
A Clara le hubiera gustado ir al
swinger’s-bar de la calle Madero y entrar al cuartito sucio en donde, sus
habitantes —en medio de una oscuridad que daba miedo—, hacían el amor. Uno del
lado de otro, muy juntos, casi oliendo el sexo de quienes empujaban las caderas
para entrar y salir, una y otra vez —casi infinitamente. Pero daba la
casualidad de que, Eduardo, Bruno y yo, planeábamos —en aquel tiempo— la
elaboración de un cortometraje en el cual los protagonistas serían Batman, el
Pingüino y el Guasón.