Pedro Valderrama Villanueva
A
casi 104 años del natalicio de Antonio Alatorre (Autlán, Jalisco,
1922-Ciudad de México, 2010), distinguido filólogo, crítico
literario y especialista del Siglo de oro, numerosos libros, a raíz
de su centenario, han sido publicados tanto en la Ciudad de México
como en Jalisco para homenajear su trayectoria. Cada uno de estos
incluyó textos recordando su brillante trayectoria académica, su
papel como mentor dentro y fuera del salón de clases, su rol como
estudioso y difusor de la obra de la Décima Musa Mexicana —es
decir: Sor Juan Inés de la Cruz—, entre varias dimensiones más de
su vida.
Una de las facetas que pasó, prácticamente,
desapercibida durante las celebraciones del centenario del autor de
Los
1001 años de la lengua española
(1979) es su labor como editor de revistas literarias. En concreto me
refiero a Pan
(1945-1946)
y
la Nueva
Revista de Filología Hispánica
(1947-…). Dos publicaciones que fueron, en su momento, importantes
medios para difundir nuevas plumas, en el caso de Pan,
y, por otro lado, una de las principales revistas dentro del mundo
académico, la Nueva
Revista de Filología Hispánica.
Recordemos que Jalisco, durante el siglo pasado, fue un semillero de
editores de libros y publicaciones periódicas. Entre estos
encontramos a Elías Nandino, Arturo Rivas Sainz, Adalberto Navarro
Sánchez, Jesús Arellano, Emmanuel Carballo y Ernesto Flores.
Pocos recuerdan, en la actualidad, el papel protagónico que
Antonio Alatorre desempeñó en la revista Pan
(1945-1946), la cual
que logró reunir textos de Juan José Arreola y Juan Rulfo entre sus
páginas. Lo
que aparentemente inició como una simple aventura editorial por
parte de Antonio Alatorre, Arreola y Rulfo, se cristalizó en una de
las odiseas más enigmáticas y, hasta ahora, menos exploradas de las
letras mexicanas del siglo pasado. La breve y sustanciosa revista
Pan,
minimizada, durante varias décadas, no solo por la crítica
literaria sino por sus propios fundadores, reunió dos de las plumas
más singulares de la literatura, motivo por el cual es recordada hoy
en día.
Pan,
cuyo tiraje de cada uno de sus siete números no rebasó los 100
ejemplares, fue una revista que, en perspectiva, sirvió como fuente
de incontables libros. Hallamos en cada página un texto que encontró
la manera de salvaguardarse para su posterioridad en libros como
Varia
invención
(1949), de Juan José Arreola, y El
llano en llamas
(1953), de Juan Rulfo. Prácticamente todo su contenido, en la
actualidad, se encuentra recopilado en diversos títulos. En ella no
hubo espacio para el despilfarro. De acuerdo con el crítico Óscar
Mata, en su libro Juan
José Arreola, maestro editor
(2003), resalta: “[Eos
y Pan]
fueron modestas, provincianas; pero dignas y muy bien hechas:
difícilmente se les encuentra una errata”.
Pan,
según Arreola, fue una revista reservada para los amigos. Solo
publicaron 18 autores. Mata, una vez más, al referirse a Eos
y Pan,
explica: “Huelga decir que su importancia reside en que ahí se
inició Juan José Arreola como editor y que en las páginas de esas
revistas se encuentran los pininos del propio Arreola, así como los
de Rulfo y Alatorre, amén a las colaboraciones de [Agustín] Yáñez
y [Alí] Chumacero”.
Los selectos participantes de Pan
son Antonio Alatorre, Alfonso de Alba, Juan José Arreola, José
Arriola Adame, Edmundo Báez, Alí Chumacero, Adalberto Navarro
Sánchez (quien además dirige la entrega 7, la última), Luis Noyola
Vázquez, Arturo Rivas Sainz, Miguel Rodríguez Puga, Juan Rulfo y
Ricardo Serrano, entre algunos más. Sin embargo, más allá de
inventarios, debemos reflexionar en la dinámica que rigió la
revista, puesto que Pan
no surgió alrededor de cualquier círculo de escritores noveles,
sino dentro de una agrupación con lecturas avanzadas y cierta
experiencia literaria: Arreola adquirió práctica en Eos
—que dirigió al lado de Arturo Rivas Sainz— y Rulfo, quien
previamente había publicado en la revista América,
de la Ciudad de México; además, cabe resaltar, Pan
contó con el respaldo incondicional de dos figuras de mucho peso en
el medio cultural de la capital jalisciense de la época, Efraín
González Luna y Rivas Sainz.
La
Nueva
Revista de Filología Hispánica
de El Colegio de México —dedicada a publicar reseñas, notas y
artículos de filología—, por su parte, fue encabezada por Antonio
Alatorre durante varias décadas. Los orígenes de esta publicación
periódica se remontan al momento cuando el filólogo argentino Amado
Alonso, después de su inesperada salida de Buenos Aires y la
desaparición de su Revista
de Filología Hispánica,
se instala como académico en Harvard y desde allí encomienda a
Raimundo Lida, en 1947, continuar, desde El Colegio de México, la
revista, ahora bajo el nombre
Nueva Revista de Filología Hispánica.
Posteriormente, con la muerte de Alonso y la partida de Lida al
extranjero, Reyes, en 1952, toma las riendas de la revista e
incorpora a Antonio Alatorre al proyecto. El filólogo jalisciense se
encargó de ella casi en su totalidad hasta 1972.
En
algunos periodos, según palabras de Alatorre: “hice yo solo la
revista. Yo me encargaba de todo: preparaba los originales para la
imprenta según normas muy precisas, traducía las colaboraciones que
no venían en español, corregía el estilo de otros que sí venían
en español, mantenía correspondencia con los autores —por cierto
que nunca tuve secretaria—, leía dos o tres veces las pruebas y
dedicaba larguísimas horas al acopio de datos para la Bibliografía.
Las ayudas que toleré fueron siempre esporádicas y marginales”.
Sin embargo, lejos de aparentar presunción, Alatorre confiesa: “No
digo esto para erigirme un monumento. Todo lo contrario. Mi manía
(etimológicamente, «locura») de hacerlo yo todo, unida a mi afán
de perfeccionamiento […].” Antonio Alatorre, después de varias
décadas como director de la revista es designado “director
honorario”, en 1989, y “director emérito”, en 2001.
La
Nueva
Revista de Filología Hispánica fue
—y continúa siendo—, dentro del medio académico
hispanoamericano, una de las publicaciones periódicas más rigurosas
dentro de su disciplina, y fue, en gran medida, gracias a Antonio
Alatorre, quien, trimestralmente, de manera ininterrumpida, encabezó
este proyecto ambicioso durante varias décadas. Alatorre, con esta
revista, dio rienda suelta a sus inquietudes que, desde sus días en
Guadalajara, a través de la revista Pan,
se venían fraguando en su cabeza: concretar una revista dedicada en
su totalidad a la materia que tanto le dedicó: la filología = el
amor a la palabra.

excelente pblicación, felicidades Pedrito, gracias por la información tan valiosa
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