domingo, 23 de abril de 2023

El temblor de la encarnación


 

Fernando G. Castolo

 

 

La tarde se ladea mientras transcurren las horas apacibles en el poblado. Las gentes han acudido al llamado de la campana mayor del gran templo parroquial. Luce pletórico aquel recinto porque el devoto vecindario atiende a la convocatoria solícitamente, dado que los frailes del Convento de la Santa Cruz de Querétaro ofrecen sus ministeriales servicios con pláticas recordando los bíblicos pasajes de la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo.



 Han dado la tercera llamada, y el reloj marca las cuatro en punto. El calor, más que sofocante, es asfixiante y los sombreros y los abanicos deambulan en un constante vaivén frente a los sudorosos rostros de la feligresía.


Ha pasado media hora y un ruido extraño se escucha en la tierra y alerta al vecindario. Fray Francisco Núñez, el orador en turno, trata de calmar los ánimos exaltados. Está temblando! Gritan las asustadas mujeres, mientras se hincan y rezan con fervor. Los hombres igualmente se hincan y abren sus brazos para implorar que se calme el "rigor de la divina justicia".


 El movimiento se acelera y se hace más evidente. Empiezan a correr despavoridas las almas congregadas con dirección a la entrada principal. Ante el inminente desplome de las bóvedas del templo parroquial, todos corren y se aglomeran tumultuosamente en la puerta y, en ese momento (oh, mi Dios!), colapsa el coro, sepultando en sus escombros a las más de cien gentes congregadas ahí.





Los que salvaron el derrumbe se apresuran para volverse a introducir a la nave del templo; entonces, una a una van cayendo sobre las masas las bóvedas, sepultando a otros más. El fraile Núñez no alcanza a dimensionar la catástrofe de aquel fenómeno y solamente se limita a esparcir sus bendiciones, mientras se refugia como puede en la nave del Señor San José, la única que queda intacta. Todo el escenario es confuso: hay una densa nube de polvo que sofoca y hace arder los ojos, mientras los gritos destemplados ensordecen el ambiente.


¡Qué fatalidad! El templo parroquial acaba de perecer, sepultando bajo su ruina a más de dos mil almas, según se consigna en la ratificación del juramento a San José que fue redactado tres días después del trágico episodio telúrico. Es el 25 de marzo de 1806, día de la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo...





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