domingo, 19 de abril de 2026

Mi maestro, mi amigo Jaime G. Velázquez

 


José Luis Vivar


¿Qué es en realidad un maestro? Alguien que enseña, alguien que guía, alguien que se esfuerza por entregar sus conocimientos, alguien que es ejemplo dentro y fuera de las aulas. Y todavía más: alguien que busca lo mejor para sus alumnos, a la vez que los cuida y los defiende. Las respuestas pueden sumarse por centenas y tal vez nunca terminaríamos. Este no es el caso. Vamos por partes.



 Primero, intento rastrear en mi memoria el momento preciso cuando quise convertirme en escritor, cuando consideré que quería escribir para publicar libros. No lo recuerdo. Pero tengo muy claro que fue antes de titularme como Cirujano Dentista, cuando realizaba mi Servicio Social, primero en esa clínica del IMSS de Uman, una pequeña población a escasos minutos de la blanca Mérida, y luego en mi tierra natal, Veracruz.

Consideré la poesía como única opción. En esos días pasaba horas leyendo a Machado, Neruda, Lorca, los Contemporáneos. Pero quien de verdad me atraían eran Octavio Paz, sobre todo por Pasado en Claro y Libertad Bajo Palabra. Asimismo, José Luis Rivas con Tierra Baldía. Y desde luego Sabines con Los Amorosos y Tarumba. En fin, me aferraba a la lírica como forma de expresión.


Había una revista en particular llamada Vuelta que cada mes adquiría. Además de poesía, el contenido era una miscelánea de autores y temas que me abrían un panorama diferente, cosmopolita, universal. La revista la dirigía Octavio Paz y era mi preferida junto con otras como Nexos y Proceso, que en ese entonces era semanal.


Sucedió entonces que una mañana llamaron a mi puerta y era un vecino al que yo veía con regularidad afuera de su casa, media cuadra adelante en la misma calle. Un señor alto, delgado y de abundante barba que se presentó como Jaime. Así, sin apellido. Hablaba con voz suave, con timidez. Me comentó que me había visto en la televisión local, con el grupo Clave de Sol. Quería saber si podíamos tocar en la Casa Salvador Díaz Mirón, sede de su taller literario, por la finalización de los cursos.




Fui, pero sin mis amigos. Ninguno pudo porque era entre semana y tenían compromisos. Me acompañó mi guitarra y con ella interpreté algunas canciones. No recuerdo cuáles, pero debieron ser del folclor latinoamericano. A todos los integrantes del taller les gustó, entre ellos a mi amigo el poeta Ignacio García. Desde esa ocasión también entablé amistad con otro poeta Juan Joaquín Pérez-Tejada y el narrador Gabriel Fuster.

Y desde luego Jaime Gerardo Velázquez, quien se convirtió en mi maestro sin asistir a las sesiones de su taller. Por él conocí nuevos autores, nuevas corrientes literarias tanto poéticas como narrativas. Su generosidad me permitía cuestionarlo, y pese a mi ingenuidad, jamás se burló. Entendía que ese joven era nuevo en esos terrenos.


Más grande fue mi sorpresa cuando Juan Joaquín me hizo saber que el maestro tenía poco de haber llegado de la ciudad de México, donde se desempeñaba como editor de la revista Vuelta. Sí, la que yo compraba mes con mes. Saber que revisaba y corregía textos del mismísimo Octavio Paz, Enrique Krauze, Salvador Elizondo, Julieta Campos, Juan Goytisolo, Carlos Monsiváis y otros no menos importantes, me hizo ver que estaba frente alguien grande, aunque siempre se mostró humilde y rara vez hablaba de su labor en esa canónica publicación.





Jaime trabajaba en el IVEC (Instituto Veracruzano de la Cultura), donde se desempeñaba como editor. Su labor activó las letras veracruzanas. En poco tiempo rescató autores desconocidos y otros que permanecían en el olvido. Muchos de ellos, ya de edad avanzada, vieron por primera vez sus textos en libros formales. La misión de Jaime rendía frutos en esos años ochenta.


Creó con sus alumnos del taller una revista llamada Galeón, donde me publicó uno de mis poemas, detalle que le agradecí, porque fuera del periódico El Dictamen, no había otro espacio donde publicar. Fue así como me animé a escribir una historia que con mucha timidez le mostré, no en el taller sino ¡en su casa!

Las sesiones no tenían horario, podían ser de media hora, a veces más. Pero en cada visita yo iba aprendiendo poco a poco el quehacer de la narrativa. Porque a tiempo me di cuenta que podía escribir versos, pero yo no era un Poeta, como el mismo Jaime, como Ignacio García, o Juan Joaquín. Nadie me lo tuvo que decir; se nace con ese don.

En el 2002 vino a Zapotlán como jurado de los Juegos Florales de ese año. Lo acompañó su esposa. Estuvieron algunos días. Del hotel Zapotlán los tuvimos que cambiar a la casa de mi amigo el filósofo Hugo Gutiérrez, para que estuvieran más cómodos. Luego de su participación se despidieron, prometiendo volver a la tierra de su maestro Juan José Arreola, quien le dio clases en la UNAM. Pero eso ya no fue posible.





La mejor virtud de todo buen maestro es que no se nota cómo es que enseña, pero sus alumnos aprenden. Así fue Jaime. Y pude reconocérselo hace unos años en Veracruz cuando fui a presentar mi novela Barcos de Lejana Memoria. Se sintió visiblemente apenado cuando le manifesté mi admiración, agradecimiento y respeto.

El pasado 16 de abril, desde Veracruz el Dr. Daniel Domínguez Cuenca me dio la noticia de su fallecimiento en la ciudad de México. Este año cumpliría 75. Me quedo con algunos de sus libros, con sus lecciones para seguir admirando a Octavio Paz, con sus enseñanzas, sus anécdotas, pero sobre todo con el Honor de haberlo tenido como Maestro y de haber sido su Amigo.

Descansa en paz querido Jaime G. Velázquez.



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