miércoles, 21 de enero de 2026

Una reforma electoral que amplíe la democracia, no que la constriña

 



Víctor Hugo Prado



Toda reforma electoral debería tener un objetivo irrenunciable: ampliar y profundizar la democracia, no reducirla ni ponerla en riesgo. Así lo advirtió Miguel Armando López Leyva, coordinador de Humanidades de la UNAM, durante el seminario “Reforma Electoral: ¿Hacia dónde ir?”, realizado en octubre de 2025. Recordó, con razón, que el país ha construido avances significativos en esta materia, entre ellos tres alternancias en el poder en los últimos 25 años, resultado de reglas claras, instituciones sólidas y competencia real.



Sin embargo, la reforma electoral que hoy impulsa el Ejecutivo federal avanza en sentido contrario. Pese a los pronunciamientos críticos de especialistas, partidos e instituciones académicas, la obsesión reformista del actual gobierno ensombrece una democracia que ya muestra signos de fragilidad. No se trata de negar que el sistema sea perfectible, sino de advertir que debilitar lo que funciona puede resultar más costoso que corregir lo que falla.

México logró, a través de distintas reformas, un sistema de partidos competitivo, elecciones transparentes, alternancia política y un organismo profesional encargado de organizarlas. El Instituto Nacional Electoral ha sido pieza clave de ese entramado. Hoy, la propuesta de reforma amenaza con restarle facultades, comprometer su autonomía, partidizar sin consensos su órgano de gobierno y reducir su presupuesto, volviéndolo vulnerable a presiones políticas y afectando su capacidad para garantizar elecciones libres y confiables.

Más grave aún es el riesgo de concentración del poder. La eliminación o reducción de espacios de representación para minorías, como los legisladores plurinominales, podría traducirse en mayorías artificiales, dominadas por un solo partido o sus aliados, erosionando los contrapesos y debilitando la pluralidad política.

Modificar las reglas del juego sin consenso, sin escuchar a expertos ni a la oposición, debilita la legitimidad democrática. Las consecuencias no serían solo políticas: la incertidumbre institucional puede generar inestabilidad social y económica, pérdida de confianza e impacto negativo en la inversión y el crecimiento.

México no necesita una reforma que conduzca al partido dominante ni al pensamiento único. Necesita y bienvenida una que fortalezca la participación ciudadana, garantice elecciones libres y competitivas, respete la voluntad popular, amplíe derechos y ofrezca certeza y estabilidad. En suma, una reforma que amplíe la democracia, no que la constriña.






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