viernes, 13 de marzo de 2026

La calle enseña más que el aula

 



Víctor Hugo Prado


La frase “la calle enseña más que el aula” suele pronunciarse con cierto tono desafiante frente a la educación formal. Sin embargo, encierra una verdad difícil de ignorar: buena parte de lo que aprendemos sobre la vida proviene de la experiencia cotidiana. La calle —entendida como el espacio social donde convivimos, trabajamos y enfrentamos dificultades— transmite lecciones de resiliencia, intuición, adaptación y manejo de relaciones humanas que rara vez se adquieren únicamente entre pupitres.



No es casual que organismos internacionales hayan ampliado el concepto tradicional de educación. La UNESCO promueve desde hace décadas la idea del aprendizaje a lo largo de la vida (lifelong learning): un proceso continuo que ocurre desde el nacimiento hasta la vejez y que se desarrolla en múltiples espacios —la familia, el trabajo, la comunidad o la vida pública—. Bajo esta visión, el aula es apenas uno de los escenarios del aprendizaje. La vida misma se convierte en un entorno formativo donde se adquieren habilidades fundamentales, desde el pensamiento crítico hasta la resiliencia o la alfabetización digital.

Promover este enfoque significa construir sistemas que hagan realidad el derecho a aprender en todas las etapas de la vida y en todos los entornos. También implica reconocer que el conocimiento no sólo se transmite: se experimenta, se contrasta y se transforma a partir de la realidad. En este sentido las universidades deberían profundizar en cómo vincular el conocimiento académico con los desafíos sociales, de modo que la calle pueda convertirse en un verdadero laboratorio de aprendizaje.





Pero la calle también enseña aquello que domina en ella. Hoy abundan en el espacio público y mediático escenas de violencia, discursos de confrontación y un lenguaje cada vez más beligerante. Como ha advertido Patricia Vázquez del Mercado, presidenta de Mexicanos Primero, en semanas recientes las pantallas se han llenado de armas y despliegues de poder. Es el espectáculo del músculo, la pedagogía del miedo. El mensaje implícito es peligroso: para sobresalir es necesario recurrir a la fuerza.

Cuando niñas, niños y adolescentes crecen rodeados de estas señales, la calle termina educando en la lógica de la violencia. Frente a ese riesgo, el Estado no puede renunciar al instrumento más poderoso con el que cuenta: la educación. La evidencia internacional muestra que los países que han logrado transformar sus economías, reducir desigualdades y ampliar su clase media lo han hecho apostando de manera sostenida por su sistema educativo.





La disyuntiva, entonces, no es elegir entre la calle o el aula. Es mejorar ambas: transformar el entorno social para que ofrezca ejemplos de convivencia y legalidad, y fortalecer la escuela para formar ciudadanos críticos capaces de cambiar su realidad. Como advierte Vázquez del Mercado, cada peso que no se invierte en educación se paga después —y con intereses— en violencia, desigualdad y fractura social. Eso, al final, es lo que termina enseñando la calle.


No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Popular Posts