Fernando G. Castolo*
En Ciudad Guzmán, como pasa en varias ciudades medias del mundo, los muros, avenidas y canales han propiciado un desmembramiento de viejos barrios, perdiéndose una importante identidad. En la década de los años ochenta se construye el canal de desagües que arranca en Las Peñas y serpentea una especie de periférico hasta llegar a la laguna; en su paso, separó rancias estructuras sociales en torno a un hito barrial: un árbol, una casona, una iglesia, un tendejón, un rincón que mostraba un rostro peculiar.
Hacia la zona oriente
de la mancha urbana, un muro se eleva, separando la zona residencial
de Lomas del Barro del barrio popular de la Cruz Blanca. Y sendas
avenidas, como la Obispo Serafín Vázquez Elizalde, con sus autos
precipitados en carreras, han decapitado al vetusto barrio de San
Bartolo.
Ciertamente, la ciudad exige un nuevo modelo
estructural a fin de ponderarse a las actuales expectativas de una
sociedad que "lleva prisa", derivando la no cordialidad en
los traslados de un punto a otro. Se dice que el censo vehicular de
Ciudad Guzmán supera el número de habitantes; es decir, que hay
muchos más vehículos que personas deambulando por sus calles.
Nuestra ciudad se ha transformado de forma exponencial en los últimos
años.
Los estudiosos aseguran que el fenómeno inició
después de los acontecimientos sísmicos de 1985, quedando atrás,
en este parteaguas, la vieja fisionomía que solamente es visible en
postales que conservan la imagen urbana que presentaba durante los
últimos años del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX.
Por
supuesto que estamos hablando de una ciudad con sus calles empedradas
y sus edificios en adobe con tejas, con una ligereza de contaminantes
que permitían observar con nitidez los cielos soleados y las noches
estrelladas. Ya no volverá aquella escena en la que Neruda recordó
las estrellas de Zapotlán, cual "monedas de oro".
Ya
no se ven aquellos paisajes transparentes en el horizonte, de los que
Vicente Preciado Zacarías habló. Y ya no se tiene la cándida
presencia de una laguna repleta de tules y aves multicolores, como lo
recordó Arreola.
Solamente pervive todo ello en el corazón
de los libros que resaltan las bellezas del valle zapotlense, en las
canónigas mentes de nuestros vecinos que todavía vieron y gozaron
de esas sutilezas. La identidad de los viejos barrios fue cercenada
por la ambición de una orgullosa y cosmopolita Ciudad
Guzmán.
*Cronista de Zapotlán el Grande.

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