miércoles, 7 de enero de 2026

Antonio Alatorre, editor de revistas

 


Pedro Valderrama Villanueva



A casi 104 años del natalicio de Antonio Alatorre (Autlán, Jalisco, 1922-Ciudad de México, 2010), distinguido filólogo, crítico literario y especialista del Siglo de oro, numerosos libros, a raíz de su centenario, han sido publicados tanto en la Ciudad de México como en Jalisco para homenajear su trayectoria. Cada uno de estos incluyó textos recordando su brillante trayectoria académica, su papel como mentor dentro y fuera del salón de clases, su rol como estudioso y difusor de la obra de la Décima Musa Mexicana —es decir: Sor Juan Inés de la Cruz—, entre varias dimensiones más de su vida.




Una de las facetas que pasó, prácticamente, desapercibida durante las celebraciones del centenario del autor de Los 1001 años de la lengua española (1979) es su labor como editor de revistas literarias. En concreto me refiero a Pan (1945-1946) y la Nueva Revista de Filología Hispánica (1947-…). Dos publicaciones que fueron, en su momento, importantes medios para difundir nuevas plumas, en el caso de Pan, y, por otro lado, una de las principales revistas dentro del mundo académico, la Nueva Revista de Filología Hispánica. Recordemos que Jalisco, durante el siglo pasado, fue un semillero de editores de libros y publicaciones periódicas. Entre estos encontramos a Elías Nandino, Arturo Rivas Sainz, Adalberto Navarro Sánchez, Jesús Arellano, Emmanuel Carballo y Ernesto Flores.


Pocos recuerdan, en la actualidad, el papel protagónico que Antonio Alatorre desempeñó en la revista Pan (1945-1946), la cual que logró reunir textos de Juan José Arreola y Juan Rulfo entre sus páginas. Lo que aparentemente inició como una simple aventura editorial por parte de Antonio Alatorre, Arreola y Rulfo, se cristalizó en una de las odiseas más enigmáticas y, hasta ahora, menos exploradas de las letras mexicanas del siglo pasado. La breve y sustanciosa revista Pan, minimizada, durante varias décadas, no solo por la crítica literaria sino por sus propios fundadores, reunió dos de las plumas más singulares de la literatura, motivo por el cual es recordada hoy en día.





Pan, cuyo tiraje de cada uno de sus siete números no rebasó los 100 ejemplares, fue una revista que, en perspectiva, sirvió como fuente de incontables libros. Hallamos en cada página un texto que encontró la manera de salvaguardarse para su posterioridad en libros como Varia invención (1949), de Juan José Arreola, y El llano en llamas (1953), de Juan Rulfo. Prácticamente todo su contenido, en la actualidad, se encuentra recopilado en diversos títulos. En ella no hubo espacio para el despilfarro. De acuerdo con el crítico Óscar Mata, en su libro Juan José Arreola, maestro editor (2003), resalta: “[Eos y Pan] fueron modestas, provincianas; pero dignas y muy bien hechas: difícilmente se les encuentra una errata”.





Pan, según Arreola, fue una revista reservada para los amigos. Solo publicaron 18 autores. Mata, una vez más, al referirse a Eos y Pan, explica: “Huelga decir que su importancia reside en que ahí se inició Juan José Arreola como editor y que en las páginas de esas revistas se encuentran los pininos del propio Arreola, así como los de Rulfo y Alatorre, amén a las colaboraciones de [Agustín] Yáñez y [Alí] Chumacero”.

Los selectos participantes de Pan son Antonio Alatorre, Alfonso de Alba, Juan José Arreola, José Arriola Adame, Edmundo Báez, Alí Chumacero, Adalberto Navarro Sánchez (quien además dirige la entrega 7, la última), Luis Noyola Vázquez, Arturo Rivas Sainz, Miguel Rodríguez Puga, Juan Rulfo y Ricardo Serrano, entre algunos más. Sin embargo, más allá de inventarios, debemos reflexionar en la dinámica que rigió la revista, puesto que Pan no surgió alrededor de cualquier círculo de escritores noveles, sino dentro de una agrupación con lecturas avanzadas y cierta experiencia literaria: Arreola adquirió práctica en Eos —que dirigió al lado de Arturo Rivas Sainz— y Rulfo, quien previamente había publicado en la revista América, de la Ciudad de México; además, cabe resaltar, Pan contó con el respaldo incondicional de dos figuras de mucho peso en el medio cultural de la capital jalisciense de la época, Efraín González Luna y Rivas Sainz.





La Nueva Revista de Filología Hispánica de El Colegio de México —dedicada a publicar reseñas, notas y artículos de filología—, por su parte, fue encabezada por Antonio Alatorre durante varias décadas. Los orígenes de esta publicación periódica se remontan al momento cuando el filólogo argentino Amado Alonso, después de su inesperada salida de Buenos Aires y la desaparición de su Revista de Filología Hispánica, se instala como académico en Harvard y desde allí encomienda a Raimundo Lida, en 1947, continuar, desde El Colegio de México, la revista, ahora bajo el nombre Nueva Revista de Filología Hispánica. Posteriormente, con la muerte de Alonso y la partida de Lida al extranjero, Reyes, en 1952, toma las riendas de la revista e incorpora a Antonio Alatorre al proyecto. El filólogo jalisciense se encargó de ella casi en su totalidad hasta 1972.

En algunos periodos, según palabras de Alatorre: “hice yo solo la revista. Yo me encargaba de todo: preparaba los originales para la imprenta según normas muy precisas, traducía las colaboraciones que no venían en español, corregía el estilo de otros que sí venían en español, mantenía correspondencia con los autores —por cierto que nunca tuve secretaria—, leía dos o tres veces las pruebas y dedicaba larguísimas horas al acopio de datos para la Bibliografía. Las ayudas que toleré fueron siempre esporádicas y marginales”. Sin embargo, lejos de aparentar presunción, Alatorre confiesa: “No digo esto para erigirme un monumento. Todo lo contrario. Mi manía (etimológicamente, «locura») de hacerlo yo todo, unida a mi afán de perfeccionamiento […].” Antonio Alatorre, después de varias décadas como director de la revista es designado “director honorario”, en 1989, y “director emérito”, en 2001.





La Nueva Revista de Filología Hispánica fue —y continúa siendo—, dentro del medio académico hispanoamericano, una de las publicaciones periódicas más rigurosas dentro de su disciplina, y fue, en gran medida, gracias a Antonio Alatorre, quien, trimestralmente, de manera ininterrumpida, encabezó este proyecto ambicioso durante varias décadas. Alatorre, con esta revista, dio rienda suelta a sus inquietudes que, desde sus días en Guadalajara, a través de la revista Pan, se venían fraguando en su cabeza: concretar una revista dedicada en su totalidad a la materia que tanto le dedicó: la filología = el amor a la palabra.


1 comentario:

  1. excelente pblicación, felicidades Pedrito, gracias por la información tan valiosa

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