martes, 20 de septiembre de 2022

Y, sin embargo, se mueve...


 

Fernando G. Castolo*

 

 

Casi, por nada, perecen nuevamente los edificios de la estoica ciudad. La Catedral volvió a manifestar sus ancestrales cicatrices y, aun así, pretenden algunos reintegrarle sus emblemáticas torres, las que fue un error construir dado el peso que, de por sí, ya tiene este monumento histórico.



Volvió a temblar y, lastimosamente, a una hora de haberse realizado el simulacro nacional al que fue convocada la ciudadanía en fecha tan significativa (que nos recuerda el tráfico sismo del 19 de septiembre de 1985), las crisis emocionales se multiplicaron entre la población que sintió el movimiento telúrico.


No, nunca estaremos preparados del todo para enfrentar el rigor de la naturaleza. Somos unos ilusos, porque sabemos que ella es muy superior a nuestras humanas fuerzas. A la hora del temblor se pierden las clases sociales, el status de nuestras dimensiones profesionales y económicas. Frente a la naturaleza todos somos iguales por el simple hecho de tener una condición de seres humanos, frágiles en momentos determinantes de nuestras vidas.





Decía nuestro celebrado Juan José Arreola: "el temblor dura gestándose una eternidad y, en fracciones de segundos, logra conmovernos toda la vida". Es cierto, existe una cierta cultura frente a estos episodios en el valle de Zapotlán, porque la historia tiene registrados varios eventos que han conmocionado al vecindario, pero seguimos siendo tan frágiles que no dudamos en sentirnos víctimas, cuando eso debemos de festejarlo, porque volvemos a nuestra simple condición humana, la que siente, la que sufre y se mortifica, por sí y por los suyos, ante lo que no puede controlar.


 No perder esa dimensión es la garantía de que seguiremos saliendo adelante a pesar de que los eventos naturales se sigan presentando con más fuerza o de forma más continua. Somos orgullosos zapotlenses, los que nunca perdemos la gran oportunidad de redimir nuestra humanidad, siempre solidaria, frente a los eventos que ponen de manifiesto la gran fragilidad de la que estamos asistidos los vecinos de esta casi cinco veces centenaria Zapotlán el Grande.


Somos grandes y privilegiados, así debemos de sentirnos, porque Zapotlán sigue siendo la hermosa madre que nos mantiene bajo su regazo construyendo cotidianos sueños de trascendencia.


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