lunes, 20 de abril de 2026

El Café Madoka de Guadalajara

 

José Arreola y Arturo Rivas Sáinz mirando la revista Eos. (IA)


Salvador Encarnación



Llegó la marimba al Madoka y pedí Blanca Estela, un danzón para ti. Era una tarde de marzo con el sol tapatío ardiendo en el pavimento más los camiones urbanos y el pasar de la gente. Tu mirada alegraba el viejo café de la ciudad. Décadas se desprendieron de los enjarres ante el ritmo de la madera de Chiapas y el negro de tus ojos.



Las notas de
Mocambo ritmaban tus labios. Lo blanco de tus dientes era un lujo listo para un calendario infinito. Afuera, el barullo de la ciudad. Adentro la tersura de tu voz, la sed apenas mitigada por las notas de Los Danzones de Lara, Veracruz y Almedra.

Todos mis años eran una brizna por tu compañía y el café. Mejor dicho: tú, la tarde de marzo, el café y la alegría de la marimba.

“Es viernes”, dijiste. Tu dedo señaló el menú del día. Yo sólo miré una uña y su filito blanco, el nácar del esmalte, la huella inocente como prueba de esta reunión. Las notas de la marimba no dejaban sitio para otros recuerdos.

Comida de cuaresma. Comentaste.

Sí. Un viernes de Dolores, Rigo se desayunó a La Sirenita.

¿En serio?

¿Otras jefe?” Preguntó el músico del güiro y su tono envolvía la advertencia: “Pega más duro el sol de la tarde”.

Con la mirada te pregunté cuál era tu canción. Entendiste la seña y en voz baja escuché tus palabras:

Me gusta Juárez.

¿El prócer? Casi grité.

Nooo. El danzón…

(Estoy en el Madoka y ningún conocido llega. Recordé una plática, muy vieja, con los escritores Ramiro Aguirre, Víctor Manuel Pazarín y yo. Miramos pasar a una hermosa tapatía por catedral.

Mira nomás. Como para llevarla a presumir al Madoka. Dije.

¿Al Madoka? ¡A Vallarta! Hicieron coro.

Allá nadie me conoce. Imaginen. Ustedes ahí sentados, par de tristes, y yo les paso con ese forrazo.)

Desde la banqueta el percusionista se avienta un breve y solo de güiro. Volteo. Con el rascador me indica que va otra canción. A las primeras notas reconozco la melodía: “Sabor de engaño/ tienen tus ojos/ cuando me miran./ Sabor de engaño,/ siento en tus labios/ cuando me besan./ No eres sincera/ cuando me dices/ que aún me quieres/ y en tus palabras/ se nota el filo/ de la traición…”

A la canción le cambiaron el ritmo. En ese chachachá dan ganas bailar. Dan ganas de estar en Tuxtla, en el Parque de la Marimba. Como a las diez de la noche…

Esa canción le gusta a mi papá. –Aseguras—. La canta una mujer…

Eva Garza.

Es de sus tiempos…

De sus tiempos son Los Sonor’s. Eva es de los tiempos de tu abuelo, allá por los cincuenta. La canta de antología.

*

Estamos el Madoka del centro. Un viejo café al que asistían, en sus primeros tiempos, Rulfo, Arreola, Rivas Sáinz, entre otros escritores. Comento:

Anda por ahí una foto de seguro con IA o algo parecido. En ella están Juan José Arreola y Arturo Rivas Sáinz mirando la revista Eos. Arreola, actor teatral, muestra cara de sorpresa. Analizando la foto, en los ventanales están dos anuncios comerciales en luz de neón sobre las ventanas, donde se lee, en el primero, Café Madoka. En el segundo, Café Apollo. Los dos cafés fueron distintos. Además, el primer número de Eos salió en julio de 1943, cuando Arreola era un joven de veinticinco años. El “Arreola” de la foto aparenta ser un casi cuarentón. Otro dato, la portada de la revista, la original, no concuerda con la impresa en la foto.


Revista Eos. (SE)



En los años noventa del siglo pasado, los miércoles asistía el escritor Ramón Rubín junto con sus amigos y se sentaban en la mesa del poder.

Un día de diciembre de 1991, Elías Nandino, Premio Nacional de Letras, fue a la Universidad de Guadalajara. Al salir nos preguntó:

¿Y dónde para ir a comer?

Al Madoka, me apresuré a sugerir.

Hace años que no voy.

Las últimas palabras siempre le caían en gracia al poeta. Por ese tiempo debió andar en los noventa y un años de edad. En el restaurante, las mesas con sillones estaban llenas. Era miércoles. Pasamos a la segunda sección. Atento, el escritor Guillermo García Oropeza se acercó para saludar brevemente a Nandino. Al igual los que ocupaban la mesa del poder.

*

Salimos del restaurante antes de las cuatro de la tarde. “Regreso al trabajo”, fue tu disculpa. La ciudad no había bajado ni un gramo en su barullo. Te acompañé hasta la esquina. Allá a lo lejos, por el templo de Jesús María, se escuchaba la marimba.

El Madoka vive una nueva época. Desde que se prohibió fumar en espacios cerrados, la clientela fue haciéndose menos. Café y tabaco es una combinación de siglos. Otro tipo de clientes han llegado: jóvenes que salen del trabajo, que se citan para conversar. O adultos que recuerdan su juventud tras una taza de café y la plática entre amigos.

Pero desde mediados de los años ochenta hasta este 2026, el Madoka es un lugar seguro para ir a comer. Su menú del día que se puede combinar, ofrece ensalada, sopa y un guisado. Y para finalizar, postre y café. O si prefiere pedir a la carta, también tienen cortes y hamburguesas. Los precios son bastante accesibles. Qué no se recomienda de ahí: los hot cakes o quequis (en vulgaris): medios crudos, medios sancochados, medios nombre sea de Dios…
Y si quiere ser feliz, tómese dos tazas de café en el Madoka y la madrugada lo encontrará en vela.


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