Fernando G. Castolo*
Rosalío González Gutiérrez, el gran pintor de los monumentales lienzos de la Iglesia Catedral, tuvo por alumno al joven aprendiz Aristeo Serrano Magaña, zapotlense con ascendencia en la Sierra de Tigre.
Aristeo
poseía la sensibilidad de un sincero admirador del arte, pero sus
manos no tuvieron la gracia de imitar la belleza que veía. Sin duda
era un gran lector, porque poseía conocimientos sobre cultura en
general.
Fue amigo íntimo de la aristocrática dama doña
María Rojas Manzano, última descendiente del más importante linaje
zapotlense del siglo XIX, quien le ofrecía su piano para que
interpretará piezas que conocía el joven Aristeo, quien vivía
mimado por sus padres.
Con la llegada de Rosalío a Zapotlán,
Aristeo se apersona y se ofrece como su ayudante. Después, cuando
Rosalío se aleja de esta población, Aristeo inicia una carrera en
el ambiente pictórico. Obviamente, es recurrente el tema de piadosas
escenas bíblicas, las que imita de los Maestros renacentistas. Su
mano, sin embargo, no tuvo la gracia, aunque sí la inspiración. La
mayor parte de su obra se encuentra en colecciones particulares, pero
otro tanto se puede apreciar en templos como El Sagrario y la capilla
de Atequizayán, dado que fue el pintor de cabecera del recordado
Padre Munguía.
Bella es la alegoría en que San Francisco recibe milagrosamente los estigmas de Cristo, en el muro de la nave sur de la propia parroquia de El Sagrario. Mucha gente aún le recuerda por su apodo: "Marco Petronio". Aristeo Serrano Magaña es un orgulloso pintor zapotlense que es necesario rescatar del anonimato en que se encuentra.
*Cronista Oficial de Zapotlán el Grande.


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