martes, 9 de junio de 2026

El Mundial y la otra realidad mexicana


 


Víctor Hugo Prado


Del 11 de junio al 19 de julio de 2026, el planeta tendrá puesta la mirada en la Copa Mundial de Futbol, el mayor espectáculo deportivo del mundo. Por primera vez en la historia participarán 48 selecciones nacionales y se disputarán 104 encuentros en tres países anfitriones: México, Estados Unidos y Canadá. Miles de millones de personas seguirán cada partido a través de la televisión y las plataformas digitales, mientras que unos cuantos privilegiados podrán vivir la experiencia desde las tribunas.



El futbol es mucho más que un deporte. Se ha convertido en una de las industrias de entretenimiento más poderosas del planeta, capaz de movilizar recursos económicos, generar empleo y producir emociones colectivas difíciles de igualar. En México, esta actividad representa una importante derrama económica mediante derechos de transmisión, patrocinios, turismo, consumo y venta de mercancías. Diversos estudios estiman que la industria futbolística aporta más de 50 mil millones de pesos anuales a la economía nacional.

La experiencia internacional demuestra que los grandes eventos deportivos suelen convertirse en catalizadores de inversión y promoción turística. Hoteles, restaurantes, transporte y comercio reciben beneficios directos e indirectos. Pero quizá su aportación más valiosa sea intangible: durante algunas semanas millones de personas comparten una misma conversación, una misma ilusión y un mismo sentimiento de pertenencia.

El futbol tiene esa capacidad singular de unir temporalmente a sociedades profundamente divididas. Un gol puede provocar alegría colectiva; una derrota, tristeza compartida. Durante un Mundial, las diferencias políticas, ideológicas o sociales suelen ceder espacio a una identidad común que difícilmente se encuentra en otros ámbitos de la vida pública.





Por ello resultan preocupantes las advertencias de la CNTE sobre posibles acciones de protesta que podrían afectar el desarrollo de actividades relacionadas con el Mundial en México. Sus demandas —la revisión de la Ley del ISSSTE de 2007, cambios a la reforma educativa y mejoras salariales— forman parte de un debate legítimo que merece atención. Sin embargo, también es legítimo preguntarse si un evento que proyectará la imagen del país ante el mundo debe convertirse en escenario de confrontación.

México tiene problemas urgentes que resolver y reclamos sociales que atender. Nadie lo discute. Pero también necesita espacios de encuentro que permitan a la sociedad respirar, convivir y celebrar. El Mundial será una oportunidad extraordinaria para ello. Ojalá que, por una vez, la alegría colectiva no termine atrapada entre los conflictos que la política ha sido incapaz de resolver.


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