Salvador Encarnación
Pocos la recuerdan. Eso es mucho para una mujer que vivió sus últimos años ahogada en la demencia. Antes, en su lucidez, vendía loza de barro y de peltre. Era una mujer de trabajo con casa propia ubicada a unos pasos de un arroyo de temporal y éste separaba a todo el pueblo de la casa de las mujeres públicas.
Caminaba todo el día por las calles resecas. Aquí, allá, iba juntando papeles y cartones que los atesoraba en su casa junto a trozos de leña. Su descanso era la iglesia. Si estaba cerrada hacía oración por la ventana que dejaba ver la luz de una vela perpetua y a un Santo Niño dando la bendición; esto era lo último de cada día. Los vecinos la veían pasar antes de las diez de la noche.
Albina La Cuija fue su nombre completo. Quizá por flaca, que no delgada, quizá por inofensiva. Fue un gramático o mínimo un lector quién le adjudicó el apodo ya que esta palabra no se usa en el pueblo y por ende se ignora el significado.
Albina fue el terror de muchos niños del Colegio. Los esperaba a la salida de clase y con una voz llena de candor, pedía: “Préstame tu lápiz”. Obediente, como marca el Ripalda, el niño lo extraía de la mochila. Ella lo tomaba con delicadeza. Mojaba la punta con saliva y a tanteo se pintaba las cejas. “Gracias”, decía al devolverlo.
Una noche de finales de los años sesenta del siglo pasado, el humo inundó su barrio. Las mujeres salieron para ver qué se estaba quemando. Era la casa de Albina. De inmediato saltaron por los muros inmensas llamas avivadas por los papeles y la leña acumulados por años de caminatas. “Cuando llegue Albina se va a volver más loca” dijeron unas voces. Otros corrieron por baldes de agua, los más veían como la casa se consumía.
La beata del barrio llegó al incendio llena de solemnidad. Pidió silencio. Todos obedecieron. Levantó un Cristo traído desde Roma y ante la mirada de todos aventó a las llamas un escapulario. “Apágate”, ordenó. Pasaron largos segundos. El estruendo que hizo la caída del techo trajo a todos a la realidad.
—Valiendo madres.
Un olor a carne asada avivó las pláticas. Todos se voltearon a ver. No fue necesario decir más. Era Albina. De todas las casas salieron más baldes de agua junto al llanto de las mujeres y la desesperación de los hombres. Todo fue en vano. Las llamas, primero altas, empezaron a ceder. Marco, un muchacho del barrio entró por la ventana. Por el hueco se miró que algo levantaba. Por ahí se miró que traía un cuerpo cubierto con una sábana blanca. “Es mi madrina”, dijo.
Al entierro acudió todo el barrio. “Que fea muerte la de doña Albina”, así decían todos. En su no estar fue doña, luego se perdió su nombre y por último el apodo. Su casa la derribaron años después; ahora viven en ella otros que ignoran su historia.

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