Fernando G. Castolo*
Lo
extraordinario de la novela "Pedro Páramo" (1955), de Juan
Rulfo radica, no en los diálogos de sus personajes, sino en los
silencios. Sí, en ese escenario de muertos, donde hay inspiraciones
en paisajes regionales, lo que más llama la atención son esos
espacios vacíos en los que ni el susurro de algo se escucha, porque
Rulfo entendió que debía de auxiliarse de ese recurso para
involucrar al lector en esa atmósfera lúdica del Inframundo.
Dante Alighieri, quien también nos lleva por esos pasajes con
una extraordinaria belleza literaria, no logró conmover
sensibilidades en el punto que sí lo hizo el sayulense. Nosotros
mismos, los habitantes de esta región, quizá inconscientemente,
somos practicantes y creadores de esta herramienta literaria.
Lo
recuerdo: en viejos quicios frontales se disponían los equipales
para los grandes y, en su torno, la chiquillada escuchando atenta las
leyendas y los relatos que eran narrados con un cierto aire
misterioso. Los silencios eran precisos en cierto momento a fin de
entusiasmar la atención sobre algo que se aproximaba; de repente, se
rompía ese ritmo y se nos introducía a lo asombroso, alterándonos
con un gesto expectante que nos dejaba atónitos. Era toda una
experiencia elucubrar en nuestra mente aquellas historias que se nos
compartían. Así pasaban las horas de la tarde que se transformaba
en noche, escuchando sobre desaparecidos o aparecidos. Obviamente,
más que dialogar después de esos encuentros, siempre apresurábamos
el paso, en silencio, hasta llegar a casa. Nadie comentaba nada.
Rulfo captó esas atmósferas y las trasladó a su obra, donde hay
una evidencia clara de esas charlas compartidas por los mayores que
eran asistidas de esa tenue musicalidad. La clave del escritor, en
esa inventiva rulfiana, se encuentra en los silencios.

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