Víctor
Hugo Prado
Aunque usted no lo crea, la relación entre
México y Estados Unidos atraviesa uno de sus momentos más delicados
de los últimos años. La presión de Washington sobre presuntos
vínculos entre actores políticos mexicanos y el crimen organizado
ha dejado de limitarse al discurso diplomático para traducirse en
investigaciones judiciales, cancelación de visas, filtraciones de
información y advertencias de posibles acciones unilaterales. Bajo
la administración de Donald Trump, el combate al narcotráfico y a
la llamada narcopolítica se ha convertido en un eje central de la
política exterior y de seguridad.
Las investigaciones del
Departamento de Justicia de Estados Unidos se apoyan, entre otras
fuentes, en declaraciones de integrantes de organizaciones criminales
sometidos a procesos judiciales, como miembros de la facción de Los
Chapitos o de la estructura encabezada por Ismael 'El Mayo' Zambada.
Aunque toda evidencia debe corroborarse en los tribunales, el solo
hecho de que existan expedientes abiertos ha intensificado el
escrutinio internacional sobre la clase política mexicana.
A
ello se suma el uso de herramientas diplomáticas y económicas.
Washington ha endurecido su política migratoria y comercial,
advirtiendo incluso la posibilidad de imponer aranceles si México no
muestra resultados más contundentes en el combate al crimen
organizado. El mensaje es claro: la cooperación en materia de
seguridad se ha convertido en un componente inseparable de la
relación económica, con posibles implicaciones para el Tratado
entre México, Estados Unidos y Canadá.
En ese contexto,
publicaciones recientes del The New York Times han señalado que
diversos actores políticos buscan establecer canales de comunicación
con autoridades estadounidenses ante el endurecimiento de las
investigaciones. Más allá de la veracidad de cada caso particular,
lo relevante es el ambiente de incertidumbre que estas versiones
generan y el impacto que tienen sobre la confianza en las
instituciones.
El gobierno mexicano sostiene que existe una
intención de desacreditar al oficialismo con fines políticos. Esa
posibilidad merece analizarse con seriedad, pero no debe convertirse
en argumento suficiente para desestimar cualquier señalamiento. La
mejor respuesta no es la confrontación retórica, sino la
cooperación institucional, el intercambio de información y la
aplicación imparcial de la ley.
México necesita despejar
cualquier duda sobre la infiltración del crimen organizado en la
vida pública. No para satisfacer exigencias externas, sino para
fortalecer su propio Estado de derecho. La soberanía se defiende con
instituciones sólidas, transparencia y justicia, no con la negación
de los problemas. Quizá, una vez concluida la euforia del Mundial,
esa sea la discusión que verdaderamente marcará el futuro del país.
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