Héctor Olivares
La
reciente conferencia “Los murales de José Clemente Orozco en
Jiquilpan. Estrategia de interpretación y educación patrimonial”,
impartida por el Dr. Ignacio Moreno Nava, el pasado 5 de junio, en el
Centro Cultural “José Clemente Orozco” de Ciudad Guzmán, dejó
una imagen difícil de ignorar: un ponente de reconocida trayectoria,
un tema de indudable relevancia para la historia cultural de la
región y de la propia obra de Orozco; apenas un puñado de
asistentes en el auditorio.
Sin embargo, tal vez el dato más
revelador no fue la escasa asistencia. Lo verdaderamente preocupante
fue que, para los organizadores, aquello daba la impresión de ocupar
un lugar secundario frente a las menciones de colaboración y
prometedores proyectos de colaboración institucional.
La
escena obliga a formular algunas preguntas posiblemente incomodas:
¿Qué entendemos por éxito en la actividad cultural? ¿La
realización del evento? ¿La firma de acuerdos y la fotografía
oficial? ¿O la capacidad en despertar interés y participación en
la comunidad?
Nadie podría cuestionar la importancia del uso
de nuevas tecnologías para un acercamiento novedoso a la obra de
Orozco, en este caso los murales pintados por el zapotlense en los
muros de la biblioteca “Gabino Ortiz”, de Jiquilpan, Michoacán,
tampoco es cuestionable el valor de fortalecer los vínculos entre
dos ciudades que comparten afinidades culturales. El problema surge
cuando los mecanismos destinados a acercar la cultura a la sociedad
parecen funcionar con independencia de la sociedad misma.
El
pensador y pedagogo de origen austriaco Iván Illich, advertía que
las instituciones suelen correr el riesgo de sustituir sus fines por
sus procedimientos. Aquello que nació para promover la cultura puede
acabar satisfecho con la simple realización de reuniones y
ceremonias.
Tal vez, la baja asistencia no sea consecuencia de
un desinterés ciudadano, Zapotlán experimenta desde hace tiempo un
proceso de renovación social y cultural importante, sobre todo en al
ámbito de la literatura. Quizá se trate de un problema de gestión
cultural, de comunicación insuficiente o de una dificultad para
conectar el patrimonio cultural con las inquietudes de la vida
cotidiana. También es posible que el evento estuviera dirigido
principalmente a círculos académicos o institucionales concretos y
no al público general.
Cualquiera que sea la explicación, la
imagen permanece: mientras entre bambalinas se hablaba de importantes
acuerdos, las sillas vacías parecían formular una pregunta
silenciosa. Porque al final del día, más allá de los convenios,
discursos y protocolos, la cultura encuentra su verdadera razón de
ser cuando logra convocar personas.
Como lo advirtió el
sociólogo estadounidense Robert K. Merton al analizar las
burocracias: las organizaciones pueden llegar a concentrarse más en
los cumplimientos de procedimientos que en los fines para los que
fueron creadas. Quizá sea conveniente recordar que una política
cultural que no se pregunta por sus ausencias termina acostumbrándose
a ellas.
.jpeg)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario