miércoles, 17 de junio de 2026

Los libros cartoneros



Silvia Quezada


Los lectores y los escritores enfrentamos un problema común: el alto costo de los libros, tanto para adquirirlos en rol de consumidor, como para costear su producción cuando somos autores. Es un hecho que, para los segundos, es difícil introducir el trabajo en el mundo editorial, para lograrlo se comienza asistiendo a talleres literarios, escribiendo en diarios y revistas especializadas (cada vez más escasas) y, sobre todo, participando en certámenes literarios, algunos éticos y otros asistidos por intereses particulares y amiguismos.



Nuestro ícono literario, Juan Rulfo, padeció los mismos problemas. Ingresó al Centro Mexicano de Escritores entre 1952 y 1954, escuela de la ciudad de México donde escribió Pedro Páramo. Allí, la fundadora del centro, Margaret Shedd le gestionó dos becas consecutivas a través de la Fundación Rockefeller, impulso decisivo para un empleado a quien le gustaba escribir más que ninguna otra actividad. Más adelante lo integró como asesor literario y se preocupó por gestionar muchas de las traducciones de su novela.


La escritora Guadalupe Dueñas escribía sus libros a mano, con dibujos inocentes en portadas de cartulina, los autopublicaba. Los llevaba a las exposiciones de libros, solicitando a los vendedores colocaran sus cuentos. En una ocasión se atrevió a pedirlo al stand del Fondo de Cultura Económica, hecho que le valió que escritores como Octavio Paz y Alfonso reyes la conocieran. Publicaba de cuento en cuento, fue así como la conoció el crítico Emmanuel Carballo, quien después de leer “La historia de Mariquita” la buscó para seguir leyéndola.


Abordo a dos escritoras más para llegar al formato de los libros cartoneros tal como los conocemos hoy en día. La primera se llama María Luisa Hidalgo, profesora y poeta normalista, coeditora de la revista Etcaetera. Les muestro uno de sus libros: Prisión distante, poemario con pastas de cartón forradas en tela, y escasas 14 hojas sin numerar, impresas en offset. ¿Su tiraje? 95 ejemplares numerados. Los primeros 25 fuera de comercio, porque se hicieron para regalarse a los amigos. Los otros setenta se vendieron en librerías de conocidos.


El otro caso, un libro escrito a mano, con 18 hojas de papel tamaño carta, cuya edición consta de cincuenta ejemplares, las pastas son de cartón reciclado y están forrados con tela de paliacate, su autora es la poeta Rebeca Uribe, quien presentó y vendió este libro artesanal en el Museo del Estado, hoy Museo Regional en Guadalajara, en 1937. El ejemplar que conservo fue adquirido por la madre de la escritora Sylvia O. González, quien generosamente me lo donó.





Los libros cartoneros como hoy los conocemos tienen una fecha imprecisa, sabemos que en 1985 se produjeron cien ejemplares impresos en mimeógrafo del escritor jalisciense Francisco Hernández López, bajo el título de Palabras para la infancia, hecho para los alumnos de la Barranca de Santa Clara, municipio de Zacoalco de Torres. El mismo autor publicó en 1998 Un maestro rural, libro que llegó a las manos de Carlos Monsiváis, edición forrada con madera. El que tengo conmigo lleva por título Contra viento y marea, es de 1998 y tiene todas las características de los libros cartoneros.


¿Cuáles son esas peculiaridades? Los libros cartoneros son objetos artesanales, hechos a mano, elaborados con cubiertas de cartón reciclado, impresos o fotocopiados en sus interiores, cosidos a mano o pegados, algunos con hilo solamente en las guardas, Por lo general tienen la portada pintada a mano, detalle que los vuelve únicos. Hay que decir que algunos están pintados por artistas reconocidos por la comunidad, otros por los mismos escritores o por voluntarios. Hoy en día suelen tener su interior impreso en duplicadoras de bajo costo.


El aspecto económico es una cara de la moneda, la otra es el respeto al medio ambiente, por ello pueden trabajarse con cartones reciclados y con el papel sobrante de libros impresos al modo tradicional, se abaratan los costos y se convierten en una alternativa para promover autores que no tienen acceso al mercado editorial común. Muchos de los editores aprovechan el papel sobrante de los cortes para hacer libretas o libros en pequeño formato.





Una búsqueda por internet informa que el movimiento cartonero nació en Argentina en el año 2002, se comenta el nacimiento de la editorial Eloísa Cartonera de Buenos Aires, pero es un hecho que imprentas y editoriales pequeñas lo han trabajado con anterioridad. En Cuba, las Ediciones Vigía surgieron en Matanzas en 1985, en Perú Matapalo cartonera y Sarita Cartonera hicieron también su propuesta, algunas veces transgresoras. En artículo de la Secretaría de Cultura Jalisco se menciona que en la ZMG existían nueve cartoneras, es un hecho que la Rueda cartonera, Viento Cartonera, Cositos Cartoneiros, Gorgona, y otros nombres siguen promoviendo do la lectura desde sus trincheras.




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