La
frase “la calle enseña más que el aula” suele pronunciarse con
cierto tono desafiante frente a la educación formal. Sin embargo,
encierra una verdad difícil de ignorar: buena parte de lo que
aprendemos sobre la vida proviene de la experiencia cotidiana. La
calle —entendida como el espacio social donde convivimos,
trabajamos y enfrentamos dificultades— transmite lecciones de
resiliencia, intuición, adaptación y manejo de relaciones humanas
que rara vez se adquieren únicamente entre pupitres.
No es
casual que organismos internacionales hayan ampliado el concepto
tradicional de educación. La UNESCO promueve desde hace décadas la
idea del aprendizaje a
lo largo de la vida
(lifelong learning): un proceso continuo que ocurre desde el
nacimiento hasta la vejez y que se desarrolla en múltiples espacios
—la familia, el trabajo, la comunidad o la vida pública—. Bajo
esta visión, el aula es apenas uno de los escenarios del
aprendizaje. La vida misma se convierte en un entorno formativo donde
se adquieren habilidades fundamentales, desde el pensamiento crítico
hasta la resiliencia o la alfabetización digital.
Promover
este enfoque significa construir sistemas que hagan realidad el
derecho a aprender en todas las etapas de la vida y en todos los
entornos. También implica reconocer que el conocimiento no sólo se
transmite: se experimenta, se contrasta y se transforma a partir de
la realidad. En este sentido las universidades deberían profundizar
en cómo vincular el conocimiento académico con los desafíos
sociales, de modo que la calle pueda convertirse en un verdadero
laboratorio de aprendizaje.
Pero la calle también enseña
aquello que domina en ella. Hoy abundan en el espacio público y
mediático escenas de violencia, discursos de confrontación y un
lenguaje cada vez más beligerante. Como ha advertido Patricia
Vázquez del Mercado, presidenta de Mexicanos Primero, en semanas
recientes las pantallas se han llenado de armas y despliegues de
poder. Es el espectáculo del músculo, la pedagogía del miedo. El
mensaje implícito es peligroso: para sobresalir es necesario
recurrir a la fuerza.
Cuando niñas, niños y adolescentes
crecen rodeados de estas señales, la calle termina educando en la
lógica de la violencia. Frente a ese riesgo, el Estado no puede
renunciar al instrumento más poderoso con el que cuenta: la
educación. La evidencia internacional muestra que los países que
han logrado transformar sus economías, reducir desigualdades y
ampliar su clase media lo han hecho apostando de manera sostenida
por su sistema educativo.
La disyuntiva, entonces, no es elegir
entre la calle o el aula. Es mejorar ambas: transformar el entorno
social para que ofrezca ejemplos de convivencia y legalidad, y
fortalecer la escuela para formar ciudadanos críticos capaces de
cambiar su realidad. Como advierte Vázquez del Mercado, cada peso
que no se invierte en educación se paga después —y con intereses—
en violencia, desigualdad y fractura social. Eso, al final, es lo que
termina enseñando la calle.
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