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| José Arreola y Arturo Rivas Sáinz mirando la revista Eos. (IA) |
Salvador
Encarnación
Llegó
la marimba al Madoka y pedí Blanca
Estela,
un danzón para ti. Era una tarde de marzo con el sol tapatío
ardiendo en el pavimento más los camiones urbanos y el pasar de la
gente. Tu mirada alegraba el viejo café de la ciudad. Décadas se
desprendieron de los enjarres ante el ritmo de la madera de Chiapas y
el negro de tus ojos.
Las notas de Mocambo
ritmaban tus labios. Lo blanco de tus dientes era un lujo listo para
un calendario infinito. Afuera, el barullo de la ciudad. Adentro la
tersura de tu voz, la sed apenas mitigada por las notas de Los
Danzones de Lara,
Veracruz
y Almedra.
Todos
mis años eran una brizna por tu compañía y el café. Mejor dicho:
tú, la tarde de marzo, el café y la alegría de la marimba.
“Es viernes”, dijiste. Tu dedo señaló el menú del día. Yo
sólo miré una uña y su filito blanco, el nácar del esmalte, la
huella inocente como prueba de esta reunión. Las notas de la marimba
no dejaban sitio para otros recuerdos.
—Comida
de cuaresma. Comentaste.
—Sí.
Un viernes de Dolores, Rigo se desayunó a La
Sirenita.
—¿En
serio?
“¿Otras
jefe?” Preguntó el músico del güiro y su tono envolvía la
advertencia: “Pega más duro el sol de la tarde”.
Con la
mirada te pregunté cuál era tu canción. Entendiste la seña y en
voz baja escuché tus palabras:
—Me
gusta Juárez.
—¿El
prócer? Casi grité.
—Nooo.
El danzón…
(Estoy
en el Madoka y ningún conocido llega. Recordé una plática, muy
vieja, con los escritores Ramiro Aguirre, Víctor Manuel Pazarín y
yo. Miramos pasar a una hermosa tapatía por catedral.
—Mira
nomás. Como para llevarla a presumir al Madoka. Dije.
—¿Al
Madoka? ¡A Vallarta! Hicieron coro.
—Allá
nadie me conoce. Imaginen. Ustedes ahí sentados, par de tristes, y
yo les paso con ese forrazo.)
Desde
la banqueta el percusionista se avienta un breve y solo de güiro.
Volteo. Con el rascador me indica que va otra canción. A las
primeras notas reconozco la melodía: “Sabor de engaño/ tienen tus
ojos/ cuando me miran./ Sabor de engaño,/ siento en tus labios/
cuando me besan./ No eres sincera/ cuando me dices/ que aún me
quieres/ y en tus palabras/ se nota el filo/ de la traición…”
A la canción le cambiaron el ritmo. En ese chachachá dan
ganas bailar. Dan ganas de estar en Tuxtla, en el Parque de la
Marimba. Como a las diez de la noche…
—Esa
canción le gusta a mi papá. –Aseguras—. La canta una mujer…
—Eva
Garza.
—Es
de sus tiempos…
—De
sus tiempos son Los Sonor’s. Eva es de los tiempos de tu abuelo,
allá por los cincuenta. La canta de antología.
*
Estamos
el Madoka del centro. Un viejo café al que asistían, en sus
primeros tiempos, Rulfo, Arreola, Rivas Sáinz, entre otros
escritores. Comento:
—Anda
por ahí una foto de seguro con IA o algo parecido. En ella están
Juan José Arreola y Arturo Rivas Sáinz mirando la revista Eos.
Arreola, actor teatral, muestra cara de sorpresa. Analizando la foto,
en los ventanales están dos anuncios comerciales en luz de neón
sobre las ventanas, donde se lee, en el primero, Café Madoka. En el
segundo, Café Apollo. Los dos cafés fueron distintos. Además, el
primer número de Eos
salió en julio de 1943, cuando Arreola era un joven de veinticinco
años. El “Arreola” de la foto aparenta ser un casi cuarentón.
Otro dato, la portada de la revista, la original, no concuerda con la
impresa en la foto.
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| Revista Eos. (SE) |
En
los años noventa del siglo pasado, los miércoles asistía el
escritor Ramón Rubín junto con sus amigos y se sentaban en la mesa
del poder.
Un día de diciembre de 1991, Elías Nandino, Premio
Nacional de Letras, fue a la Universidad de Guadalajara. Al salir nos
preguntó:
—¿Y
dónde para ir a comer?
—Al
Madoka, me apresuré a sugerir.
—Hace
años que no voy.
Las
últimas palabras siempre le caían en gracia al poeta. Por ese
tiempo debió andar en los noventa y un años de edad. En el
restaurante, las mesas con sillones estaban llenas. Era miércoles.
Pasamos a la segunda sección. Atento, el escritor Guillermo García
Oropeza se acercó para saludar brevemente a Nandino. Al igual los
que ocupaban la mesa del poder.
*
Salimos
del restaurante antes de las cuatro de la tarde. “Regreso al
trabajo”, fue tu disculpa. La ciudad no había bajado ni un gramo
en su barullo. Te acompañé hasta la esquina. Allá a lo lejos, por
el templo de Jesús María, se escuchaba la marimba.
El
Madoka vive una nueva época. Desde que se prohibió fumar en
espacios cerrados, la clientela fue haciéndose menos. Café y tabaco
es una combinación de siglos. Otro tipo de clientes han llegado:
jóvenes que salen del trabajo, que se citan para conversar. O
adultos que recuerdan su juventud tras una taza de café y la plática
entre amigos.
Pero
desde mediados de los años ochenta hasta este 2026, el Madoka es un
lugar seguro para ir a comer. Su menú del día que se puede
combinar, ofrece ensalada, sopa y un guisado. Y para finalizar,
postre y café. O si prefiere pedir a la carta, también tienen
cortes y hamburguesas. Los precios son bastante accesibles. Qué no
se recomienda de ahí: los hot cakes o quequis (en vulgaris):
medios crudos, medios sancochados, medios nombre sea de Dios…
Y
si quiere ser feliz, tómese dos tazas de café en el Madoka y la
madrugada lo encontrará en vela.
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