miércoles, 22 de abril de 2026

La herencia de la Nueva Escuela Mexicana

 



Víctor Hugo Prado



La educación no admite improvisaciones. Es el cimiento sobre el que se construyen las oportunidades individuales y el desarrollo colectivo. En México, cada reforma educativa ha prometido corregir el rumbo, pero pocas han logrado consolidarse sin tensiones. En ese contexto surgió la llamada Nueva Escuela Mexicana (NEM), impulsada durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador y continuada por la actual administración. Presentada como un proyecto transformador, su objetivo era colocar a la comunidad en el centro del proceso educativo y formar ciudadanos comprometidos con la justicia social. La intención, en el papel, es difícil de cuestionar. El problema ha sido su ejecución.



Más que una evolución, la NEM operó como una contrarreforma. Uno de sus cambios más significativos fue la desaparición de la evaluación educativa autónoma, debilitando mecanismos técnicos que durante años buscaron medir el aprendizaje con criterios científicos. No es un detalle menor: los sistemas educativos más sólidos del mundo —evaluados a través de instrumentos como PISA o TIMSS— sostienen su mejora continua precisamente en la evaluación rigurosa de estudiantes, docentes y planes de estudio. Renunciar a ello no es avanzar hacia un modelo más humano; es retroceder hacia la opacidad.

A esta decisión se suma un problema estructural: el financiamiento. Aunque el discurso oficial ha insistido en la “revalorización del magisterio”, el presupuesto educativo ha perdido peso relativo dentro del gasto público. El resultado es visible: escuelas con carencias, infraestructura rezagada y una formación docente insuficiente frente a los retos contemporáneos. Aumentar salarios es positivo, pero no sustituye una política integral de fortalecimiento educativo.





En el terreno pedagógico, la implementación ha sido igual de cuestionable. La sustitución abrupta de programas y libros de texto en educación básica rompió con procesos de mejora gradual y evidencia acumulada. En lugar de construir sobre lo existente, se optó por un rediseño total, con escasa transparencia y limitada participación de especialistas. La narrativa de un “humanismo mexicano” terminó desplazando a equipos técnicos con experiencia, abriendo espacio a decisiones más ideológicas que pedagógicas.

Lo más preocupante no es el cambio en sí, sino la ausencia de evaluación sobre sus efectos. Toda política pública debe medirse, corregirse y, si es necesario, replantearse. Sin embargo, la implementación de la NEM ha estado marcada por la cerrazón: avanzar sin revisar, insistir sin diagnosticar.




México enfrenta una disyuntiva. Puede reconocer las fallas, retomar la evidencia y corregir el rumbo, o persistir en una ruta que compromete el futuro educativo de millones. En educación, las decisiones de hoy no se corrigen mañana: se padecen durante generaciones.



No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Popular Posts