lunes, 8 de junio de 2026

San José, el anhelado milagro de los zapotlenses

 


Fernando G. Castolo*




En el imaginario de los zapotlenses pervive aún el relato de su reconocimiento como un pueblo católico que depositó su fe en una imagen virreinal que llegó de forma misteriosa a estas geografías. Corría el año de 1747. Zapotlán, conformada por una breve comunidad, sufría, año tras año, el embate de fuertes movimientos de tierra que, casi siempre, se acompañan con erupciones volcánicas, cuyas arenas mantenían en constante zozobra al vecindario. Las gentes decían que aquello no era más que el castigo divino que merecían ante tantas faltas morales que se interpretaban como "pecados".
Ciertamente era una sociedad muy creyente y, en la época, invadida de muchos prejuicios a los que hacían frente con la constante oración. En medio de aquellas desgracias producidas por los fenómenos naturales, en una mañana ordinaria llegó presuroso un mensajero a la casa cural. Comentó al sacerdote que urgía su presencia en la Cofradía de Nuestra Señora del Santo Rosario para que, con su autoridad, fuera testigo en la apertura de unas cajas abandonadas por un anónimo arriero. El Cura preparó su caballo y se trasladó hacia la Cofradía, encontrando un gran alboroto en torno a unas cajas de madera que yacían en el piso de tierra. Una vez que descendió del animal, se paró frente a la multitud y ordenó que se abriera aquella carga. La sorpresa fue tal que todos los presentes quedaron impactados ante lo que veían: unas hermosas tallas de madera que representaban a una Virgen María y a un Señor San José, en tamaño natural. El Cura se hincó y todos le imitaron en señal de respeto ante las santas imágenes.

Se prorrateó la presencia de la carga en toda la comarca, pero nadie parecía reclamar aquel "milagroso" hallazgo. Finalmente, el sacerdote interpretó aquello como el auxilio divino que tanto había solicitado la feligresía para remediar los males que padecían. Era un testimonio del amor de Dios hacia su devoto pueblo.

La Sagrada Familia, desde entonces, ha acompañado los corazones contritos del pueblo zapotlense, al que ha protegido de perecer en alguno de los múltiples fenómenos naturales que tienen en constante zozobra a la comunidad.




Han pasado casi 280 años desde aquel episodio que marcó la vida de los católicos en la antigua Zapotlán el Grande, y esta historia representa ese sentido de celosa pertenencia que sigue identificando a sus pobladores.


*Cronista Oficial de Zapotlán el Grande.


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