Fernando G. Castolo*
En
medio de pertinaz lluvia se han encontrado memorables momentos
inspiracionales para elogiar con bella prosa a Zapotlán. Sí,
siempre Zapotlán y siempre en esos escenarios lúdicos que evocan la
nostalgia y entusiasman los sentimientos por el terruño.
Guillermo
Jiménez, por ejemplo, desenvuelve sus recuerdos mientras llueve y,
somnoliento, se entrega a ellos en subyugantes textos que conforman
su obra cumbre "Zapotlán" (1940). En sueños
entrecortados, en los que escucha las gotas que caen, hace una
hermosa relatoría sobre espacios y personajes que deambulan en su
mente, confeccionando historias íntimas que son parte del alma de su
tierra natal, de esos viejos barrios donde las gentes evocan lo
antaño y se fusionan con la apasionante cultura de su vida en
Europa.
Muchos años después intentaría algo similar el
impresor Salvador D. Aguilar, en su libro "Mis recuerdos de
Zapotlán el Grande" (1952) memorial que, por desgracia, carece
de la candidez y la exquisita prosa jimeneana.
En 1963 aparece
"La feria", de Juan José Arreola. Antes, en 1954, escribió
un primer borrador de esta obra. En ese manuscrito habla del
"mayordomo", un Licenciado usurero que, por desgracia,
muere antes de cumplir con las responsabilidades de sacar avante la
solemnidad a San José, fiesta patronal de Zapotlán. El féretro del
Licenciado transita en medio de una menuda lluvia por las calles del
pueblo. El cortejo hace una pausa en El Santuario, mientras se
consiguen paraguas prestados. Aquí, la lluvia no es nostálgica,
sino festiva, porque Arreola le impregnó cierta sabrosura al relato.
Los dolientes solamente piensan en lo que dejó el difunto: una gran
fortuna acompañada de múltiples deudas que agobian a los
familiares, quienes se encuentran envueltos en chismes populares...
Sean las tardes de lluvia que adormecen o las lluvias nocturnas que
acurrucan, siempre serán circunstanciales para evocar memorias que
prodigan la vida de tristezas y de alegrías... Esta tarde llueve en
Zapotlán.

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