Víctor Hugo Prado
Las
expresiones populares no son simples adornos del lenguaje: son
cápsulas de experiencia colectiva. A través de ellas, generaciones
enteras han sintetizado lecciones de vida en frases breves, directas
y memorables. Una de las más persistentes es “no hay peor ciego
que el que no quiere ver”, utilizada para señalar esa forma de
negación consciente en la que, pese a la evidencia, se opta por
ignorar la realidad. No se trata de falta de información, sino de
una decisión: la de cerrar los ojos ante verdades incómodas. Esta
ceguera voluntaria, inofensiva en lo individual en algunos casos,
puede convertirse en un obstáculo profundo cuando se traslada al
ámbito público.
En la vida privada, negar un problema puede retrasar decisiones personales; en la vida pública, puede traducirse en costos humanos irreparables. Es ahí donde la metáfora deja de ser un dicho popular para convertirse en una advertencia política. La reacción del gobierno federal frente al informe del Comité contra la Desaparición Forzada de la ONU ilustra con claridad este riesgo. Dicho organismo señaló graves omisiones del Estado mexicano en la atención a las desapariciones y decidió escalar la preocupación al solicitar la intervención del Asamblea General de las Naciones Unidas, un hecho que no debe minimizarse.
El
informe es particularmente contundente: identifica “indicios
fundados” de desapariciones forzadas que, por su carácter
generalizado o sistemático, podrían constituir crímenes de lesa
humanidad. Si bien el Comité reconoce que no existe evidencia de una
política federal orientada a cometer estos actos, también advierte
sobre la posible participación —directa o indirecta— de
funcionarios públicos en algunos casos documentados. Este matiz es
clave: no exime al Estado de responsabilidad, sino que refuerza la
urgencia de investigar, esclarecer y sancionar.
De acuerdo con
cifras oficiales, México acumula más de 100 mil personas
desaparecidas, una tragedia que se ha profundizado en las últimas
dos décadas. Detrás de cada número hay familias que buscan, que
esperan, que resisten. Colectivos de madres y padres han asumido
tareas que corresponden al Estado, recorriendo territorios, excavando
con sus propias manos, sosteniendo una lucha que no debería ser
suya.
Frente a esta realidad, descalificar o minimizar
observaciones internacionales no fortalece la soberanía; la
debilita. La crítica externa, cuando está sustentada, debe asumirse
como una oportunidad para corregir el rumbo. Reconocer la magnitud
del problema no es un acto de rendición, sino de
responsabilidad.
México no necesita cerrar los ojos, sino
abrirlos con valentía. El informe del Comité no es una condena, es
un llamado. Atenderlo con seriedad puede marcar la diferencia entre
la inercia y la acción. Porque en este tema, ver —y actuar en
consecuencia— no es una opción: es una obligación moral y
política.
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