Víctor Hugo Prado
Hace
algunos años leí El
momento de la verdad
de Jan Carlzon,
es una obra
imprescindible del management moderno. El libro inicia con una
anécdota reveladora: Rudy Peterson, un empresario hospedado en el
Grand Hotel Stockholm, se dirigía al aeropuerto de Arlanda cuando
descubrió que había olvidado su boleto de avión. Resignado a
perder su vuelo a Copenhague, explicó su situación en el mostrador.
La respuesta fue inesperada: “No se preocupe, señor
Peterson”.
Mientras él aguardaba, el personal de la
aerolínea llamó al hotel, envió un automóvil, recuperó el boleto
y lo hizo llegar antes del despegue. Minutos después, una asistente
de vuelo se lo entregó con naturalidad. Aquella escena resumía la
transformación de Scandinavian Airlines System: una organización
centrada en el cliente, consciente de que su activo más valioso no
eran los aviones, sino la satisfacción de quienes los
abordaban.
Era un mundo sin teléfonos inteligentes ni pases
digitales. Todo dependía de personas tomando decisiones rápidas y
asumiendo responsabilidad. Hoy la tecnología ha cambiado los
procedimientos, pero no la esencia: atender con eficacia y dignidad
las necesidades del ciudadano.
Esa misma lógica debería regir
a los gobiernos. No importa el nivel —municipal, estatal o
nacional—: la exigencia de una sociedad madura es clara. Quienes
sostenemos la vida pública mediante nuestros impuestos esperamos
servicios de calidad y decisiones a la altura de esa
responsabilidad.
Esto implica, en primer lugar, un Estado de
derecho real: que la ley se aplique sin excepciones. También exige
transparencia y rendición de cuentas, condiciones indispensables en
un país donde la desconfianza institucional sigue siendo alta.
Supone, además, una ciudadanía informada que participe en las
decisiones públicas con criterio propio, no como espectadora pasiva
ni como rehén de la polarización.
Una sociedad madura demanda
justicia social, pero también legalidad; libertad, pero con
responsabilidad; seguridad, pero sin abusos de poder. Exige educación
de calidad que forme pensamiento crítico, así como políticas de
desarrollo sostenible que concilien crecimiento económico y
protección ambiental.
Pero la madurez social no es unilateral.
Una ciudadanía satisfecha entiende que el cambio no depende
exclusivamente del gobierno, sino también de sus propias acciones.
Hay corresponsabilidad en la construcción del bien común.
En
síntesis, una sociedad madura no pide milagros ni soluciones
inmediatas. Exige coherencia, responsabilidad y visión de futuro. Y
es precisamente esa distancia entre lo que se exige y lo que se
obtiene la que hoy, con demasiada frecuencia, resulta preocupante.


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