Fernando G. Castolo*
En
el imaginario de los zapotlenses pervive aún el relato de su
reconocimiento como un pueblo católico que depositó su fe en una
imagen virreinal que llegó de forma misteriosa a estas geografías.
Corría el año de 1747. Zapotlán, conformada por una breve
comunidad, sufría, año tras año, el embate de fuertes movimientos
de tierra que, casi siempre, se acompañan con erupciones volcánicas,
cuyas arenas mantenían en constante zozobra al vecindario. Las
gentes decían que aquello no era más que el castigo divino que
merecían ante tantas faltas morales que se interpretaban como
"pecados".
Ciertamente era una sociedad muy creyente
y, en la época, invadida de muchos prejuicios a los que hacían
frente con la constante oración. En medio de aquellas desgracias
producidas por los fenómenos naturales, en una mañana ordinaria
llegó presuroso un mensajero a la casa cural. Comentó al sacerdote
que urgía su presencia en la Cofradía de Nuestra Señora del Santo
Rosario para que, con su autoridad, fuera testigo en la apertura de
unas cajas abandonadas por un anónimo arriero. El Cura preparó su
caballo y se trasladó hacia la Cofradía, encontrando un gran
alboroto en torno a unas cajas de madera que yacían en el piso de
tierra. Una vez que descendió del animal, se paró frente a la
multitud y ordenó que se abriera aquella carga. La sorpresa fue tal
que todos los presentes quedaron impactados ante lo que veían: unas
hermosas tallas de madera que representaban a una Virgen María y a
un Señor San José, en tamaño natural. El Cura se hincó y todos le
imitaron en señal de respeto ante las santas imágenes.
Se
prorrateó la presencia de la carga en toda la comarca, pero nadie
parecía reclamar aquel "milagroso" hallazgo. Finalmente,
el sacerdote interpretó aquello como el auxilio divino que tanto
había solicitado la feligresía para remediar los males que
padecían. Era un testimonio del amor de Dios hacia su devoto pueblo.
La Sagrada Familia, desde entonces, ha acompañado los
corazones contritos del pueblo zapotlense, al que ha protegido de
perecer en alguno de los múltiples fenómenos naturales que tienen
en constante zozobra a la comunidad.
Han pasado casi 280 años
desde aquel episodio que marcó la vida de los católicos en la
antigua Zapotlán el Grande, y esta historia representa ese sentido
de celosa pertenencia que sigue identificando a sus
pobladores.
*Cronista Oficial de Zapotlán el Grande.
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