lunes, 16 de octubre de 2017

Grandes acontecimientos de la infancia






Clavellina y Juan de Amores.
Refrán popular en Zapotlán

Era época de Navidad y, como a todos los niños, nos habían “engañado” con la llegada del Niño Dios y Santa Claus. Pero alguna vez —en mil novecientos sesenta y siete—, algo nos decía que no, que no más no eran ellos quienes traían los regalos; pero nuestros padres insistían en que sí, que nos fuéramos a dormir porque esa noche traerían los obsequios y debíamos irnos a acostar porque ya era tarde. Entonces, mis hermanas y yo, nos fuimos a la cama a esperar. Y nos dormimos, claro que sí, pero en nuestras mentes una especie de sueño colectivo nos atrajo hacia la búsqueda de la “verdad”. Entonces, sin conciliar el sueño, escuchamos sus cuchicheantes voces. Algo decían y paramos las orejas; pero no alcanzamos a saber lo que decían. Vimos entonces que salían al corral. Y cerramos aparentemente los ojos.



De pronto el calor y la luz del fuego nos levantaron. Dormíamos y escuchamos los gritos de los vecinos de la Cerrada de Cuauhtémoc, en el Barrio de Cristo Rey —cerca de los tanques—, que gritaban “¡Auxilio!” y pedían a todos que saliéramos de nuestras casas porque el expendio de Petróleo se incendiaba. Y daba el caso que nosotros vivíamos en una casa contigua. Y salimos sólo para ver que el Infierno estaba allí. El fuego se alzaba hasta las nubes y el humo sofocaba nuestros pulmones. Vimos, en todo caso, la amenaza. La casa de al lado ardía y la nuestra estaba a punto de prenderse. Ardía cada vez más. Los “tambos”—que eran muchos— eran el combustible que lograba que esa noche se iluminara.

Salimos y la calle estaba llena de gente. Sus gritos eran delirantes. Nosotros, enmudecidos, no dijimos ni una palabra. Casi en cueros, como la mayoría de los vecinos, éramos como ánimas del Purgatorio.

Salimos, ya que no escuchamos nada, al corral. Vimos que en la barda que daba al cominito que conducía hacia los tanques de agua, estaba una de las escaleras más altas que tenía mi padre. Roja como era, llegaba hasta lo más alto, casi alcanzaba las estrellas, porque era una noche estrellada. En el alto cielo había estrellas, como aquellas que vimos una vez a las tres de la madrugada, cuando fuimos despertados por nuestros padres para verlas ir de un lado del cielo hacia otro: fugaces como eran, nos sorprendieron a más no poder. Yo me recuerdo mirando el cielo sin entender. Aún no llegaba el saber de la ciencia a mi vida. Entonces miré maravillado. El cielo se movía y las estrellas —que siempre las creí fijas— cruzaban el firmamento de manera rapidísima.

Las flores de la solitaria clavellina me recordaron esa noche de estrellas fugaces. El árbol, que estaba en el interior de los tanques de agua, era como un surtidor de estrellas, y allí me gustaba ir, porque vivía a un salto de barda. Esa flor —al igual que las estrellas— me maravillaba: me recordaba a las fugaces chispas que surgían del fuego la noche que se incendió el depósito.

Porque luego de que sofocaron las llamas de la casa y el expendio, algunos valientes hombres se apostaron y, de alguna forma que ya no recuerdo, uno a uno rodaron los barriles en llamas calle abajo, logrando una imagen siniestra. Los barriles rodaban y en su trayecto daban saltos en el empedrado, uno tras otro, uno detrás de otro: lo terrible es era que se dirigían a la bocacalle, donde un mar de gente allí estaba. Yo, entonces, cerré los ojos, luego los abrí. Mis hermanas y yo, al escuchar el silencio de la casa, nos levantamos. Fuimos al corral y vimos la escalera. Sospechamos. Y sin ir a dormir estuvimos hasta que, como en algunas postales de Navidad, vimos bajar a mi madre y a mi padre cargando un costal. Supimos que eran los juguetes, nuestros regalos. Lentamente bajaron y, acto seguido, muertos de risa nos fuimos a la cama. Habíamos descubierto que no, que no era Santa o el Niño quienes traían los regalos. La infancia había perdido su inocencia: yo tenía cuatro años y fue cuando vi mi primera lluvia de estrellas, el primer gran incendio de mi vida y el florecimiento del árbol de clavellinas…

De todo aquello solamente —quiero creer— queda la clavellina floreciendo cada temporada. Quizás esa roja flor es el centro de los recuerdos de esas imágenes que alguna vez impactaron mi vida, siendo apenas yo un niño, muy niño, cuando era inocente y el fuego, las estrellas y el descubrimiento de quién traía los regalos la noche de Navidad a casa eran ellos, nuestros padres.

¿Lo que se pierde en la infancia; el fuego arde en las calles; las fugaces estrellas que describe las líneas de nuestro destino, son la flor, es la vida?


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