martes, 3 de marzo de 2026

Puede salir más caro el caldo que las albóndigas

 


Víctor Hugo Prado


Que dijo mi mamá que siempre no”. Así ocurrió con la reforma electoral anunciada para entregarse ayer y que, de última hora, no llegó a la Cámara de Diputados porque —según se dijo— se le dará una “última revisada”. La explicación política parece más evidente: el gobierno teme no alcanzar la mayoría calificada que exige una modificación constitucional. No solo el PAN, PRI o MC han anticipado su rechazo; incluso el PT y el Partido Verde, aliados habituales de Morena, han mostrado reservas tras la reciente aprobación de la Reforma Judicial.



Desde mediados del siglo XX, ninguna reforma electoral relevante en México ha prosperado sin acuerdos amplios entre fuerzas políticas. Las transformaciones de 1977, 1996 o 2014 fueron resultado de negociación y diálogo. Hoy se pretende romper esa tradición con una propuesta unilateral, sin consensos y sin un debate abierto que fortalezca lo construido. Una reforma de esa naturaleza nace debilitada.

Además, es una reforma que nadie pidió. No figuró como prioridad central en la agenda de la entonces candidata presidencial ni fue bandera de campaña. Paradójicamente, las reglas que ahora se buscan modificar son las mismas que permitieron la alternancia en el año 2000, el triunfo de Morena en 2018 y su refrendo en 2024. Esas reglas han demostrado que funcionan: han garantizado competencia real, pluralidad y transición pacífica del poder.

El punto más delicado es el eventual debilitamiento del Instituto Nacional Electoral y la posible eliminación del PREP (Programa de Resultados Electorales Preliminares), instrumento que brinda certeza la misma noche de la elección. El INE no es perfecto, pero ha organizado comicios complejos con altos niveles de confianza comparativa en América Latina. Restarle facultades, comprometer su autonomía o reducirlo presupuestalmente sin criterios técnicos puede volverlo vulnerable a presiones políticas. La democracia no se abarata debilitando a la autoridad que la garantiza.

México ha construido, con avances y tropiezos, un sistema electoral competitivo y profesional. Desmantelarlo sin diagnóstico claro ni consenso amplio implica riesgos innecesarios. La historia reciente de la región muestra que cuando las reglas electorales se ajustan para favorecer al poder en turno, la erosión democrática es gradual pero persistente.




El país no necesita una reforma que conduzca al partido dominante ni que concentre poder bajo el argumento de la eficiencia. Necesita una que fortalezca la participación ciudadana, amplíe derechos, modernice procesos con transparencia y preserve la autonomía institucional. Reformar, sí; pero para profundizar la democracia, no para restringirla.

Porque debilitar lo que funciona puede resultar más costoso que corregir lo que falla. Y en materia electoral, el precio de equivocarse siempre lo paga la confianza ciudadana. En otras palabras, se trata de que “no salga más caro el caldo que las albóndigas”.


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