuchadas con seriedad.

No pueden seguirse tomando decisiones por gobiernos ni actores políticos que no entiendan que el futuro es compartido o no lo es. 

No es justo que la población viva con miedo y que en las autoridades impere el silencio.




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¿Qué nos queda?








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