Pedro
Valderrama Villanueva*
Agradezco la distinción de participar en este acto de reconocimiento dedicado a la incansable labor de Ricardo Sigala. Nos reúne hoy la voluntad de honrar una trayectoria que ha enriquecido nuestro patrimonio cultural y literario, y que ha dejado una huella perdurable en lectores, investigadores y escritores.
Más que enumerar fechas y publicaciones —aunque inevitablemente lo haré—, vamos a repasar a vuelo de pájaro la obra que ha venido construyendo pacientemente a lo largo de más de 30 años y que, en buena medida, se ha materializado en el Taller de Literatura de la Casa de la Cultura en Zapotlán el Grande. Con ese propósito he preparado un breve texto que busca acercarse a algunos aspectos de su vida, de su obra y de su contribución a nuestras letras. Con su amable atención, procedo a dar lectura a estas páginas.
Referirse
a la labor de Ricardo Sigala no es hablar de un escritor llegado al
ámbito literario. Su trayectoria en las letras se inicia a finales
de la década de 1980, cuando cursaba la licenciatura en Letras
Hispánicas en la Universidad de Guadalajara. Desde entonces, y de
manera gradual, fue incorporándose al panorama cultural de esta
ciudad hasta convertirse en una de sus voces más reconocibles. Este
periodo coincide con el surgimiento de un relevo generacional de
poetas y narradores importantes, que participaron activamente en
numerosas revistas locales, donde muchos de ellos dieron a conocer
sus primeros textos.
Sigala fue parte de ese momento de
agitación creativa que, sin duda, influyó de manera decisiva en su
visión y vocación literaria. Además, participó activamente en el
efervescente panorama de los talleres literarios de la ciudad. En
aquellos años, algunos de los principales laboratorios de creación
en la capital jalisciense fueron los coordinados por Patricia Medina,
Artemio González García y Raúl Bañuelos. Este último, fue quizá
el más influyente durante el último decenio del siglo pasado y en
los albores del actual en Guadalajara.
Las enseñanzas que
Ricardo recibió en aquella época en la Perla Tapatía fueron
decisivas para que, en 1995, aceptara la invitación para impartir,
una vez por semana, el Taller de Literatura de la Casa de la Cultura
de Zapotlán el Grande. Desde ese momento, ha dirigido de manera
ininterrumpida este laboratorio creativo, que se ha convertido en el
principal semillero de escritores que han ido surgiendo desde Ciudad
Guzmán y sus alrededores. Prueba de la relevancia de este taller son
los múltiples libros que Sigala ha dado a conocer en donde documenta
la efervescencia literaria que se vive en dicha región en décadas
recientes. Títulos como Indicios.
Atisbos de literatura actual en el sur de Jalisco
(2021), Ahora.
Jóvenes escritores del sur de Jalisco
(2022), La
invención del presente. Joven literatura de Zapotlán el Grande
(2023), Sábado,
diez de la mañana. El taller literario en voz de sus protagonistas,
Decaedro.
Diez rostros de la nueva literatura de Zapotlán el Grande
(2024) y El
juego de los espejos
(2025), son volúmenes que dan cuenta del renovado impulso literario
en la región.
Celebro la iniciativa de Ricardo por realizar trabajos como éstos, pues muchos futuros estudiosos seguramente también se lo agradecerán, ya que el estudio de la literatura regional poco a poco se está volviendo en un objeto de estudio por parte de académicos. Por fortuna, en Ciudad Guzmán, ya se cuenta con este material que seguramente apoyará el trabajo de futuros artículos, tesis y estudios venideros para conocer el engranaje del devenir de las letras del sur de Jalisco.
Por ejemplo, en su libro Sábado,
diez de la mañana,
me queda claro que éste es además de un documento valioso para
reconstruir el ambiente que se respiró tanto en dicho taller como en
el medio literario de Zapotlán el Grande. También es una especie de
libro homenaje por parte de los asistentes al Taller de Literatura de
la Casa de la Cultura dirigido a su mentor. Leemos aquí muestras de
gratitud a manos llenas a su organizador. En estas páginas nos
percatamos de la importancia y trascendencia de los laboratorios
literarios y el magnífico trabajo llevado a cabo por parte de
Ricardo ahí. En dicho volumen encontramos las voces de los alumnos
agradeciendo las horas cedidas desinteresadamente por parte de su
maestro con la única intención de alimentar la imaginación y
saciar la curiosidad de sus asistentes por medio de lecturas,
consejos y la convivencia semanal. Me parece que “gratitud” es la
mejor palabra para resumir este volumen. Sábado,
diez de la mañana
me parece, en especial, será indudablemente el libro que Ricardo
siempre llevará muy cerca de su corazón. Ahí encontramos plasmada
buena parte de su magisterio y las muestras de cariño por parte de
sus alumnos. Creo no equivocarme al decir que éste es el mejor
premio o reconocimiento que un mentor, como lo es Ricardo Sigala,
puede recibir.
Por
otra parte, además de ser un tallerista destacado, Ricardo es uno de
los protagonistas del actual panorama literario de Jalisco, es un
autor versátil que, a lo largo de más de tres décadas, ha
cultivado con rigor la narrativa, la poesía, el ensayo y el
periodismo cultural que ha plasmado en cerca de una decena de libros.
Asimismo, Sigala no ha sido ajeno al ámbito de la investigación
literaria, campo en el que, en años recientes, la región sur de
Jalisco ha contado con un creciente número de estudiosos interesados
en el pasado y el presente de sus letras. En este rubro, el autor se
ha concentrado particularmente en la obra de escritores como Juan
José Arreola, Vicente Preciado Zacarías y Guillermo Jiménez. En
resumen, como se puede apreciar, Ricardo Sigala es hoy en día uno de
los formadores de las fuerzas básicas de las letras en Jalisco. Este
título se lo ha ganado a pulso a través de un trabajo constante que
se extiende a 31 años. No me parece descabellado comparar su labor
con otros grandes talleristas del pasado de Guadalajara como Elías
Nandino y Raúl Bañuelos. Dos
formadores que, a lo largo de varias décadas, guiaron a jóvenes
escritores ansiosos por perfeccionar su oficio mediante el
aprendizaje de técnicas de escritura y el descubrimiento de lecturas
que nutrieran su vocación literaria.
Ricardo
Sigala es, pues, uno de esos espíritus intranquilos, insaciables, es
un joven maestro. Lo encuentro dentro de esa tradición de nuestros
humanistas más destacados en Jalisco. Asimismo, Ricardo se ha vuelto
en una figura tutelar, en particular, dentro de las letras de
Zapotlán el Grande.
Gracias,
en buena medida, a su labor al frente del Taller de Literatura de la
Casa de la Cultura, nuestro homenajeado se convirtió en el principal
catalizador del renacimiento literario que Ciudad Guzmán experimentó
tras su llegada y que, hasta la actualidad, continúa en pleno
desarrollo.
En conclusión, Ricardo Sigala nos ha legado una
obra vasta y diversa, que transita de la narrativa a los territorios
de la poesía y vuelve de ellos enriquecida. Es autor de poemas de
profunda sensibilidad, de ensayos que ofrecen agudas reflexiones
sobre destacados escritores hispanoamericanos, así como de una labor
sobresaliente como periodista cultural e investigador. A ello se suma
su faceta de tallerista consumado, que revela una dimensión
adicional de una trayectoria literaria en constante crecimiento.
Enhorabuena, Ricardo.
* Texto leído el miércoles 9 de septiembre en el Patio Central del Congreso del Estado de Jalisco.
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