miércoles, 11 de febrero de 2026

Cuando el crimen no desafía al Estado, sino que lo habita

 


Víctor Hugo Prado


El problema del crimen organizado en México no radica únicamente en que los cárteles desafíen al Estado. El verdadero dilema, mucho más profundo y peligroso, es que en múltiples regiones parecen formar parte de él. Así lo plantea Mary Beth Sheridan, periodista especializada en América Latina del The New York Times, en un análisis que pone el dedo en una de las llagas más sensibles de la vida pública mexicana: la imbricación entre política local y estructuras criminales.


De acuerdo con Sheridan, el principal reto del combate al narcotráfico no es solo operativo —más policías, más soldados, más patrullas—, sino estructural. En diversas zonas del país, los grupos criminales no actúan como fuerzas externas al poder, sino como actores insertos en dinámicas municipales y estatales. Mantienen vínculos con autoridades locales, influyen en procesos electorales y operan dentro de redes administrativas que, lejos de ser neutrales, han sido permeadas.

Este fenómeno explica por qué una estrategia frontal contra el crimen organizado implicaría, para cualquier gobierno, desmantelar los propios cimientos del poder local. Combatir al crimen organizado puede significar enfrentarse a alcaldes, funcionarios, operadores políticos o incluso a miembros de la propia coalición gobernante. Morena no es una excepción, pero tampoco lo han sido otros partidos políticos a lo largo de la historia reciente del país.

El análisis del NYT identifica varios factores que elevan el riesgo de una política de seguridad contundente: la dependencia de estructuras territoriales para ganar elecciones; la fragilidad institucional de muchos municipios; la relación ambigua entre autoridades y actores delictivos; y la ausencia de filtros eficaces en la selección de candidatos. Aunque estas acusaciones no constituyen sentencias judiciales, sí tienen un impacto real en la gobernabilidad, en la toma de decisiones y en el cálculo político.





Según datos oficiales, más del 60% de los municipios mexicanos carecen de corporaciones policiacas sólidas, lo que incrementa la vulnerabilidad frente al crimen organizado. A ello se suma un sistema electoral que, en muchos casos, privilegia la rentabilidad política sobre los antecedentes ciudadanos de quienes aspiran a gobernar.

Quizá este y otros análisis, nacionales y extranjeros, deberían servir como punto de partida para una reforma electoral de fondo. Una que no se concentre en debilitar a la oposición mediante la eliminación de contrapesos, sino que blinde al sistema democrático frente a los poderes fácticos. Una reforma que obligue a los partidos a asumir su responsabilidad en la selección de candidatos y que coloque la integridad, y no solo la popularidad, como requisito indispensable para ejercer el poder.
Porque cuando el Estado no combate al crimen, sino que lo habita, la democracia deja de ser una promesa y se convierte en una simulación.


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