Ramón Moreno Rodríguez
Existe
un fenómeno lingüístico llamado “elisión consonántica” que
consiste que en una palabra se deje de pronunciar una consonante. Uno
de los casos más referidos y conocidos es lo que sucede con los
participios terminados en -ado, -ada: comprado,
contada.
Estas palabras son pronunciadas por muchas personas (más en España)
como comprao,
contáa.
Dicen
los expertos en estos asuntos que la pronunciación así realizada
tiene que ver con un principio de economía; es decir, que el
hablante utiliza la llamada “ley del menor esfuerzo”. Quizá a
varios lectores les parezca graciosa esta afirmación, porque
concluirán que si en todas las palabras aplicamos esa ley,
terminaremos por usar monosílabos, o peor aún, nos quedaremos
mudos. Por fortuna no es así. No en todas las palabras se aplica ese
principio y no todos los hablantes lo aceptan. También es probable
que intervengan otros factores como los psicológicos. ¿Ha observado
el lector que, cuando a una persona o a un lugar se le llama
afectuosamente o con términos hipocorísticos, se utilizan
abreviaciones de la palabra original reduciéndola a dos sílabas?
¿Cuántos Santiagos no conocen ustedes a los que sus amigos y
familiares les llaman Santi? Y así tenemos muchos casos de este
principio de economía: de Guadalupe, dejamos Lupe, de Miguel
pronunciamos Migue; por acá, por el sur de Jalisco, hay un pueblo
que se llama Zapotiltic, pero a todos los hablantes de la región les
da pereza pronunciar nombre tan largo y dicen Zapo. Una vez me perdí
por el centro del estado de Puebla y preguntando cómo tomar el
camino que necesitaba, una persona me dijo. “Siga por este camino,
dé vuelta allá y después de tantos minutos llegará a Huejo”.
Por supuesto que no entendí, porque yo quería llegar a Huejotzingo,
no a Huejo. Un caso extremo es el nombre de un hermoso pueblo de
Guanajuato que se conoce universalmente (incluidos mapas y
nomenclaturas de carreteras) como Yuriria, cuando en realidad su
nombre es Yuririapúndaro: ¡tres sílabas eliminadas de un plumazo!
Pues
bien, volviendo a lo nuestro, diré que este fenómeno de la elisión
consonántica está asociada a dos hechos: el habla popular y a los
hablantes de poca educación escolar. Algunos estudiosos agregan un
tercer hecho: los jóvenes. Yo me quedó con los dos primeros. Casi
siempre las consonantes elididas o evitadas son la “d”, como en
los casos que ya dije, pero entiéndase que no es un fenómeno
exclusivo de los participios, pues también sucede en los adjetivos:
asustado (asustao) o en sustantivos: estado (estao). Hay fenómenos
muy curiosos en que en unas regiones se elide una sílaba y en otras
zonas, otra; tal es el caso de apellido,
que en Extremadura mucha gente pronuncia
apellío
y en México es muy frecuente escuchar a la gente pronunciar apeído.
Es decir, en España le quitan la “d” y en México le quitamos la
doble ele.
Ni
qué decir del habla norteña de México que se eliden esos fonemas
laterales (ll) y así, es muy común escuchar a la gente pronunciar:
cabaio,
en lugar de caballo;
cerío,
en lugar de cerillo;
chiquío
en lugar de chiquillo,
y un largo etcétera.
Normalmente
se atribuye este fenómeno de la elisión consonántica al habla
andaluza. Los lingüistas afirman que en el habla del sur de España
(Andalucía, Extremadura) es más recurrente la innovación mientras
que en Castilla la población en general rechaza estas
modificaciones. Las razones para afirmar esto son muy variadas, y
tienen que ver con que la lengua nuestra se estableció tardíamente
en aquella parte meridional de la península. Y también se dice que
ese gusto por no respetar la pronunciación original pasó a América
y que el español nuestro es como el andaluz, en muchos aspectos, y
uno es éste: la fácil aceptación de las modificaciones.
Quizá sea así, ahora no me detendré en ello pero quiero traer a colación dos palabras (sustantivos) que acá en América las pronunciamos completas y en España se generalizó la elisión consonántica. Me refiero a Sayavedra y Monclova. El primero es el conocidísimo apellido Saavedra que fue como terminó por generalizarse, ya con la elisión, y el segundo es poco usado, procede de un título nobiliario y éste de un castillo y un pueblo andaluz. En España se suele usar Moncloa. Por ejemplo, a las afueras de Madrid hay un palacete que es residencia del presidente del gobierno de España y que se llama así: La Moncloa. Mientras que en México, existe una ciudad del norte del país que se llama Monclova y recibió tal nombre porque se fundó durante el mandato del virrey Melchor Portocarrero tercer conde de La Monclova. Es decir, que los fenómenos lingüísticos –como piensan algunos estudiosos– no son solo de ida, sino también de vuelta.
Para concluir, tres observaciones: normalmente las consonantes elididas son al final de las palabras (postónicas) y en el caso de Sayavedra, no. También es atípico que la consonante que se expulsó de la palabra sea una “v”, pues es algo casi excepcional y, finalmente, si nos apoyamos en que acá se siguen usando las formas originales y en España se perdieron, tendríamos que decir que los españoles son más dados a la innovación en el uso de la lengua, mientras que los mexicanos evitamos los cambios. ¿Será eso así? Sí, sin duda, pero como toda afirmación en este campo, es un hecho relativo, no absoluto.
*Doctor en literatura española. Imparte clases en la carrera de Letras Hispánicas en la UdeG, Cusur. ramon.moreno@cusur.udg.mx

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