Ariana
García
Muy
a menudo nos encontramos con personas —que
la mayoría de las veces se dicen estudiosas de la lengua— cuyo
propósito pareciera ser policías del lenguaje, y su misión hacer
cumplir un código penal, una serie de leyes inamovibles donde cada
desviación es un delito que debe ser castigado con el estigma
social.
Esta visión, que
divide el habla de manera binaria en correcta e incorrecta, no sólo
es rígida, sino profundamente reduccionista, y en muchas ocasiones
llega al punto de la discriminación, como el clasismo.
Para entender
realmente cómo nos comunicamos, quizá podemos abandonar la postura
del “policía de la lengua” y adoptar la del observador
curioso.
Es verdad que existen contextos en donde se pide un
uso de la lengua más cuidado gramaticalmente hablando, como en la
academia, pero eso no quiere decir que ese uso sea el que deba
predominar en todos los ámbitos de habla de las personas. Imaginen
lo aburrido que sería leer a nuestros amigos en el grupo de WhastApp
para la carnita asada decir: “Por este medio me comunico con
ustedes para comenzar con los preparativos de la reunión, conocer
sus opiniones y llegar a acuerdos…”, en lugar de decir: “Se va
ser o no se va ser la carnita asada”. Hay que recordar que la
gramática descriptiva, a diferencia de la prescriptiva, no busca
decirnos cómo debemos
hablar, sino explicar cómo hablamos
realmente.
Uno de los puntos de partida que como lingüistas
tomamos para describir la lengua es que ésta no es un objeto
terminado, sino un ente vivo. Vicente Preciado Zacarías —hijo
ilustre de Zapotlán el Grande—, en su libro Lo
sacro en la obra de Juan José Arreola,
rescata una frase de este autor: “Dios no es, Dios está siendo”,
en la que explica esta perspectiva teológica que sugiere una entidad
no acabada o estática, sino activa, que se realiza y completa en la
conciencia humana. Esta perspectiva puede trasladarse, guardando cada
quien sus proporciones, a la lengua, y decir que “la lengua no es,
la lengua está siendo”.
Es
importante entender que
las normas para el uso de la lengua son convenciones sociales útiles
para la cohesión, no verdades morales absolutas. Atribuir, por
ejemplo, determinados usos de la lengua a padecimientos mentales (me
tocó leer en un artículo de un doctor en literatura que había
“usos esquizoides” de una conjunción y una disyunción) es un ad
hominem que no abona
al conocimiento lingüístico, sino que esconde (quizá no tanto)
prejuicios sociales, pues lo que se critica no es el uso de las
palabras, sino a las personas o al grupo social que las utiliza.
Un
ejemplo fascinante del camino que se abrieron algunos usos de la
lengua que en su momento fueron considerados aberraciones
lingüísticas es la gramaticalización de “Usted”.
Originalmente, la gente se dirigía a los nobles como “Vuestra
Merced”; con el uso
rápido y cotidiano, la lengua cambió: Vuestra
Merced → Vuesarced
→ Vusted
→ Usted.
Si un purista del siglo XV escuchara a alguien decir “Usted”,
pensaría que es una aberración lingüística, una forma perezosa y
vulgar de corromper un título de respeto. Hoy, es una base de la
cortesía en nuestro idioma.
Como
podemos ver, algunos procesos lingüísticos que llevamos a cabo en
el habla cotidiana no precisamente son aberraciones, sino usos
naturales que incluso corresponden a la economía del lenguaje, que
no a la “ley del menor esfuerzo”, como también me tocó leer por
ahí. Estos usos de economía nacen de una autorregulación natural
del hablante, y muchas veces requieren de precisión y concisión, y
hasta de esfuerzo creativo, como la palabra “firulais”; las
lingüistas Trujillo y Salcedo lo documentan en Lenguaje con sabor:
Descubriendo el paisaje lingüístico o el habla cotidiana en las
fondas de la provincia de Panamá Oeste, donde dicen que “es una
palabra coloquial que se utiliza para referirse a los perros
callejeros, y su origen puede estar relacionado con la expresión en
inglés ‘free of lice’ [‘libre de piojos/pulgas’]”.
En
fin, el español, como muchos otros idiomas, es tan variado que no
podemos quedarnos con la visión reduccionista de lo gramatical, de
lo “correcto” o “incorrecto”, de lo “bien dicho” o lo
“mal dicho”. Verlo desde una perspectiva curiosa nos hará
comprender mejor los usos que lo enriquecen, aceptar la que lengua
es,
a pesar de uno mismo; quizá nos ayude a evitar confundir
explicaciones lingüísticas con posturas moralistas y, de paso, nos
acerque a la cultura de paz, tema tan en boga. ¿Qué mejor ejemplo
de una cultura de paz que el reconocimiento, la aceptación y quizás
la adopción de la rica variación lingüística de nuestras
sociedades?
Y tú, ¿te has encontrado con estos policías de la lengua? ¿En qué situaciones quisieron “sancionarte”?

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