José Luis Vivar
¿Qué es en realidad un maestro?
Alguien que enseña, alguien que guía, alguien que se esfuerza por
entregar sus conocimientos, alguien que es ejemplo dentro y fuera de
las aulas. Y todavía más: alguien que busca lo mejor para sus
alumnos, a la vez que los cuida y los defiende. Las respuestas pueden
sumarse por centenas y tal vez nunca terminaríamos. Este no es el
caso. Vamos por partes.
Primero, intento rastrear en mi
memoria el momento preciso cuando quise convertirme en escritor,
cuando consideré que quería escribir para publicar libros. No lo
recuerdo. Pero tengo muy claro que fue antes de titularme como
Cirujano Dentista, cuando realizaba mi Servicio Social, primero en
esa clínica del IMSS de Uman, una pequeña población a escasos
minutos de la blanca Mérida, y luego en mi tierra natal, Veracruz.
Consideré la poesía como única opción. En esos días pasaba horas leyendo a Machado, Neruda, Lorca, los Contemporáneos. Pero quien de verdad me atraían eran Octavio Paz, sobre todo por Pasado en Claro y Libertad Bajo Palabra. Asimismo, José Luis Rivas con Tierra Baldía. Y desde luego Sabines con Los Amorosos y Tarumba. En fin, me aferraba a la lírica como forma de expresión.
Había una revista en particular llamada Vuelta que cada mes adquiría. Además de poesía, el contenido era una miscelánea de autores y temas que me abrían un panorama diferente, cosmopolita, universal. La revista la dirigía Octavio Paz y era mi preferida junto con otras como Nexos y Proceso, que en ese entonces era semanal.
Sucedió entonces que una mañana llamaron a mi puerta y era un vecino al que yo veía con regularidad afuera de su casa, media cuadra adelante en la misma calle. Un señor alto, delgado y de abundante barba que se presentó como Jaime. Así, sin apellido. Hablaba con voz suave, con timidez. Me comentó que me había visto en la televisión local, con el grupo Clave de Sol. Quería saber si podíamos tocar en la Casa Salvador Díaz Mirón, sede de su taller literario, por la finalización de los cursos.
Fui, pero sin mis amigos.
Ninguno pudo porque era entre semana y tenían compromisos. Me
acompañó mi guitarra y con ella interpreté algunas canciones. No
recuerdo cuáles, pero debieron ser del folclor latinoamericano. A
todos los integrantes del taller les gustó, entre ellos a mi amigo
el poeta Ignacio García. Desde esa ocasión también entablé
amistad con otro poeta Juan Joaquín Pérez-Tejada y el narrador
Gabriel Fuster.
Y desde luego Jaime Gerardo Velázquez, quien se convirtió en mi maestro sin asistir a las sesiones de su taller. Por él conocí nuevos autores, nuevas corrientes literarias tanto poéticas como narrativas. Su generosidad me permitía cuestionarlo, y pese a mi ingenuidad, jamás se burló. Entendía que ese joven era nuevo en esos terrenos.
Más grande fue mi sorpresa cuando Juan Joaquín me hizo saber que el maestro tenía poco de haber llegado de la ciudad de México, donde se desempeñaba como editor de la revista Vuelta. Sí, la que yo compraba mes con mes. Saber que revisaba y corregía textos del mismísimo Octavio Paz, Enrique Krauze, Salvador Elizondo, Julieta Campos, Juan Goytisolo, Carlos Monsiváis y otros no menos importantes, me hizo ver que estaba frente alguien grande, aunque siempre se mostró humilde y rara vez hablaba de su labor en esa canónica publicación.
Jaime trabajaba en el IVEC (Instituto Veracruzano de la Cultura), donde se desempeñaba como editor. Su labor activó las letras veracruzanas. En poco tiempo rescató autores desconocidos y otros que permanecían en el olvido. Muchos de ellos, ya de edad avanzada, vieron por primera vez sus textos en libros formales. La misión de Jaime rendía frutos en esos años ochenta.
Creó con sus alumnos del taller
una revista llamada Galeón,
donde me publicó uno de mis poemas, detalle que le agradecí, porque
fuera del periódico El
Dictamen, no había
otro espacio donde publicar. Fue así como me animé a escribir una
historia que con mucha timidez le mostré, no en el taller sino ¡en
su casa!
Las sesiones no tenían horario,
podían ser de media hora, a veces más. Pero en cada visita yo iba
aprendiendo poco a poco el quehacer de la narrativa. Porque a tiempo
me di cuenta que podía escribir versos, pero yo no era un Poeta,
como el mismo Jaime, como Ignacio García, o Juan Joaquín. Nadie me
lo tuvo que decir; se nace con ese don.
En el 2002 vino a Zapotlán como
jurado de los Juegos Florales de ese año. Lo acompañó su esposa.
Estuvieron algunos días. Del hotel Zapotlán los tuvimos que cambiar
a la casa de mi amigo el filósofo Hugo Gutiérrez, para que
estuvieran más cómodos. Luego de su participación se despidieron,
prometiendo volver a la tierra de su maestro Juan José Arreola,
quien le dio clases en la UNAM. Pero eso ya no fue posible.
La mejor virtud de todo buen
maestro es que no se nota cómo es que enseña, pero sus alumnos
aprenden. Así fue Jaime. Y pude reconocérselo hace unos años en
Veracruz cuando fui a presentar mi novela Barcos
de Lejana Memoria. Se
sintió visiblemente apenado cuando le manifesté mi admiración,
agradecimiento y respeto.
El pasado 16 de abril, desde
Veracruz el Dr. Daniel Domínguez Cuenca me dio la noticia de su
fallecimiento en la ciudad de México. Este año cumpliría 75. Me
quedo con algunos de sus libros, con sus lecciones para seguir
admirando a Octavio Paz, con sus enseñanzas, sus anécdotas, pero
sobre todo con el Honor de haberlo tenido como Maestro y de haber
sido su Amigo.
Descansa en paz querido Jaime G. Velázquez.
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