Víctor
Hugo Prado
Si
algo ha quedado claro en los últimos años es que el fracaso en la
plena implementación del Estado de derecho en México no sólo es un
problema técnico del sistema jurídico, sino una de las causas
profundas de la violencia, la inseguridad y la impunidad que vivimos
cotidianamente. El Estado de derecho —ese principio de gobernanza
donde todas las personas, instituciones y el propio Estado están
sometidos a leyes claras, públicas, aplicadas por igual e
independientes— no puede ser un ideal vacío, sino una práctica
cotidiana que garantice justicia, seguridad y derechos.
Cuando
las leyes se cumplen de forma desigual o se aplican selectivamente,
México no solo pierde credibilidad ante sus ciudadanos, sino también
ante el mundo. La ausencia de un sistema que garantice la aplicación
efectiva de la ley —a través de autoridades, fiscalías y
tribunales independientes— propicia un caldo de cultivo perfecto
para la impunidad. Esta, a
su vez, desprotege a la
ciudadanía y alimenta fenómenos como el abuso de poder, el soborno,
la malversación de fondos y la extorsión. No es casualidad que
estas prácticas corruptas se hayan arraigado; son el síntoma de un
Estado que no logra ofrecer justicia ni seguridad.
El último
Índice de Estado de Derecho 2025 del World
Justice Project lo
confirma con datos concretos: México ocupa el lugar 121 de 143
países evaluados, con una puntuación global de apenas 0.40 en una
escala donde 1 indica máxima adhesión al Estado de derecho. En la
región de América Latina y el Caribe, solo 4 países quedaron peor
evaluados que México, ubicando a nuestro país lejos del promedio
regional.
La evaluación también muestra que México obtiene
puntuaciones bajas en factores clave como ausencia de corrupción,
orden y seguridad, justicia civil y penal, y límites al poder
gubernamental. Esto no es una crítica retórica: es un diagnóstico
objetivo que enlaza directamente con la violencia, con derechos
humanos vulnerados y con la desconfianza hacia las
instituciones.
Corregir este rumbo no es tarea de una
administración, ni de partidos, ni de una sola elección: es una
obligación cívica de largo plazo. Los ciudadanos debemos insistir
en elegir autoridades comprometidas con la legalidad, con la
independencia judicial y con la transparencia. La percepción de
justicia hoy es una preocupación central para la inversión, la
convivencia pacífica y la gobernabilidad.
Combatir el crimen
no puede reducirse a la presencia de fuerzas armadas o policías; es
un problema de cultura legal, de instituciones fuertes y de
sociedades que exigen rendición de cuentas. El Estado de derecho no
es un espectáculo teórico, sino el cimiento de una sociedad más
segura, justa y próspera.

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