jueves, 26 de febrero de 2026

La “policía de la lengua”: La trampa del totalitarismo lingüístico




Ariana García

Muy a menudo nos encontramos con personas —que la mayoría de las veces se dicen estudiosas de la lengua— cuyo propósito pareciera ser policías del lenguaje, y su misión hacer cumplir un código penal, una serie de leyes inamovibles donde cada desviación es un delito que debe ser castigado con el estigma social. Esta visión, que divide el habla de manera binaria en correcta e incorrecta, no sólo es rígida, sino profundamente reduccionista, y en muchas ocasiones llega al punto de la discriminación, como el clasismo. Para entender realmente cómo nos comunicamos, quizá podemos abandonar la postura del “policía de la lengua” y adoptar la del observador curioso.



Es verdad que existen contextos en donde se pide un uso de la lengua más cuidado gramaticalmente hablando, como en la academia, pero eso no quiere decir que ese uso sea el que deba predominar en todos los ámbitos de habla de las personas. Imaginen lo aburrido que sería leer a nuestros amigos en el grupo de WhastApp para la carnita asada decir: “Por este medio me comunico con ustedes para comenzar con los preparativos de la reunión, conocer sus opiniones y llegar a acuerdos…”, en lugar de decir: “Se va ser o no se va ser la carnita asada”. Hay que recordar que la gramática descriptiva, a diferencia de la prescriptiva, no busca decirnos cómo debemos hablar, sino explicar cómo hablamos realmente.

Uno de los puntos de partida que como lingüistas tomamos para describir la lengua es que ésta no es un objeto terminado, sino un ente vivo. Vicente Preciado Zacarías —hijo ilustre de Zapotlán el Grande—, en su libro Lo sacro en la obra de Juan José Arreola, rescata una frase de este autor: “Dios no es, Dios está siendo”, en la que explica esta perspectiva teológica que sugiere una entidad no acabada o estática, sino activa, que se realiza y completa en la conciencia humana. Esta perspectiva puede trasladarse, guardando cada quien sus proporciones, a la lengua, y decir que “la lengua no es, la lengua está siendo”.

Es importante entender que las normas para el uso de la lengua son convenciones sociales útiles para la cohesión, no verdades morales absolutas. Atribuir, por ejemplo, determinados usos de la lengua a padecimientos mentales (me tocó leer en un artículo de un doctor en literatura que había “usos esquizoides” de una conjunción y una disyunción) es un ad hominem que no abona al conocimiento lingüístico, sino que esconde (quizá no tanto) prejuicios sociales, pues lo que se critica no es el uso de las palabras, sino a las personas o al grupo social que las utiliza.

Un ejemplo fascinante del camino que se abrieron algunos usos de la lengua que en su momento fueron considerados aberraciones lingüísticas es la gramaticalización de “Usted”. Originalmente, la gente se dirigía a los nobles como “Vuestra Merced”; con el uso rápido y cotidiano, la lengua cambió: Vuestra MercedVuesarcedVustedUsted. Si un purista del siglo XV escuchara a alguien decir “Usted”, pensaría que es una aberración lingüística, una forma perezosa y vulgar de corromper un título de respeto. Hoy, es una base de la cortesía en nuestro idioma.




Como podemos ver, algunos procesos lingüísticos que llevamos a cabo en el habla cotidiana no precisamente son aberraciones, sino usos naturales que incluso corresponden a la economía del lenguaje, que no a la “ley del menor esfuerzo”, como también me tocó leer por ahí. Estos usos de economía nacen de una autorregulación natural del hablante, y muchas veces requieren de precisión y concisión, y hasta de esfuerzo creativo, como la palabra “firulais”; las lingüistas Trujillo y Salcedo lo documentan en Lenguaje con sabor: Descubriendo el paisaje lingüístico o el habla cotidiana en las fondas de la provincia de Panamá Oeste, donde dicen que “es una palabra coloquial que se utiliza para referirse a los perros callejeros, y su origen puede estar relacionado con la expresión en inglés ‘free of lice’ [‘libre de piojos/pulgas’]”.

En fin, el español, como muchos otros idiomas, es tan variado que no podemos quedarnos con la visión reduccionista de lo gramatical, de lo “correcto” o “incorrecto”, de lo “bien dicho” o lo “mal dicho”. Verlo desde una perspectiva curiosa nos hará comprender mejor los usos que lo enriquecen, aceptar la que lengua es, a pesar de uno mismo; quizá nos ayude a evitar confundir explicaciones lingüísticas con posturas moralistas y, de paso, nos acerque a la cultura de paz, tema tan en boga. ¿Qué mejor ejemplo de una cultura de paz que el reconocimiento, la aceptación y quizás la adopción de la rica variación lingüística de nuestras sociedades?

Y tú, ¿te has encontrado con estos policías de la lengua? ¿En qué situaciones quisieron “sancionarte”? 


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