martes, 23 de mayo de 2017

Rulfo, la muerte violenta y nuestros días



>Los conjurados


Ricardo Sigala




La obra de Juan Rulfo es un caleidoscopio inagotable. Es el autor mexicano que más se ha sido estudiado en el mundo. Sus libros han sido abordados desde la más diversas ópticas: desde los estudios literarios, hasta los enfoques socio-históricos, pasando por el psicoanláisis, el maxismo y los estudios de género. Sus tópicos oscilan entre las relaciones padres e hijos, el amor y el desamor, la injusticia, la desigualdad, la decadencia económica y moral, el desencanto y la desperanza; sin embargo, su tema dominante es la muerte. La muerte como un asunto trascendental y cotidiano a la vez; la muerte como proceso natural y la resistencia de las almas en pena a conformarse con su destino; la muerte como una vuelta al origen, pero especialmente se refriere a la muerte asociada a la violencia. 

Pedro Páramo, el protagonista de su novela homónima, es definido como “un rencor vivo”; por su voluntad, Comala y su gente entran en un proceso de decadencia en donde todos los personajes terminan muertos, quizás sin saberlo, quizás sabiendo, pero no aceptándolo. La naturaleza misma en Comala está muerta, es un páramo de aridez que funciona como una analogía de sus habitantes. De hecho, el mismo Pedro Páramo, en el momento de su muerte, se desmorona como una montón de piedras.

            Con motivo del centenario del nacimiento Juan Rulfo se han realizado múltiples actividades en todo el mundo. Se han hecho declaraciones y debates en torno a su vida y obra. Algunas de gran importancia, otras francamente intrascendentes, algunas de interés específico de especialistas y otras de carácter personal. Yo por mi parte estoy convencido de que el valor principal de El llano en llamas y Pedro Páramo consiste en su capacidad de hablarnos a nosotros sobre nosotros mismos. Esas breves y profundas páginas de ficción no buscan ostentar su carácter imaginativo o técnico, lo que en verdad quieren es penetrar en nuestra más interna condición, explorar en las capas más primitivas de nuestros comportamientos y evidenciarlos de manera no conceptual sino como un sucedáneo de nuestra experiencia. La obra de Rulfo nos afecta de manera tan poderosa porque no nos enfrenta a una realidad ajena, sino porque nos pone ante un espejo que nos evidencia.

            La violencia, la muerte, el enfermizo ejercicio del poder, la manipulación de las conciencias, la injusticia y la impunidad están presentes en las páginas de Rulfo, pero desgraciadamente también están en nuestra vida cotidiana. Pareciera que el escritor jalisciense, desde su vigorosa imaginación nos insistiera en que no nos perdamos de vista a nosotros mismos, que, aun leyendo obras de ficción, tenemos el deber de no dejar de mirarnos, de no aceptar la violencia como forma natural de la existencia.

            Quizás un verdadero homenaje a Rulfo sea reaccionar ante la violencia y la muerte cotidiana. Ante la de los miles que han sido víctimas en este tan joven pero tan sangriento siglo. A los miles que no deberían ser expresados en cifras sino vidas cuya ausencia se traduce en huérfanos, en familias cercenadas, en futuros truncados. Especialmente debemos levantar la voz por aquellos que trabajan para informarnos, en investigar para que nuestras vidas sean mejores, tal es el caso del escritor y periodista Francisco Váldez Cárdenas, asesinado en Sinaloa la semana pasada, quien por cierto hace unos años estuvo en el CUSur, y que ha dejado un legado imprescindible para la comprensión del fenómeno del narcotráfico en nuestro país.

            Rulfo hizo un retrato literario del México de la primera mitad del siglo XX, ese retrato se extiende hasta nuestros días.


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