Al
llegar a este punto, su padrino se suele reír.
Antes
de empezar mi recuperación del alcoholismo, la risa era uno de los
sonidos más penosos que conocía. Yo nunca me reía y cualquiera que
se riera me parecía que se estaba riendo de mí. Mi ira y la lástima
que tenía de mí mismo me privaban de los placeres más sencillos y
de la alegría del corazón. Al llegar al fin de mis días de
bebedor, ni siquiera el alcohol podía provocar en mí una risita
borracha. Cuando mi padrino de A.A. empezaba a reír y a señalarme
esa lástima de mí mismo y los engaños que alimentaban mi ego, me
sentía molesto y herido, pero me enseñaba a no tomarlo todo tan en
serio y a enfocarme en mi recuperación. Pronto aprendí a reírme de
mí mismo y, finalmente, enseñé a reír también a aquellos a
quienes yo apadrinaba.
Cada día pido a Dios que me ayude a dejar de tomarme a mí mismo demasiado en serio.


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