jueves, 19 de septiembre de 2019

De la aldea a los libros, de la vida a la poesía






La lluviosa tarde del pasado sábado 7 de septiembre, en el Andador Coronilla en el Escarabajo Scratch Bar de Coronilla 28, en la  zona Centro de Guadalajara (que se halla justo enfrente de la casa donde alguna vez vivió María Félix, cuando aún no era ni actriz ni la “Doña”, sino la bella y joven madre de Enrique Álvarez Félix solamente), el ensayista y narrador Juan Fernando Covarrubias y el ensayista e historiador de la literatura jalisciense Pedro Valderrama Villanueva presentaron mis más recientes libros: Enredo (poesía/Archivo Histórico Zapotlán el Grande, 2018) y La vuelta a la aldea (ensayos/Keli Ediciones, 2018), les comparto el primero de los textos

Víctor Manuel Pazarín





UNO
La poesía en la vena


Juan Fernando Covarrubias *



Soy un infrecuente lector de poesía. Como lector no tengo disciplina. Leo, sí, bastante, pero no sigo una ruta predeterminada o trazada sesudamente en tardes y noches de pensamiento tenaz. Por ello, reitero, a la poesía llego como sin querer, de un modo infrecuente. Esto que estoy diciendo, esta confesión, quizá invalide los renglones siguientes: porque mis acercamientos a la poesía, hasta ahora, han sido menores o, por decirlo de algún modo, tibios. Esto no obsta para que, ya encarrilado, la poesía me emocione, me cuente cosas, como lo hace la literatura en general.

Y podría citar como prueba de lo que digo los nombres de poetas que me han prácticamente atenazado por el cuello, impidiéndome el regular respiro y el sosiego, pero no lo haré porque estoy seguro de que tengo una torpe forma de leer poesía (como torpes son mis formas en otros quehaceres, en otros mundos). Sin embargo, lo que sí puedo hacer es describir mi reciente querencia con la poesía: como un nuevo amor, o viejo, si se piensa, con Octavio Paz, que el poema se apoya en el lenguaje que nos es elemento insustituible en la cotidianidad más llana.

Y para hacerlo, no podría haber mejor principio que citar algunos versos entrañables, definitorios, poderosos, contenidos en Enredo (Archivo Histórico Zapotlán el Grande, 2018) de Víctor Manuel Pazarín:

Es un fantasma el que come a mi lado. Es un hombre sin esperanza, a punto de morir. En el plato y la olla, navega un pescado con el cuerpo destruido. En la mesa, el salero es una diminuta constelación: las estrellas lanzan sus tímidas luces. Si la sal se desparramara ahora, sería como si la noche enviara sus astros. Y esos astros nos cegarían.
(“Caldo”, en La medida, poemario que Víctor escribió de 1988 a 1996, y que publicaría ese mismo año de 1996).

La querencia comienza en la vena. La poesía en la vena. O en las venas. Es decir, desde los adentros. Más que sangre, por las venas han de correr versos (por lo menos, en Víctor, seguro), versos que se apuran a vaciarse en la hoja. Si se piensa en Ezra Pound, a propósito del ejercicio/oficio de la poesía, se cae en la cuenta de que fue, esencialmente, poeta, y que luchó por serlo toda su vida. Lucha y vida fueron sinónimos en él. En ese sentido, Víctor se le emparenta, se le parece en su esfuerzo cotidiano por ser un poeta en la vida, por andar por la vida como un tipo que se distingue de los comunes porque encuentra en lo efímero y lo anodino un motivo de celebración, un motivo de escritura, un motivo para versear. Hacer poesía no es una tarea a la que le rehúya, pero sí en la que se desangra y se embarca con alegría y dolor.

Para muchos no es desconocido que Paz es, de algún modo, el padre poético de Víctor, su ars pater (si se pudiera llamar, articular de ese modo). Otro tanto habría que decir del jerezano López Velarde y del británico-estadounidense T. S. Eliot. Si Paz entendió que la voz poética sería el vehículo por medio del cual podría afincar una posición frente al mundo y los otros, no como obstáculo sino como entraña abierta y poderosa, Víctor pronto supo que la poesía sería su lenguaje, esa patria que en el escritor no tiene defectos ni virtudes, solamente es el sitio desde el cual se parte y el sitio al cual, pasado el tiempo y la escritura, se llega, como medio y meta final. No hay pierde. La poesía es lenguaje y el lenguaje, es todo, corazón, vísceras y emoción.

Abatido, con la sutil maquinaria del/ corazón gastada, finjo/ estar enamorado de la vida. Pero en la calle, en el/ bosque, en los profundos aires,/ el ronroneo/ momentáneo de la muerte ya se escucha.// Y me tumba los dientes (apestados e inservibles)/, me enflaquece los brazos, me casca la voz.// Es vana la esperanza. Es una llamada absurda/ que dejo pasar. Y en el viento que se arquea/ como una vara seca se presiente la nada.
(“La muerte” en La medida)

La poesía —o el poeta— recurre a dos clases de imágenes, según Antonio Machado: las que expresan conceptos y las que expresan intuiciones; voluntaria o involuntariamente, agregaría yo. La poesía de Víctor, no tengo duda, se decanta por las intuiciones, pero también por los conceptos: nombrar, porque la poesía es nombrar, lo que sea que cada poeta quiera nombrar. Y Víctor nombra, le pone nombre a aquello que, en los más, es innombrable, indefinible. Labor del poeta, labor del vate que desnuda más que señalar, que muestra más que inventariar, que embellece más que denostar.

