jueves, 2 de julio de 2026

La paradoja de las sillas vacías

 


Héctor Olivares


La reciente conferencia “Los murales de José Clemente Orozco en Jiquilpan. Estrategia de interpretación y educación patrimonial”, impartida por el Dr. Ignacio Moreno Nava, el pasado 5 de junio, en el Centro Cultural “José Clemente Orozco” de Ciudad Guzmán, dejó una imagen difícil de ignorar: un ponente de reconocida trayectoria, un tema de indudable relevancia para la historia cultural de la región y de la propia obra de Orozco; apenas un puñado de asistentes en el auditorio.



Sin embargo, tal vez el dato más revelador no fue la escasa asistencia. Lo verdaderamente preocupante fue que, para los organizadores, aquello daba la impresión de ocupar un lugar secundario frente a las menciones de colaboración y prometedores proyectos de colaboración institucional.

La escena obliga a formular algunas preguntas posiblemente incomodas: ¿Qué entendemos por éxito en la actividad cultural? ¿La realización del evento? ¿La firma de acuerdos y la fotografía oficial? ¿O la capacidad en despertar interés y participación en la comunidad?

Nadie podría cuestionar la importancia del uso de nuevas tecnologías para un acercamiento novedoso a la obra de Orozco, en este caso los murales pintados por el zapotlense en los muros de la biblioteca “Gabino Ortiz”, de Jiquilpan, Michoacán, tampoco es cuestionable el valor de fortalecer los vínculos entre dos ciudades que comparten afinidades culturales. El problema surge cuando los mecanismos destinados a acercar la cultura a la sociedad parecen funcionar con independencia de la sociedad misma.

El pensador y pedagogo de origen austriaco Iván Illich, advertía que las instituciones suelen correr el riesgo de sustituir sus fines por sus procedimientos. Aquello que nació para promover la cultura puede acabar satisfecho con la simple realización de reuniones y ceremonias.






Tal vez, la baja asistencia no sea consecuencia de un desinterés ciudadano, Zapotlán experimenta desde hace tiempo un proceso de renovación social y cultural importante, sobre todo en al ámbito de la literatura. Quizá se trate de un problema de gestión cultural, de comunicación insuficiente o de una dificultad para conectar el patrimonio cultural con las inquietudes de la vida cotidiana. También es posible que el evento estuviera dirigido principalmente a círculos académicos o institucionales concretos y no al público general.

Cualquiera que sea la explicación, la imagen permanece: mientras entre bambalinas se hablaba de importantes acuerdos, las sillas vacías parecían formular una pregunta silenciosa. Porque al final del día, más allá de los convenios, discursos y protocolos, la cultura encuentra su verdadera razón de ser cuando logra convocar personas.

Como lo advirtió el sociólogo estadounidense Robert K. Merton al analizar las burocracias: las organizaciones pueden llegar a concentrarse más en los cumplimientos de procedimientos que en los fines para los que fueron creadas. Quizá sea conveniente recordar que una política cultural que no se pregunta por sus ausencias termina acostumbrándose a ellas.


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