Rosa
Mata
Entendemos
por ortografía el conjunto de reglas cuyo objetivo es regular y
estandarizar la lengua escrita, o al menos una variedad de ésta. La
ortografía está presente en nuestra vida desde la infancia, suele
ser parte importante de la enseñanza básica de la lengua, bajo la
justificación de un objetivo bueno e inocente: facilitar la
comprensión de los textos. Sin embargo, llaman la atención los
debates alrededor de la ortografía a lo largo de la historia,
incluida en este grupo la controversia actual de la ortografía en
redes sociales, no como facilitadora de la comprensión, sino como
argumento con el que se pretende ganar discusiones, o demostrar
superioridad intelectual respecto al usuario con el que se
debate.
Aunada a la consideración de una ortografía perfecta
como argumento irrefutable, se encuentra la idea de ésta como
característica determinante sobre la aptitud de una persona para
desempeñar un cargo. Ejemplo de esto es el caso de Nadia López,
quien en las últimas semanas recibió el nombramiento como titular
de la Dirección General de Materiales Educativos (DGME) de la
Secretaría de Educación Pública (SEP). Tras la llegada de la
escritora y pedagoga mixteca al cargo, se difundió en redes su tesis
de licenciatura, en la que se señalaban supuestos errores de
ortografía, la exposición del documento generó comentarios
inmediatos sobre la “ineptitud” de Nadia para asumir el
rol.
Casos como el anterior llevan a la mención de la
ortografía como un instrumento racista y clasista. ¿Por qué se
dice que la valoración de la “buena ortografía” y la relación
que suele establecerse entre ésta y un intelecto sobresaliente es
racista y clasista?, en primer lugar, porque suele pasarse por alto
la lengua materna de quien escribe en español, en un contexto
multilingüe como el mexicano, muchas personas que utilizan el
español escrito en redes sociales, o entornos académicos, tienen
una lengua materna distinta al español; segundo, porque la lengua
escrita, así como el cumplimiento de las reglas que la rigen,
requieren de formación, de acceso a espacios educativos, de cursos
extracurriculares, de tiempo, estructura social y dinero para una
instrucción de calidad.
Las investigaciones que toman a la
ortografía como objeto de estudio son numerosas y se realizan desde
distintos enfoques, uno de ellos es el campo ideológico, en el que
se analizan las ideas de los usuarios alrededor de la ortografía y
su función social. Este tipo de trabajos, como el de García Folgado
(2014) sostienen que “en la génesis de la ortografía de una
lengua, esta suele erigirse, casi de manera automática, como
marcador de «clase social», de «instrucción formativa», de
«prestigio» (tanto social como lingüístico), incluso como
indicador de «privilegio»”.
El presente texto no es una
postura en contra de la ortografía del español y sus reglas, sino
una invitación a tener siempre presente que en casos como el de
Nadia, o las discusiones en redes sociales, las faltas de ortografía
no son un medidor objetivo del intelecto o la aptitud del hablante,
sino el reflejo de fenómenos sociales y lingüísticos complejos que
nos llevan a caer en el prejuicio.
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