jueves, 26 de marzo de 2020

El Cine: Contador de Historias








Cine sin Memoria

  

José Luis Vivar


Si algo caracteriza al cine, además de ser Arte e Industria, es que ante todo es entretenimiento. Simple diversión, eso es lo que en desde París anunciaron al mundo los hermanos Luis y Augusto Lumière, sobre su maravillosa máquina llamada Cinematógrafo. Estrenado en 1895 con un increíble éxito, que en poco tiempo se convirtió en un acontecimiento mundial, aunque parezca increíble, ellos lo vieron como un producto para las ferias. Su invento que comprendía Óptica y Física, por lo cual se trataba de un prototipo científico, sin embargo, estaban decepcionados y decían que no le veían futuro.

            Afortunadamente hubo un hombre -francés también-, llamado Georges Méliès quien no prestó atención a esos comentarios y que con una cámara se convirtió no solo en el pionero del cine fantástico, sino el padre de los efectos especiales. Ningún visionario como él para darse cuenta del maravilloso potencial que tenía el invento de sus coterráneos. Por esa razón, sus cientos de películas dieron testimonio de su ingenio, de su imaginación y de su amor al arte de contar historias.

            El cine en sus inicios tomó prestado del Teatro la representación, de la Fotografía y la Pintura la imagen, y de la Literatura la forma de narrar. Al principio fue silente, y con unos textos entre escena y escena contaba las historias. Después, cuando tomó las palabras de la radio aprendió a hablar, pero no se detuvo.

Faltaba la música, la cual en sus tiempos silenciosos escuchaba en las salas desde la pantalla: piano y a veces orquestas. Así que sin contemplaciones comenzó a utilizarla como fondo de lo que iba narrando y después agregó canciones hechas especialmente para cada película.

Finalmente, el cine adquirió su propia esencia, su propio lenguaje, y adquirió el nivel de Arte cuando supo conjugar todos los elementos de sus inicios para transformarlos y crear con ellos una narrativa audio visual, y una variedad de géneros que con el paso de los años los ha ido perfeccionando.





Por si esto no fuera suficiente, se ha adaptado a los tiempos. Primero tras una intensa batalla logró vencer a un poderoso rival: la televisión. Se quedó en las salas y a la vez logró instalarse en ese formato del cual jamás volverá a salir. Por mucho tiempo las televisoras abiertas lograron mantenerse vivas gracias a que en la programación de sus canales había películas.

Y de la televisión saltó a las casas, primero en formato de cintas, más tarde en discos -que todavía se comercian-, y actualmente en formato cien por ciento digital en una multitud de plataformas en internet. Esto ha dado por resultado que el cine pueda proyectarse lo mismo en una computadora, en una tableta e incluso en un teléfono celular. Con una ventaja adicional: el usuario puede ver de corrido la cinta o en cuestión, o dejarla para otro momento y continuar en donde se quedó.

Y con todo lo anterior, es que esto a nadie sorprende, se le ve como algo natural. Curiosidades de la historia: hace apenas treinta años se hablaba de la posibilidad de que una película pudiera pasarse en la computadora, aunque no decían cómo. Aquello sonaba absurdo, propio de una febril imaginación, y no como el augurio de un profeta cibernético.

            Profecías tras profecía, el cine sigue contando historias en los espacios y lugares menos esperados. De alguna forma sustituyó al viejo de la tribu que alrededor de una fogata contaba leyendas y vidas de sus ancestros. El cine en su contenido a veces se adelanta y a veces marcha atrás de las sociedades. Así ha sido y así será.

            Seguramente en un futuro no muy lejano contará varias versiones de esta pandemia que nos obliga a estar en casa. Es seguro que desde ahora se gestan muchas historias que serán argumentos para realizar películas que nos hagan recordar la fragilidad de nuestra especie humana.

            Solo hay que tener paciencia y esperar a que se estrenen esas cintas.



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