Salvador Encarnación
Fue un aristócrata venido a menos. Caminaba acompañado de su bastón con el que tentaleaba, valga el decir, el piso para no caer. Era ciego. Nadie le preguntó el motivo de su enfermedad o el de su soltería. Pero él se encargó de comunicarlo. De lo primero, fueron las cataratas las que lo dejaron, no a oscuras, sino metido en un espacio lechoso que le impedía descifrar las cosas; la noche sí la percibía. De lo segundo, fue porque no encontró una mujer como su madre.
Nadie lo recuerda joven o sano. Al menos dos fotografías en blanco y negro dan fe que un día estuvo de paseo en la laguna de su pueblo acompañado o acompañando a unas mujeres vestidas al estilo porfirista. Y no más.
En el templo parroquial había dos reclinatorios de madera que eran utilizados por las personas pudientes del pueblo. Uno, al lado de los hombres, el otro en el de las mujeres. Primero desapareció el de las mujeres. El otro lo utilizaba a diario don Chuyito en su asidua asistencia a las misas y rosarios vespertinos. Era, como se decía en aquellos tiempos, “un hombre de comunión diaria”. Este dato no tendría importancia salvo porque es el recuerdo de una sociedad ya inexistente. Él, ellos, en los lugares de honor, el pueblo en las bancas. El párroco Landázuri se percató de esta añeja costumbre y mandó quitar el reclinatorio. El mueble resistió más sol que tormentas en los restos del antiguo jardín del convento franciscano. Ahí terminó sus días.
En los momentos de confesión era un terror estar en la fila de Chuyito; tanto para los penitentes como para el confesor. Largos minutos, que más bien se acercaban a la hora, eran utilizados por el anciano para suplicar el perdón de sus pecados. “Chuyito —le decía el sacerdote—, tú ya no puedes pecar”. Él suplicaba, hincado, los buenos consejos para mejorar su vida.
Hubo personas, las más, que se apiadaron unos días por él. “Chuyito, le dijo don Pedro, venga diario a comer a mi casa”. Él aceptó gustoso y se presentó puntual, a las dos de la tarde. La cocinera le sirvió la comida, él preguntó por el señor. “Come a las tres”, le contestaron. Chuyito se ofendió. Se puso de pie, tomó su bastón, y salió de la casa para nunca más volver.
Algunos desvelados lo consideraban una persona culta. Él retaba con sus conocimientos de Geografía elemental: los nombres de las capitales de Europa y de América del sur. Eso sí. Conocía al dedillo la historia de los Windsor, la familia real del Reino Unido.
Corrió la voz de que Chuyito estaba grave. A su casa acudieron varios curiosos, entre ellos el presidente municipal. Una vecina, ahí nos dimos cuenta, lo curaba con habilidad. Terribles gusanos le carcomían las piernas y ella los quitaba uno a uno, desinfectaba las llagas, las cubría con gasas y al final le daba en la boca el antibiótico.
—Todo por no casarse. Le dijo un vecino solterón al presidente municipal.
—Sí.
—Mañana me caso con la primera que encuentre. Yo no me voy a enllagar…
—Es lo mejor.
En eso entró a la casa la vieja catequista del pueblo. Traía su rosario en mano y su eterno luto. “¿Cómo sigue?” Preguntó.
—Mejor me enllago. Afirmó el vecino.
La casa de Chuyito estaba vacía. Sólo un montón de periódicos viejos, bien cuidados, adornaban un rincón. Y no más. Se sabía que fue vendiendo poco a poco sus pertenencias. Varios las compraron con miedo al “qué dirán” de la gente.
Primero como chisme y después con certeza, se supo que Chuyito había muerto. La tumba donde descansaba su madre lo esperaba desde hace muchos años. Dios le concedió larga vida.
Pocas cosas ya se recuerdan de él. Una de ellas es la del día en que su vecina le puso el antibiótico en la boca.
—¿Qué horas son? —Preguntó.
—Las nueve. —Contestó la vecina.
—¿De la mañana?
—De la noche.
—¿De
la noche? Qué miedo… No me dejen solo.
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