T. S. Eliot se pregunta: “¿Cómo y a quién se lo voy a decir (el poema)?”. A quién he de hacer sentir con mis versos, creo que se pregunta el poeta estadounidense. Y esa pregunta, por extensión, le acomoda a Enredo, o particularmente a La medida, a Ardentía, a El cantar, a Los dones matinales… A quién, Víctor, hace sentir, preguntarse, removerse en sus cimientos y hallarle un punto de quiebre a los adentros. Sigo con La medida:

Por mucho tiempo/ postergó/ la visita/. Fue entonces,/ sólo para oír/ de labios de su padre/ la última frase,/ la más contundente/ que le escuchó/ y aunque le duele/ recordarla,/ en su mente resuena/ “qué cuentas, padre”/ —Puras desgracias/ Y se murió.
(“La visita”)




En todo momento uno corre riesgos, más aún cuando se trata de definir un libro, una novela, un cuento, y máxime si se trata de un poema. ¿Qué valorar? ¿Por dónde empezar? ¿Qué considerar y qué, dejar de lado? Por consecuencia, sé que corro un gran riesgo si declaro que Enredo es un compendio emocional. Pero me arriesgo, y lo hago convencido de lo que he leído y encontrado en los poemas de los distintos libros reunidos en este volumen.

Hago un alto porque no quiero que se malentienda esto que digo: esta selección, esta reunión (me gusta ese término, reunión, poemas que se congregaron en un punto para mostrarse); esta reunión de poemas de una vida de trabajo poético no carece de atisbos de lógica, de armazones como un edificio con líneas verticales y horizontales, de formulaciones que siguen cierto acomodo, de declaraciones de amor y dolor que siguen una determinada estructura –todo poema es una estructura–, de guiños inteligentes en versos y en entreversos, entreverados.

Sin embargo, esta especie de declaración poética de Víctor que es Enredo porque un poema también es una declaración íntima y pública al mismo tiempo, tira más por ese sendero que conduce a la celebración de las emociones y las intuiciones por lo que tienen de entrega y alma.

La tarde gris se está iluminando:/ Él la mira aparecer tras de la puerta, subir las escaleras blusa negra, pantalón azul: sus pies desnudos la hacen ver desnuda. Él aprecia su extraña belleza: por las grises calles de la ciudad Ella es un sol intenso que aparecería en el mundo la mañana de un día después…
(“Bajo un cielo verde; bajo un fresno en sombra”, II, en Ardentía, 2000)

Víctor se va por las ramas, porque Enredo es un gran árbol con múltiples ramificaciones. Como lectores, no teman adentrarse en Enredo, les aseguro que encontrarán reflexiones surgidas de deliberaciones sesudas y emotivas, de una revisión que hizo el poeta de sus motivos y querencias; todo esto puede conducir a momentos epifánicos, a advertir en estos versos una riqueza que no puede pasar desapercibida y, al percibirla, no desecharla sino amasarla para sí, para el regodeo y disfrute total.

Extraviado, después del beso, de acariciar su mano, de tocar su espalda Él ya no sabría el camino sino hacia Ella.
Ella se deslizó hacia su vida. Y se cerró para abrirse en Él…
(“Bajo un cielo verde; bajo un fresno en sombra”, III, en Ardentía, 2000)

Colofón

Explicación falsa de mi presentación

Por último, quiero decir que hace unas semanas, en su departamento de Tonalá, con la ciudad más allá de la ventana, compartiendo una tarde de whiskies, Víctor me invitó a estar aquí este día. Entre otras cosas, entre trago y trago, y entre confesión y confesión, Víctor me dijo que Enredo era el primero de sus libros de poesía. Su primer libro de poemas. No una antología, me aclaró en ese momento, sino una reunión de poemas que ha escrito a lo largo de muchos años de entrega a la literatura, a lo largo de muchos años de vida. En estos días he querido entender qué quiso decir con eso de que se trata de su primer libro de poemas (porque sabemos que ha escrito y publicado unos cuantos), y tengo, creo, una primera aproximación: Enredo constituye una mirada renovada a las viejas formas del pasado; Enredo es, ni más ni menos, el origen desde el cual Víctor entra en la vida para celebrarla y para, cuando se lo merezca, hacerla pedazos.

Tonalá, septiembre de 2019

* JUAN FERNANDO COVARRUBIAS
Obtuvo el Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez 2014 por su libro O Cirilo tal vez regresó. Es autor del libro de cuentos La muerte compartida (La Zonámbula, 2013). Es coautor de Bernardo Couto Castillo. Asfódelos y otros cuentos (FONCA /Editorial Serapis, 2011). Está antologado en 17 voces que dicen presente (Instituto Zacatecano de Cultura, 2016).

* ABRAHAM ARÉCHIGA
Es fotoperiodista independiente y reportero gráfico en La gaceta de la Universidad de Guadalajara.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Popular Posts