Víctor
Hugo Prado
Del 11 de junio al 19 de julio de 2026, el planeta tendrá puesta la mirada en la Copa Mundial de Futbol, el mayor espectáculo deportivo del mundo. Por primera vez en la historia participarán 48 selecciones nacionales y se disputarán 104 encuentros en tres países anfitriones: México, Estados Unidos y Canadá. Miles de millones de personas seguirán cada partido a través de la televisión y las plataformas digitales, mientras que unos cuantos privilegiados podrán vivir la experiencia desde las tribunas.
El futbol es mucho más
que un deporte. Se ha convertido en una de las industrias de
entretenimiento más poderosas del planeta, capaz de movilizar
recursos económicos, generar empleo y producir emociones colectivas
difíciles de igualar. En México, esta actividad representa una
importante derrama económica mediante derechos de transmisión,
patrocinios, turismo, consumo y venta de mercancías. Diversos
estudios estiman que la industria futbolística aporta más de 50 mil
millones de pesos anuales a la economía nacional.
La
experiencia internacional demuestra que los grandes eventos
deportivos suelen convertirse en catalizadores de inversión y
promoción turística. Hoteles, restaurantes, transporte y comercio
reciben beneficios directos e indirectos. Pero quizá su aportación
más valiosa sea intangible: durante algunas semanas millones de
personas comparten una misma conversación, una misma ilusión y un
mismo sentimiento de pertenencia.
El futbol tiene esa capacidad
singular de unir temporalmente a sociedades profundamente divididas.
Un gol puede provocar alegría colectiva; una derrota, tristeza
compartida. Durante un Mundial, las diferencias políticas,
ideológicas o sociales suelen ceder espacio a una identidad común
que difícilmente se encuentra en otros ámbitos de la vida
pública.
Por ello resultan preocupantes las advertencias de la
CNTE sobre posibles acciones de protesta que podrían afectar el
desarrollo de actividades relacionadas con el Mundial en México. Sus
demandas —la revisión de la Ley del ISSSTE de 2007, cambios a la
reforma educativa y mejoras salariales— forman parte de un debate
legítimo que merece atención. Sin embargo, también es legítimo
preguntarse si un evento que proyectará la imagen del país ante el
mundo debe convertirse en escenario de confrontación.
México
tiene problemas urgentes que resolver y reclamos sociales que
atender. Nadie lo discute. Pero también necesita espacios de
encuentro que permitan a la sociedad respirar, convivir y celebrar.
El Mundial será una oportunidad extraordinaria para ello. Ojalá
que, por una vez, la alegría colectiva no termine atrapada entre los
conflictos que la política ha sido incapaz de resolver.

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