lunes, 18 de junio de 2018

Una historia





A la Memoria de Horacio Romero, que también escuchó esta
 historia en el bar Chivas de la calle Maestranza de Guadalajara, en 1989



1
—Regresé y supe lo que había hecho.
La densidad del humo, la rocola estridente, las luces mortecinas, se ajustaron para captar el relato del hombre. Nos había observado con insistencia desde su mesa, al otro extremo del bar, y de pronto vino hacia nosotros. Suplicó entonces que le permitiéramos ocupar nuestra mesa.



Aceptamos porque nada podíamos perder.
Los rones se habían subido a la cabeza y un poco de aire fresco en las voces nos caía bien. No sospechamos, ni por un instante, la pesadilla que sería su conversación.

Sucio, maloliente, con un ojo vacío, nos miraba desde la profundidad. Al comienzo no vimos los tatuajes en su piel, ni la cicatriz en su pecho. Se hizo un largo silencio.
El lugar parecía un recinto de aldeanos.

Un borracho sobre una mesa; un hombre elegante en esta otra; más allá los travestis y sus vestiduras que revelaban su pobreza.
—Ayer salí de la cárcel —dijo.
Nos miramos. Desapareció en un instante el espacio.

Nos habíamos reído, no hacía mucho, porque el mesero había clavado un alfiler en las nalgas del hombre vestido de mujer. Descubrimos en ese instante que eran postizas; nadaban sobre su espalda.

Pasó una vez, lo pinchó. Luego ocurrió de nuevo y ningún grito, ninguna queja. Nada, sino su copa en los labios.
El mesero nos guiñó el ojo. Nos enteramos de su vulgaridad.
El travesti se levantó de la barra; se acomodó las nalgas y desapareció en el batiente.
La noche comenzaba y el hombre vino a nuestra mesa.


2
—Las maté...
Silencio. Miradas.
—Vivíamos en una vecindad, y en la ausencia de mi mujer enamoré a su hermana.
Compartíamos un cuarto y no resistí escuchar cada noche sus gritos cuando su marido le hacía el amor, muy cerca de mis manos.
Una tarde decidí volver más temprano. La encontré sola. Se bañaba en un rincón de la cocina. Entré y la vi completamente desnuda. Ella me miró. No dijo nada. Siguió lavándose. Yo me paré muy cerca de ella. Me dio el jabón. Lo pasé por su espalda. Le enjaboné todo el cuerpo. Bajé mi mano hasta encontrar sus nalgas. Y ella se rió. Fuerte. A Carcajadas. Yo toqué su trasero. Me miró. Me retó con los ojos. Vacié el agua en su cuerpo. La acaricié. Su respiración se agitó. Luego metí mi mano entre sus piernas. La toqué con suavidad y luego con fuerza. Comenzó a gritar. Me gustó. Recordé las noches cuando hacía el amor muy cerca de mi cama.

Me acerqué  a sus labios. Los mordí. Jaló mi cabello. Me llevó hasta sus senos. Los mojé de saliva. Los mordí con fuerza. Gritó.
Me quité el pantalón y ella me acarició. Bajó a mi cintura  y me dio placer. La puse a gatas. Se la metí con ardor. Una y otra vez. Hasta escucharla como todas las noches.

Luego se la saqué. Se la metí en el trasero. Pude ver cómo se abrió. Limpiamente, sin dificultad. Escurrió su sangre. Eso me excitó. Volví a sus carnes con fuerza. Cada vez con más fuerza. Me entusiasmaron sus gritos. Me vine en su cara. La bañé con mi semen. Lo vi fluir, lento: ella lo tomó con sus dedos y se lo llevó a la boca.
La tumbé en el piso. Me suplicó que la golpeara. Lo hice. Gritó. Me gustó que le doliera. Se lo dije al oído.
Seguí hasta terminar. Nos recostamos en el piso. Recomenzamos.
Después la bañé y salí a la calle.


3
Al día siguiente no habló.
Almorzamos en la mesa y estuvo callada.
Salí al trabajo y volví temprano.
Pero no estaba.
Escuché sus risas en el cuarto de enfrente.


4
Una mañana me quedé en la esquina de la cuadra.
Esperé a que mi mujer saliera a trabajar.
Volví, pero no estaba su hermana.
Esa noche hice el amor con mi mujer con verdadera rabia.


5
Otra mañana no fui a trabajar.
Esperé que mi mujer saliera. Como no lo hizo, fui al cuarto. Las encontré desnudas. En la cama. Mi mujer besaba a su hermana. Se acariciaban. Me encabroné. Les metí de putazos. Les reventé el hocico. Las tiré al suelo y les di de patadas. Levanté a mi mujer de los cabellos y la estrellé contra la pared. Luego a su hermana. Una y otra vez. Hasta que no se movieron.

Me las cogí. Las apaleé. Se me ocurrió hacerlas cachitos. Las metí en un costal de harina. Y salí corriendo.
A esa hora la vecindad estaba vacía.


6
Hui. Me encontraron.
Ayer salí de la cárcel.


No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Popular Posts