Víctor Hugo Prado
Hace
apenas una semana ocurrió algo inédito desde que la alianza
Morena-PT-PVEM llegó al poder federal: los aliados del partido
gobernante rechazaron una propuesta de reforma constitucional
impulsada desde la propia Presidencia. La iniciativa electoral de la
presidenta Claudia Sheinbaum fue frenada no por la oposición, como
cabía esperar, sino por la fractura del bloque oficialista.
La
propuesta obtuvo 259 votos a favor de los 494 diputados presentes,
muy lejos de los 334 necesarios para alcanzar la mayoría calificada
que exige una reforma constitucional. Faltaron 75 votos para
modificar las reglas del sistema electoral mexicano. Hasta ahí, el
dato podría parecer simplemente una derrota legislativa más. Sin
embargo, el fondo político es mucho más revelador.
La
oposición integrada por PAN, PRI y MC votó en contra tal como lo
había anunciado. Lo verdaderamente significativo fue la ruptura
dentro del oficialismo. Morena, que cuenta con 253 diputados, sólo
logró que 246 respaldaran la iniciativa; tres votaron en contra y
cuatro se abstuvieron o se ausentaron. Pero el golpe decisivo provino
de sus aliados. De los 62 legisladores del Partido Verde Ecologista
de México, apenas 12 apoyaron la reforma. En el caso del Partido del
Trabajo, la ruptura fue prácticamente total: de sus 49 diputados,
sólo uno votó a favor.
¿Por qué una rebelión de tal
magnitud? La respuesta se encuentra en el corazón del sistema
electoral: las diputaciones de representación proporcional. La
reforma proponía modificar el mecanismo mediante el cual se asignan
estas curules, privilegiando el porcentaje de votación obtenido por
los candidatos en sus distritos, incluso si no ganaban la elección.
Con ello, se buscaba reducir el peso de las listas definidas por las
dirigencias partidistas.
Para partidos pequeños, este cambio
tocaba una fibra sensible. Como ha señalado el analista Gabriel
Torres, en el Heraldo de México, “la representación proporcional
no es simplemente un mecanismo de pluralidad: es el núcleo de su
supervivencia política. Su presencia en el Congreso depende mucho
más de las listas plurinominales que de triunfos directos en las
urnas”.
Durante décadas, esas listas se han convertido en un
verdadero botín político administrado por las élites partidistas
de prácticamente todos los partidos. Las dirigencias deciden quién
ocupa los primeros lugares y, por lo tanto, quién tiene asegurado un
escaño. En no pocas ocasiones, esos espacios terminan ocupados por
cercanos, aliados o cuadros cuya lealtad se premia con una curul.
La
reforma buscaba alterar esa lógica al trasladar parte del poder de
decisión desde las cúpulas partidistas hacia los resultados
electorales. Hoy ganaron las oligarquías partidistas que conservaron
intacto el control del botín proporcional.
Ahora se anuncia un
“plan B”. La pregunta es inevitable: ¿será una reforma que
fortalezca la representación ciudadana o sólo otra negociación
para preservar los equilibrios del poder político? La respuesta
definirá si la derrota legislativa fue un tropiezo momentáneo o la
señal de los límites reales del cambio político en México.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario