sábado, 13 de junio de 2020

Capone








Cine sin Memoria



José Luis Vivar


Las paradojas de la vida. Cualquiera pensaría que la imagen que se tiene de los gánsteres en las décadas de los treinta y cuarenta, es porque el cine copió todo el estilo de vida de ellos. Pero no es así: figuras como James Cagney, Edgard G Robinson, Paul Muni, y desde luego Humphrey Bogart y Richard Widmarck, establecieron una moda entre los tipos duros de la vida real como John Dillinger, Lucky Luciano, Joe Bonnano, entre otros, adoptaron para hacerse notar. De ahí que fuera común en aquella época que los periódicos y las revistas los pusieran en sus primeras planas y en sus portadas como ejemplos, sí, ejemplos del buen vestir y buen vivir. Los trajes de dos piezas, sombreros y zapatos de lujo, así como autos último modelo, eran la imagen que seguir.

            Entre ellos, quizás el más notable fue Al Capone, alias Cara Cortada, famoso por sus hazañas delictivas en Chicago durante la Ley Seca, donde podía hacer lo que se le antojara porque tenía comprada a la policía y a funcionarios gubernamentales como senadores, jueces y fiscales. Además de poseer una inmensa fortuna, su pirámide criminal estaba muy bien organizada, de modo que tenía ojos y oídos en todas partes.

            Cuando su poderío empezó a extenderse como los tentáculos de un pulpo hacia todo el país, Edgar Hoover, el director del FBI emprendió una cacería en contra suya, poniendo al frente de dicha operación al agente Eliot Ness y su grupo conocido como Los Intocables. A pesar de los esfuerzos y las constantes batallas, a pesar de los cargos por prostitución, apuestas ilegales y tráfico de licor, Capone siempre salía bien librado. Entonces recurrieron al fisco, en donde vieron que el famoso gánster no había pagado impuestos en muchos años, y cuya ascendía a más de ¡300 millones de dólares!


            Condenado a once años de prisión -primero en Atlanta y después en Alcatraz-, vio cómo su poderío se terminaba, y cómo su salud a causa de una sífilis que nunca se había tratado -les tenía pánico a las inyecciones-, fueron mermando su salud física y mental.

            Al salir de la cárcel, pasa un tiempo en el hospital, recuperándose de las complicaciones de la enfermedad venérea que padece, para luego refugiarse en su mansión en Palm Beach, Florida, que es precisamente donde arranca la película Capone (Josh Trank, 2020), que retrata los últimos días del famoso gánster -interpretado por Tom Hardy-, quien al lado de su esposa, su hijo, y un grupo de amigos que hacen las veces de guardias de tiempo completo, es como transcurre su vida.

            Más que una biopic convencional, Capone es un ejercicio introspectivo que el director/escritor, pone al servicio del personaje. Diagnosticado con Neurosífilis, su mentalidad es la de un niño de 12 años, aunque esto no significa que tenga los rasgos de inocencia que uno espera en este hombre que fue el orquestador de esa masacre conocida como la Noche de San Valentín, y que un Flash Back de la cinta, trae a colación.

            Por el contrario, Capone lleva dentro demonios, recuerdos y fantasmas que lo atormentan. Y como el rey en decadencia que es, se pasea por los pasillos y las habitaciones de su palacio, donde dialoga con ellos, revive los momentos, y actúa con emociones encontradas, como ese niño con un globo que siempre se escabulle.

            Capone tiene secuelas de la sífilis en el rostro y en el alma. Fuma puros las veinticuatro horas del día. En esos viajes cuando desciende al infierno siempre está Mae (Linda Cardellina) que aparece para rescatarlo justo cuando él ya no puede más, aunque las consecuencias son muy desagradables: la inmundicia que deja en la cama es una muestra de lo descompuesto que está su organismo.

            Pero el gánster no está solo y en aparente paz, hay intereses por parte del FBI, que en esta ocasión no es el agente Ness, sino Crawford que está empeñado en saber en dónde se encuentra la fortuna, o el tesoro que comprende mucho dinero. Para lograr su objetivo cuenta con la complicidad del Dr. Karlock (Kyle MacLachian), que hace hasta lo imposible a través de sus tratamientos clínicos, para lograr que confiese.

            Un derrame cerebral es el detonante en la película, primero porque los puros le serán sustituidos por zanahorias; una humillación que pese a todo soporta. Y segundo, porque a partir de ahí se muestra a un Capone dispuesto a cobrar venganza de lo que no pudo hacer antes, o lo que deseaba hacer con todas las personas que lo rodean. Matar es lo mejor que sabe hacer, y con una metralleta Thomson de lujo en sus manos, somos testigos de lo que es capaz el hombre que dominó Chicago y que odiaba que lo llamaran Cara Cortada.  

            Después del sonoro fracaso de los Cuatro Fantásticos en 2015, Josh Trank apuesta por esta historia dramática muy personal, y que supera en muchos aspectos técnicos y artísticos a la fallida Dillinger y Capone (Dillinger and Capone, John Purdy, 1995), en especial Tom Hardy que hace a ver a F Murray Abraham como un imitador del famoso gánster. 


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