Fernando G. Castolo*
Rezar
y leer, dos prácticas que identifican la idiosincrasia de los
zapotlenses. Al ser Zapotlán el Grande un pueblo fundado por
religiosos peninsulares abrazamos, desde ese instante, nuestro modo
de ser y de pensar. "Somos un pueblo de mochos", diría
Juan José Arreola. A pesar de esa cualidad, también poseemos en la
praxis cotidiana la lectura. Somos buenos lectores y eso se nota en
el nivel cultural que se percibe en la comunidad. No hay plática en
la que no se invoque una jaculatoria y la referencia de un título o
un autor. Esa es nuestra esencia.
En los foros públicos, en
las iglesias, en las charlas amenas con familiares y amigos siempre
salen a relucir las evocaciones religiosas e intelectuales. Esa
característica es lo que le ha dado a esta comunidad un lugar
privilegiado en la relatoría de los episodios que han evidenciado
nuestro liderazgo. Sí, existen acciones que desde esta Ciudad se
consolidaron en éxitos y derrotas, pero siempre con un sentido
estoico y trascendente.
Sí, me confieso "fan" de mi
pueblo y de su gente, por eso la celebro todos los días, y la
relectura de los tesoros bibliográficos que nos fueron heredados me
hacen patentizar ese amor. Leer al citado Arreola, a Juan José
González Moreno, a Salvador D. Aguilar, a J. Jesús Figueroa Torres,
a Guillermo Jiménez, a María Cristina Pérez Vizcaíno, a Vicente
Preciado Zacarías, a Adrián Gil Pérez, a Isidoro Jiménez
Camberos, a Juan S. Vizcaíno, a Esteban Cibrián Guzmán, y a un
largo etcétera de escritores, hacen entusiasmar el orgullo de ser
zapotlense, a pesar de lo "mocho" que seamos. Leer y rezar,
eso es de Zapotlán.

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